
Empieza a leer Todos los Sueños del Mundo. Libro 1 (Serie París 2)
PRÓLOGO
Mi hermano Ryan tenía tres candidatos para acogerme en su casa.
A pesar de que mi primera opción era aquella chica menudita que había sido su primer amor, la descarté en cuanto me enteré de que vivía en Picardie. Eso estaba demasiado lejos del Conservatorio. Al otro, a Chester, no lo llegué ni a tomar en serio, a pesar de que es divertido y estar segura de que él me dejaría vivir a mi aire, algo que le añadió puntos. No obstante, no terminaba de convencerme y, por lo visto, a mi hermano tampoco. Desde un principio, él se decantó por Alexandre y su granja.
—Paillettes, tú no la has visto, pero la granja parece sacada de un cuento. Es como la mansión de esa peli de época que tanto te gusta… La del maromo del bigotito finolis.
Sacudí la cabeza al comprender que se estaba refiriendo a Lo que el viento se llevó. Y la mansión…
—¿Tara?
—Como sea. Enorme y viejísima. Y el puto Alexandre es Santa Teresa de Calcuta, no te fíes de las apariencias. Si te haces con él, tendrás un amigo para toda la vida.
—Santa Teresa de Calcuta no era enorme y con cara de mala leche.
Además, yo no quería un amigo para toda la vida. Solo para cuatro meses. Y ese hombre tenía pinta de ser un hueso con mucho que roer.
—¡Pamplinas! Es un trozo de pan. ¿Sabes lo que hizo? Abandonó El Capitán sin coronar por mí. Había un punto a tres cuartos de llegar a la cima que yo no conseguía pasar. Se me despistaba la jodida grieta y me caía una y otra vez. Había que dar un salto de metro y medio, y después agarrarse a un saliente con dos dedos. Mientras yo lo intentaba día tras día, él continuaba ascendiendo, pero siempre regresaba al punto de mi campamento y me animaba. Confiaba en mí más que yo mismo. Él nunca me abandonó, a pesar de que eso lo dejó sin esa cima.
Al final, acepté la granja. Terminó de convencerme que estuviera a solo dos paradas de Bures-sur-Yvette, donde Madame Le Swann tenía su pequeña escuela de ballet y en la cual yo daba clases cuando podía.
—¿Sabe que venimos? —pregunto a mi hermano, con una mano sobre la verja y otra aferrada al asa de mi gran maleta rosa. El movimiento compulsivo con que abro y cierro los dedos revela el gran nerviosismo que siento. En cuanto me percato, relajo la mano y la meto en el bolso que me cuelga del hombro para acariciar el pelaje de Esmeralda.
—No te preocupes por eso.
Trato de obedecer y contagiarme de la personalidad jovial de Ryan, pero la realidad es que Alexandre me da miedo. No solo por su físico, también por la forma en que me mira, como si fuera una amenaza.
—¿Y ha aceptado acogerme durante cuatro meses?
Ese es el tiempo que falta para mi cumpleaños. Después, ya seré mayor de edad y podré ir por libre.
—Durante todo el tiempo que necesites, Paillettes. Olvídate de esos cuatro meses, ¿de acuerdo? Ser mayor de edad no te ilumina de pronto el camino. Necesitas reencontrarte. Y en esta casa lo conseguirás. Además, es enorme y él vive solo, vas a poder quedarte aquí todo el tiempo que quieras. Recuerda que en seis meses, yo estaré de vuelta.
Suelto aire para intentar relajarme y opto por no insistir. Tan solo quiero un lugar donde vivir, no sentirme de paso. De eso ya he tenido suficiente gracias al estilo nómada que adquirió mi madre cuando mi padre murió. Quiero un lugar donde vivir experiencias que se graben en las paredes y que luego su olor te las traiga de vuelta años más tarde. Un lugar donde permanecer y que, al mirarlo, sus muros me digan algo. Un lugar que signifique refugio y borre el cariz itinerante de todos los del pasado. El problema es que para eso hay que echar el ancla en un sitio más de seis meses y sé que este no va a ser el lugar.
Tal vez pido demasiado, pero alguien me dijo una vez que soñar, solo se sueña dormido. Hay que despertar para ir a por ello.
Y mi sueño no es otro que lo que muchos ya dan por hecho: un hogar que sentir mío.
Era consciente de que tendría que luchar por él. Buscar y buscar. Fallar hasta que mis propios errores me indicaran el buen camino.
Estaba lista para empezar a intentarlo el mismo día de mi decimoctavo cumpleaños.
Lo que nunca me imaginé es que estuviese a punto de encontrarlo.
Por fin, Alexandre Brant aparece por la cuesta. Se queda paralizado y comienza a maldecir en cuanto nos ve esperando. Sus agresivos ojos negros pasan de manera fugaz sobre mí para centrarse en mi maleta, en el petate del ejército de Ryan, para terminar incrustando toda esa tensión que siempre desprende sobre mi hermano.
—No —pronuncia.
Nada más.
Un gran peso de vergüenza se asienta sobre mí al comprender que esto le pilla por sorpresa, pero en vez de darme media vuelta, como tendría que haber hecho, bajo la cabeza y aguanto el chaparrón mientras ellos discuten. A estas alturas de mi vida, la vergüenza es mi compañera, porque la humillación de ser desahuciada una y otra vez ha logrado que no me afecte nada. Mis vecinos me han insultado y la policía me ha mirado con pena miles de veces, mientras que mi madre me clavaba las uñas en la mano para que irguiera la cabeza como hacía ella. Para mí, la pataleta de Alexandre Brant es una fiesta de cumpleaños comparado con eso y, por supuesto, no me va a espantar.
Tengo la perspicacia de mantenerme en un segundo plano conforme ascendemos por la cuesta, tratando de no reír al ver a un anciano, al que Alexandre llama Jonás, persiguiendo a las ovejas —o al revés, no lo tengo claro—, pero se me escapa. Río. ¿Cuánto hacía que no reía? Me resulta extraño y liberador. Y por primera vez en muchos años siento algo poderoso, que me cuesta reconocer, al respirar hondo de ese oxígeno. Paz.
El trino de los pájaros volando de copa en copa, la brisa cálida trayendo el ligero aroma a hierba y paja seca, el tintineo lejano de los cencerros…
Mi hermano tenía razón, la casa es blanca y enorme. No es como Tara, es aún mejor. Más pequeña y acogedora. La fachada es presidida por un pequeño porche. Del tejado marrón a dos aguas surgen dos mansardas cuyas ventanas reflejan la luz del atardecer. Me pregunto si pertenecerán a la misma habitación abuhardillada.
Alexandre ríe y el sonido de su carcajada me sobresalta de tal manera que me quedo contemplándolo a contraluz. Él se percata de mi mirada y la expresión hosca regresa a su rostro, pero, al menos, no nos muestra la salida. Decido que voy a desaparecer en cuanto no se den cuenta de ello, pues estoy segura de que mi presencia va a determinar la decisión de Alexandre. Por eso, en cuanto pisamos el interior fresco de la casa y los veo acomodarse en el porche trasero, me arrimo a un poyete y me encojo junto a una ventana, buscando con la vista animales propios de una granja. No encuentro ninguno. El anciano se las había llevado hacia la parte trasera de atrás, por lo que supongo que ahí estarán las cuadras y cercados. Donde estoy, huele al jazmín que rodea el marco de la ventana, a ramos de lavanda seca y a madera.
El tono de la conversación que están manteniendo a mi espalda aumenta, sobresaltándome. Después, vuelve a bajar y termina creándose un silencio incómodo, uno originado por dos personas que no llegan a un acuerdo. Me atrevo a echar un vistazo a través del velo que fabrica mi pelo, pero al toparme con la hosquedad de su ceño fijo en mí, la aparto de nuevo. El granjero pregunta algo, mi hermano responde ofendido y yo me escurro sin que me vean, notando las garras de Esme en el costado, que pelea por salir del bolso.
Este lugar es un remanso de paz, un oasis. Y por primera vez ruego a un Dios en el que no creo para que mi hermano sea capaz de convencerle.
Cuatro horas después, la noche ha caído y ya he hecho mío este rincón de la casa. Ryan se ha despedido con un abrazo de oso que me ha asfixiado, muy en su línea. Le he observado irse jugando con el perro, que se llama Voldemort, girando la cara para darle privacidad al despedirse de Alexandre. Luego, el novio de mi hermano ha pasado por mi lado sin mirarme siquiera, lo que me ha parecido perfecto.
He pasado la tarde entera adecentando la buhardilla, de la cual estoy muy orgullosa.
Estoy a punto de apagar la música para meterme en la cama cuando resuenan los pesados tableros de madera de la escalera de caracol que conduce a mi puerta.
Uno, dos, tres, cuatro…
Sus pasos son como campanadas: funestos y definitivos.
Mis pies se quedan clavados en el suelo y la vista en la puerta.
Y espero.
1
Esto no va conmigo. Su local. Su hermana
ALEX
Cuatro meses antes.
Lo primero que me pregunto en cuanto piso el local es qué demonios hago aquí. Lo segundo: «¿qué hace ahí una cría que, dada la hora que es, tendría que estar durmiendo?». Por lo menos, permanece protegida tras la barra y por el cuerpo fornido de Chester, lo que evita las miradas de los chavales borrachos que plagan el local.
Lou Pascalou es un bar del cual me encargo, a pesar de que es propiedad de mi amigo. Es un lugar muy concurrido, ya que se encuentra en el centro de París. Tiene una zona de música en vivo y se puede hablar sin desgarrarte la garganta. La gente suele consumir vino, acompañado de alguna tabla de quesos de degustación, mientras que escuchan jazz o un concierto de piano alternativo. Sin embargo, desde que incorporamos la happy hour, grupos de Erasmus y jóvenes parisinos han hecho suya la barra. Y aquí estoy yo hoy, en medio de un tumulto que me espanta, porque soy gilipollas y no sé negarme cuando un amigo me pide un favor. Y lo peor es que llevo haciéndolo desde que él se largó, dejándome a mí el marrón de cuidar su negocio cuando tengo el mío por levantar.
Como cada vez que vengo, me meto en un rincón detrás de la barra y comienzo a revisar los horarios semanales y la recaudación. Me doy toda la prisa que puedo para terminar cuanto antes. No me gusta París, no me gustan las aglomeraciones, no me gusta el ser humano en general. Prefiero mil veces mi granja y tratar con los animales, que son mucho más honestos y, además, silenciosos.
—Brant, amigo, pírate. Cuando estás aquí, no hay manera de ligar. Las pibas solo se me acercan para preguntarme si estás libre. Les digo que sí, por supuesto, y que tienes cinco hijos. Si querías pillar hoy, te jodes, mamón.
Corto las gilipolleces de Chester al señalar la silla con la cabeza.
—¿Quién es la niña? —pregunto, sin dejar de hacer mi trabajo. Llevo un rato observándola y a pesar de que no molesta, pues parece un maniquí de lo quieta que está con ese libro en las manos, no puedo tolerar que los empleados traigan aquí a su familia. Esto se convertiría en una guardería.
—¿Briana?
—Briana ¿qué más? No puede haber menores en este local.
—No es mía. Es Briana Price, amigo. ¿Es que no conoces a la hermana del jefe? ¡Su puta madre! Como se entere de que quieres echar a su hermana… Yo de ti…
—¿La hermana de Ryan? —le corto. Tiene que estar equivocado. Ryan se apellida Debret, no Price—. No puede ser.
Porque eso significaría que mi amigo está aquí, en el bar, y yo no lo he visto en toda la noche. No lo he visto en varios meses, ya que estamos.
—Pues sí que lo es. Él anda por ahí. Creo que tenía asuntos pendientes en el despacho, aunque ya me puedo imaginar esos asuntos. ¡Menudo cabronazo!
En cuanto salgo de la barra voy directo al despacho en su busca, con el cabreo en todo su apogeo. Que se encargue él de sus empleados y sus recaudaciones. Si tanto le importa el negocio, que se ocupe él. Y sí, debería de haber tenido más cuidado, pero es que para mí, cuando Chester habla, es como el tictac de un reloj. Un sonido de fondo, nada a lo que hacer caso. Por eso, y por la música que retumba al atravesar el almacén y que me tapona los oídos, no me doy cuenta del «asunto» de mi amigo hasta que abro la puerta y me encuentro su trasero desnudo dando empujones en otro puto trasero que…
Cierro los ojos y me masajeo las sienes para intentar borrar esa imagen de mi cerebro.
—Ryan, me cago en tu padre. Mierda. Deja de hacer eso. Quiero hablar contigo.
Un estruendo, un grito al que se suma otro, una ristra de maldiciones en varios dialectos desconocidos y dos cremalleras después, por fin escucho la voz de mi amigo:
—Alexandre, joder. ¿Me has reconocido solo con ver mi trasero? No sé si sentirme halagado. Porque sé que no te van los tíos, que si no habría pillado la directa. Ya puedes abrir los ojos, anda. Muhammed ya se ha ido.
En efecto, cuando los abro, mi amigo ya lleva la ropa puesta y se está sirviendo una copa del aparador de la esquina. Me siento en el sofá, apoyando los codos en las piernas y con las manos en el pelo. Me importa bien poco que se me quede de punta o como le dé la gana.
—¿Y quién es Muhammad? ¿Tu nuevo novio? ¿Desde cuándo estás aquí y por qué no me lo habías dicho?
—Muhammed, no Muhammad. Se parecen, pero no es lo mismo. Empezamos a salir en Mali, somos compañeros de regimiento. Pero que no se enteren los demás, porque nos darán por culo… y no en el buen sentido, por supuesto.
—Por supuesto. ¿Cuándo volviste?
Acepto la copa que me ofrece y bebo un sorbo mientras trato de calmarme. El ron Diplomático es el único que bebo, porque es lo único que no me da resaca, y mi amigo lo sabe.
—Por cierto, gracias por venir a ayudarme —me dice, y se sienta en el reposabrazos—. Vales tu peso en oro, ¿lo sabías? Sabía que si quería ver tu melena oscura con reflejos azulados, tendría que mantener en secreto mi regreso. ¡Et voilà! Aquí estás.
—Aquí estoy.
Con las cejas alzadas, con sorna, me ofrece la copa para que brindemos y yo choco las bases conjurando paciencia.
—¿Me has echado de menos? —insiste el imbécil.
—Tus cojones he echado de menos.
Se ríe antes de tomar otro sorbo de la misma bebida que yo. Ryan nunca ha sido muy exclusivo, en ningún sentido. De hecho, es bastante viva la vida, aunque supongo que después de haber visto lo que él ha visto, aprendes que todo es relativo. Ojalá yo pudiera. Ojalá hubiera sabido mandar a la mierda todo. Eso me recuerda a la niña escondida detrás de la barra del bar.
Me aclaro la garganta antes de mirar a mi amigo. Está mayor. Hace un año que no le veía, porque acaba de volver de una operación en África contra el terrorismo. Me doy cuenta de que está más delgado que antes de irse y que en su barba ya despunta alguna cana. Por lo demás, sigue siendo el mismo demonio de siempre. Me alegra saber que podemos seguir compartiendo silencios sin que estos se hagan incómodos. No hay mucha gente de la que pueda decir eso.
—He visto a tu hermana ahí fuera —le digo sin rodeos, y me alivia ver su reacción espontánea. Preocupación, culpa, rabia.
Al instante, el capitán de aire del Ejército se incorpora y toma el control de todo.
—¿Briana está bien? —inquiere, a punto de salir al garito.
Vale. Rectifico: Ryan es bastante viva la vida, hasta que su hermana entra en la ecuación.
Le detengo, poniendo una mano en su brazo.
—Sí, tranquilo. Está bien. —Espero hasta que se calma para proseguir—: Si por bien entiendes el dejarla sola en un lugar en el que a todas luces no encaja. ¿Y sabes por qué? Porque en lugar de estar bebiendo, bailando y ligando, está mirando un libro de dibujos. ¡Jodidos dibujos, Ryan! ¿En qué estabas pensando cuando la has traído?
Me estoy calentando. Noto que lo estoy haciendo, pero no puedo evitarlo. Y entonces pronuncia una respuesta que no comprendo:
—Quería que la conocieras. —Se incorpora de golpe—. ¿Quieres más ron? Odio dejar las botellas a medias, así que tenemos trabajo por delante. Puedes dormir aquí, por cierto.
—¿Después de cómo te has quedado a medias con Mohamed? Ni de coña.
—Muhammed. Y, por muy bueno que estés, un trasero blancucho como el tuyo no debería tener miedo de mí.
Veo cómo se pone de pie riéndose, coge mi copa, que todavía no está vacía, y se dirige al mueble bar. Sé de sobra que la última tontería ha sido para cambiar de tema, lo cual le permito… por ahora.
Me pregunta por la granja, por mi tía y por mi padre.
—Murió hace un año.
—Joder, ¡me alegro!
—Gracias.
Me lo dice porque él sabe lo que había. Conocí a Ryan hace cinco años, cuando se me metió en la cabeza escalar La Dura Dura y necesitaba un compañero. Ahí apareció él, contestándome al anuncio que puse en un foro de internet. Un valiente o un descerebrado como yo (cuando se trata de conquistar cimas), pues la vía que yo había planeado abrir, no la había hecho nadie nunca. Hasta nosotros. Después de aquella experiencia tan intensa, la amistad viajó de vuelta a Francia y aquí estamos ahora. Coronamos varias cimas más juntos, hasta que le mandaron a África y nuestros caminos se separaron. Yo me compré la granja; él, el Lou Pascalou. Tratamos de vernos siempre que podemos, pero… ya no es lo mismo. Compartir una cima une como el granito que mantiene junta una montaña, de una manera que nadie que no haya luchado por la supervivencia y dejado su vida en manos del otro podrá entender jamás. Lo que hacemos ahora, vernos en un local con una copa en la mano, solo es tratar de revivir aquellos sentimientos que nos unieron y que cada vez quedan más lejanos.
Es mejor eso que nada.
—Llegué hace dos semanas, pero he estado arreglando unos asuntos. Ahora ya estoy más libre.
—Perfecto, así podrás encargarte tú mismo de tu local y yo, dedicarme a lo mío.
—Y ¿cómo va lo tuyo?
Hablamos y bebemos hasta que, mucho más tarde, el teléfono interno suena y mi amigo sale como una exhalación y murmurando un único «mi hermana» me obligo a quedarme aquí y no seguirle. Me recuerdo que esto no va conmigo, que es su local, su hermana. Se escucha follón fuera, pero no me muevo, Ryan es perfectamente capaz de encargarse sin mi ayuda. De hecho, estoy pensando en irme antes de que me líe más, cuando aparece la hermana en el despacho. Pasa por mi lado sin mirarme siquiera y se tumba en el sofá.
Cuando mi amigo llega, todavía echa chispas por los ojos. Parece necesitar una buena sesión de boxeo, lo que me hace sentir un poco mal por haberle interrumpido el polvo. Al menos es así hasta que abre la boca.
—Putos heteros. Están de puta testosterona hasta las cejas y lo tenemos que pagar los demás. ¡Hasta los cojones estoy! Te lo juro.
Al parecer, su hermana se dirigía a los servicios cuando unos tipos se han puesto a «jugar» con ella. Mientras Chester le avisaba, la cosa se desmadró. Una novia interpretó mal la situación y le tiraron la copa por encima a Briana. Supongo que de ahí el olor a espuma de cerveza que desprende la niña.
Mi amigo sigue increpando, pero se calla cuando le señalo el sofá, donde el cuerpo de la niña en cuestión está enroscado y parece dormido. Al instante, soy testigo de cómo el gran Capitán Debret del Quinto Regimiento de Helicópteros del Ejército de Francia se hace mantequilla al agacharse junto a su hermana y acariciarle el pelo.
—Paillettes, ¿estás dormida? —le escucho susurrar, con una voz dulce que no sabía que tuviera. ¿Paillettes? La chica ni siquiera contesta. Está más dormida que la Bella Durmiente—. Lo siento, Paillettes. Descansa, que yo estoy aquí.
En cuanto se levanta, le comunico que me voy. Pero cuando un amigo te pide que te quedes con la voz con que me lo ha pedido él, te quedas. Da igual que al día siguiente tengas que levantarte a las seis de la mañana y esa noche vayas a dormir menos de tres horas o que lleves durmiendo tres horas desde… ni me acuerdo. Te quedas. Punto. Así que en cuanto nos sentamos en las mesas del despacho y se va a por otra botella, intuyo que va a decirme algo importante. Y no me equivoco.
—Mi hermana nació cuando yo tenía quince años. ¿Lo sabías?
—¿Cuántos años tiene?
No sé ni para qué pregunto, porque ya he echado cuentas. Si mi amigo tiene treinta y dos y la niña nació cuando tenía quince…
—Diecisiete.
Asiento, algo más tranquilo. Tiene más de los que aparenta.
—Mi madre y Capullo Price follaron y de ahí nació ella. ¿No te parece un milagro que de las dos personas más malas que conozco haya salido lo más increíble? Es algo que no logro comprender. Con lo puta que es mi madre, con lo mal que se lo ha hecho pasar… Te juro que veía a mi hermana y pensaba que si una niña que ha tenido el maldito ejemplo de mi madre era capaz de cuidar así de sus muñecos, el mundo estaba salvado. Recuerdo que con dos años ya le encantaba llevar lentejuelas, por eso la llamo así. ¿¡Qué coño!? Creo que nació con ellas. En cuanto le enseñaba esas cosas de colorines, se volvía loca. ¿Sabes cómo murió el puto irlandés de su padre?
No quiero oírlo, ya he tenido suficiente. Tengo que volver a la realidad, a mi negocio, a mi granja y a mis animales. Tengo que escapar de la ciudad y de los problemas de una familia que ni me va ni me viene, pero aquí me quedo, porque es evidente que mi amigo necesita soltarlo y porque… Ni idea.
Me pongo de pie con un suspiro y comienzo a preparar café de la máquina sobre el mueble bar, viendo que el amanecer se nos echa encima y que yo tengo que despejarme como sea. De camino, paso junto al sofá y la vista se me queda anclada en la melena de color marrón que cae en cascada hasta tocar el suelo con las puntas. Me fijo en que estas son más claras que el resto. Me fijo…
—¿De qué murió?
—Se suicidó. —Se me cae la cápsula de café al suelo y me agacho a recogerla con un exabrupto. Se me está contagiando de mi amigo el vocabulario del ejército—. Pero con compañía, para no sentirse tan solo. ¿Sabes quién era esa compañía? Acertaste: su hija. Una noche la metió dormida en el Lada de mierda que tenían y condujo hasta un descampado a treinta kilómetros de su casa y allí aparcó. A quinientos metros había un pozo. La policía determinó que al pobre diablo le tomó cinco horas reunir el valor suficiente para lanzarse al vacío y abrirse el cráneo. ¿Y sabes cómo lo determinaron? Por el camino de colillas de ida y vuelta que había entre el pozo y el coche. Había un total de cien colillas. Una cada tres minutos. Debió de caminar de ida y vuelta unas ciento cincuenta veces antes de tirarse. Y todo ese tiempo mi hermana podía estar despierta o dormida. Nunca ha abierto la boca sobre lo que ocurrió esa noche. Lo que sí sé es que la encontraron despierta y en el interior del coche, diez horas después de que el hijo de puta cayera.
Si esa primera vez que la vi en el bar me pareció fuera de lugar, la segunda vez que lo hago esta donde tiene que estar: envuelta en un vestido azul marino hasta la rodilla y con zapatos planos, subida a una tarima para recoger su diploma. Le colocan un birrete sobre el pelo liso, peinado con la raya en medio y ella se gira con cara de querer desaparecer, pero aguanta mientras el cámara y su hermano le hacen la foto de rigor. Y yo vuelvo a moverme, nervioso.
No recuerdo qué maldita excusa me puso Ryan para explicarme que mi presencia era de vital importancia en la graduación del instituto de su hermana, pero aquí estoy, aplaudiendo a una jauría de chavales sin pelos en los huevos mientras se hacen fotos ridículas con sus padres, amigos y profesores. Sin embargo, me alegro de haber asistido cuando me percato de que somos sus únicos acompañantes, escasos en comparación con las familias completas que rodean a los otros graduados. Cuando le pregunto a Ryan por su madre, se gira.
—¿Tú la ves aquí? —Cuando niego lo evidente, prosigue—: Yo tampoco. Siempre hace lo mismo: fallarte en el último minuto.
No hablamos más de esa mujer.
Nadie debería celebrar sus hitos en solitario, y sé de lo que hablo. Por eso, no rechisto cuando Ryan se encamina hacia un restaurante y me incluye sin consultarme. Le arqueo una ceja sin sacar las manos de los bolsillos, pero el capullo se hace el despistado que da gusto.
Ryan solo tiene ojos para su hermana, para abrazarla, gastarle bromas, y hacerla sonreír llamándola «Paillettes». En definitiva, armar el escándalo que hubiera formado una familia unida si la hubiera tenido.
No puedo evitar preguntarme qué habría sido de ella si Ryan hubiese seguido en África. Y al momento me digo que me importa una mierda, porque esa niña no es asunto mío.
Cuando mi amigo le pregunta si quiere unirse a alguna de sus amigas para la celebración, ella pronuncia un «no» rotundo, que suena a un «¿estás loco?», que no me gusta nada. Mi amigo se pone nervioso, lo veo.
Joder, es evidente que se lo está currando, ¿no? La hermanita podría poner algo de su parte.
—¿Dónde quiere ir su señoría, entonces? —inquiero, cruzado de brazos.
Ella se encoge de hombros, aparentemente sin acusar mi pulla.
—Donde sea, cualquier lugar donde no haya la tontería esta de los birretes estará bien.
Bueno, igual la niña no es tan imbécil como me había parecido.
Sugiero un italiano que está cerca y ambos asienten —Ryan con alivio y agradecimiento en los ojos—. Cogemos un taxi para meternos en el corazón de Le Marais, donde Briana se relaja y la conversación ya no resulta tan forzada. Trato de hacer alguna pregunta respecto a ella, pero enseguida la conversación gira en torno a Ryan, a mí y a nuestras vidas.
2
Paillettes
ALEX
Un mes más tarde ya me había olvidado de Briana Price y de Ryan Debret. He quedado con mi amigo, sí, pero he rechazado de plano el resto de invitaciones que incluían a su hermana, como por ejemplo: la celebración de la Fiesta de la Música, los fuegos artificiales del 14 de julio… por eso no me sorprendo cuando el último día del mes de julio, mi amigo me llama informándome de que está aquí, en Saint-Rémy-lès-Chevreuse, en mi granja; lo que sí lo hace es encontrarla a ella con él y ambos acompañados de una gran maleta de chica y de un petate del ejército. Trago bilis. Porque, aunque él nos cuente las anécdotas con su habitual humor, todos sabemos a qué se dedica y también que su curro no consiste en pasearse con un mapita turístico en la mano, sino más bien con un arma y por las zonas en conflicto.
Salgo de detrás de la casa de aperos, secándome el sudor con el bajo de la camiseta y recolocándome la gorra, la cual también está empapada, y termino de bajar la cuesta.
—No —pronuncio al llegar frente a ellos.
Sueno brusco, lo sé, pero es que de pronto todas las piezas me están encajando y no me gusta el resultado.
Puto Ryan, eso fue lo que pensé. ¿Para qué esconderlo? Ni siquiera mi padre ha conseguido sorprenderme tanto en la vida como la jugada de mi amigo.
Destrabo la cancela y la abro para darles paso, pero no les permito poner un pie dentro sin antes darme una explicación.
—¡Buenos días, Alexandre! ¿No podemos venir a visitar a mi amigo? —pregunta, guasón.
Paso por alto la forma en que me llama para no darle más munición. Si ve que me enfada, lo hará más. Es así de tocapelotas.
—Tú nunca me visitas, a no ser que tengas algo entre manos.
Y me temo que sé lo que es.
Ryan sonríe al quitarse las gafas. A su lado, la niña permanece seria, estudiando cada piedra del suelo como si el asunto no fuera con ella. Estoy a punto de increparle y hablarle con desdén cuando varios ladridos, cada vez más cercanos, rompen la quietud, al igual que los balidos desenfrenados.
Mierda.
Me giro justo a tiempo para aplacar el entusiasta salto de Voldemort, a quien logro neutralizar mientras veo cómo las ovejas se dispersan por todo el recinto como si un lobo corriera tras ellas en lugar del anciano Jonás con un palo. Viéndole correr encorvado detrás de las bestias, que le esquivan sin problemas, vuelvo a pensar en que debería jubilar al pobre hombre. Por lo pronto, centro mis esfuerzos en convencer al perro para que meta al rebaño en el recinto trasero.
—Jonás, demonios, enseñe al chucho a hacer su trabajo. ¿No era un perro pastor? Pues que lo demuestre y sino…
—Lo sé, lo sé. Yo sé, patrón. Todo controlado.
—Controlado, mis huevos.
Me vuelvo y hago señas a mi amigo para que me siga, y dejo que Jonás y Voldemort se las vean con las ovejas que faltan. No es demasiado trabajo, pero con esos dos puede pasar de todo. Antes de echar a andar, algo me deslumbra por el rabillo del ojo, y veo su sonrisa. La sonrisa de la chica, de Briana, siguiendo a Voldemort, pero se esfuma al instante. Lo hace tan rápido que pienso que un rayo de sol me ha deslumbrado y que ha sido todo mentira. Me giro y caminamos en silencio, yo más adelantado. Voy quitándome la gorra, las gafas y la camiseta mientras que llegamos a la fachada de la casa, de donde descuelgo una manguera amarilla. Necesito refrescarme como sea.
—¿De dónde has sacado al viejo? ¿Estaba de oferta en Orpea? —se mofa mi amigo al tiempo que me echo agua por la cara y la dejo caer por el resto del cuerpo.
Está helada.
Buenísima.
El comentario de mi amigo me pone de mala leche.
—Me timaron. Venía con la granja, él y el perro, y no tuve huevos para echar a ninguno de los dos del lugar donde habían vivido desde siempre. —Abro los ojos y, a través de las gotas, puedo ver su expresión burlona—. Y no me mires así, no me estoy ablandando.
—Yo sé, yo sé. Yo no decir nada, patrón —imita a mi encargado, antes de echarse a reír. Sin importarle una mierda estar apoyado en una maleta rosa de dimensiones prehistóricas.
Le echo un chorro de agua que le cala toda la cara. Por capullo. Sus maldiciones me ponen de mejor humor. De tan buen humor que me permito bromear señalando la maleta.
—Ry, ¿no crees que estamos yendo muy deprisa? Yo todavía no estoy en ese punto.
Es su turno de lanzarme tierra a la cara, lo que solo me provoca más risa y que tenga que volver a enjuagarme el pelo. Otro rayo de luz me deslumbra y me hace mirarla. Y, por primera vez desde que ha llegado, me encuentro con sus sorprendidos ojos fijos en los míos. Parpadeo y solo veo su cogote recubierto por una melena que lanza destellos. Seguramente eso es lo que me ha cegado.
En cuanto termino de mojarme, me quito los zapatos y les invito a traspasar la puerta, avisándoles del escalón interior. Estas antiguas casas de campo son así, te puedes encontrar escaleras y armarios con retretes en los lugares más insospechados.
—Tío, menudo cambio. Esto ya no parece la ruina que compraste. Eres todo un currante, ¿Quién lo iba a decir?
No puedo evitar sentir una oleada de orgullo. A ver, soy humano. Compré una granja que se caía a pedazos y la estoy levantando poco a poco con mis propias manos. Con ella estoy llevando a cabo una de mis muchas obsesiones y desafíos. Por un lado, realizo un sueño y por otro, jodía a mi padre, el gran magnate de los negocios cuyo único hijo, en lugar de seguir sus pasos, se metió a granjero. Me gusta pensar que lo que se lo llevó al otro mundo fue la úlcera de estómago que le provocó mi decisión.
El interior de la casa está fresco, tanto, que tengo que coger una toalla del armario del recibidor y secarme, al tiempo que le lanzo otra a mi amigo. Me nace de dentro ofrecerles un café o un refresco, pero en cuanto veo a la hermana apostarse en el poyete de la ventana y contemplar a través de ella como si siempre hubiera pertenecido a la casa más que yo, la rabia y la decepción vuelven a aparecer con más fuerza que antes. Les dejo en el salón de verano sin decir nada y subo las escaleras hasta mi cuarto. En cuanto me pongo una camiseta limpia, bajo. La cría no ha cambiado de posición, lo que me crea cierta molestia interna, aunque no sabría decir por qué. Me dan ganas de avisarle de que no se ponga cómoda. Enseguida, su hermano me distrae ofreciéndome una cerveza fría de mi propia nevera.
—Anda, toma, que noto que necesitas relajarte. —Me la da.
—Como si estuvieras en tu casa —me burlo, sin poder contenerme—. Bueno, mejor no, que tú esas palabras te las tomas al pie de la letra y me puedes aparecer cualquier día con la maleta a cuestas. Ah, pero si ya lo has hecho. Qué casualidad. Así que… ¿qué haces aquí?
Pronuncio las últimas palabras con una seriedad mortal para aclararle de ese modo que se han acabado los juegos. Yo, con mi independencia, soy muy mío, y eso no va a cambiar. Así tenga que perder una amistad. Me importa un cuerno.
—Directo al grano, joder.
—Ya sabes que los rodeos yo solo los uso para alcanzar una cima peligrosa. Entonces, ¿qué hacéis aquí? —Por primera vez, la incluyo a ella.
—Tío, ¿te acuerdas de mi hermana? Pues resulta que vuelvo a la región del Sahel y…
No le permito terminar.
—Ni de coña.
Tajante. Cuanto más tajante, mejor. Y esta vez nadie me va a hacer el lío.
—Te veo muy poco receptivo, Alex, este no eres tú. ¿Ni siquiera vas a escucharme? Te digo que vuelvo al conflicto…
—No.
Cambia la estrategia, lo noto. De la burla, pasa a la seriedad más absoluta. Bien, a ver si consigue igualar la mía.
—Ni la notarás, Alex. No alterará tu vida, te lo prometo. Ella es tan independiente como tú, aunque no lo parezca, y en cuanto…
Tengo que interrumpirle de nuevo con algo gordo, porque necesito que comprenda lo en serio que voy y que nada de lo que me diga va a cambiar el asunto. Vivo solo. Punto. He pasado demasiados años sintiéndome incómodo en mi propia casa y eso no va a volver a ocurrirme nunca. Nunca.
—Te quiero, Ryan —le advierto, abriéndome en canal para que vea que voy en serio—. Para mí, lo que compartimos en aquella montaña nos unió más que la sangre, lo sabes. Eres como mi hermano. Pero por aquí no paso y deberías saberlo. Tú más que nadie. Sabes que estoy acostumbrado a ir a lo mío y que con la granja estoy desbordado. El cupo de responsabilidad que puedo abarcar está lleno, amigo. Lo siento.
Dicho esto, doy media vuelta y salgo al patio interior, donde a estas horas da la sombra, gracias a que está cerrado por tres edificaciones que forman un cuadrado con la casa. Son pabellones, viviendas con habitación y baño propio. Uno usado por Jonás y el perro y los otros dos los uso para guardar el material de la granja. Además, ya cedí con Jonás y con mi tía, que ocupa toda una edificación cercana e independiente que podría estar usando para otra cosa, como, por ejemplo, para ampliar la clínica y dejar la del pueblo.
Otra cerveza aparece frente a mí al tiempo que mi amigo se sienta en el escalón a mi lado. Desde aquí se vislumbra el porche posterior, que diseñé y nunca uso. Hay un balancín y sillas que rodea una mesa de cristal sobre la que cuelgan las ramas de un sauce, lo que lo convierte en el mejor lugar de la casa. Suspiro al aceptar el botellín y darle un trago. Me doy cuenta de que me siento fatal por mi negativa y, sobre todo, por haberle hablado tan tajante. He dicho de verdad que es como si fuera mi hermano y que le quiero como supongo que lo querría en caso de que lo tuviera, en el caso de que no le hubiera matado.
—¿Adónde te mandan? —pregunto, mirándole de reojo.
Se pone a mirar el interior del botellín y a agitar el líquido, haciendo cualquier cosa que no sea encararme, supongo. A Ryan no le gustan los conflictos, pero tiene la cara demasiado dura como para salir de ellos huyendo sin haberse salido con la suya. Noto que se siente aliviado con el cambio de tema.
—Volvemos a la región del Sahel, tío, solo que ahora llaman Operación Barkhane a la que ha sido la Operación Serval en Mali desde siempre. —Lanza un bufido, arrugando la frente—. Al final, todo se trata de lo mismo: lucha contra el terrorismo y, de paso, contra insurgentes que nos vayamos encontrando por allí. Briana… Ella no ha estado bien en mi casa, tío, la zorra de nuestra madre la ataca.
«No. No quiero ir por ahí. Olvida que has venido por ella; olvida que vuelves a pedirme un favor. Olvida que te lo debo».
—¿Te lo ha dicho ella? —Cosa que me extraña, porque creo que hasta ahora solo la he oído pronunciar tres palabras.
—¿Estás loco? Ella no me diría nunca nada, lo he visto yo durante estos meses. Mi vieja está loca, y si delante de mí la trata así, no me quiero imaginar lo que puede pasar estando las dos solas. Además, está muy callada. No habla… no es ella, macho. Antes no era así. Y me jode en el alma saber que la he abandonado.
—Tú no la has aban…
—Sí, lo he hecho. Lo que más me duele es que su viejo lo hizo en primer lugar, y yo le juré que no sería como él, que no la abandonaría. Y aquí estoy, faltando a mi promesa una y otra vez. Lo que me trae al asunto de nuevo: te pago un año de alquiler, ¿te sirve?
—El alquiler no es problema y lo sabes.
Si algo me sobra, son habitaciones libres, las cuales no alquilo porque no me da la gana.
—Ella es diferente, joder, es como más sensible, pero, a la vez, la más fuerte… Creo que… Te lo voy a decir, porque eres tú. A tomar por culo. Mi hermana es la criatura más familiar que existe, y, a la vez, a la que la peor puta familia de mierda le ha tocado. Mil veces he pensado que yo le podría haber dado eso: una familia, gente que la quisiera de verdad y a la que querer. Y, sin embargo, aquí estoy, jodiendo por las esquinas. Supongo que no sirvo para eso. Soy un capullo.
—¿Cuánto tiempo?
Sabe perfectamente a lo que me refiero. Es la pregunta que ha estado pesando sobre la conversación desde el principio.
—Seis meses, no más. —Tanto él como yo sabemos que está mintiendo. Nunca son seis meses, porque no lo saben ni los que les mandan allí. Regresará cuando los intereses políticos convengan, si es que se acuerdan de ellos. Ambos lo sabemos, sin embargo, fingimos normalidad—. Solo te pido que aguantes hasta que tenga las cosas claras. Sé que lo harás.
Suelto con un resoplido el aire tan cargado que tengo en los pulmones.
—Ry, no me lo pidas. Sabes que haría cualquier cosa por ti, lo que fuera, pero esto…
—Me lo debes.
Ahí está.
Tiene razón. Se lo debo.
Y si él, que juró no usar nunca ese comodín, lo está haciendo, es que para él esto es más que importante; más que sí mismo, porque sabe que jugar esa carta le puede costar nuestra amistad y, aun así, lo está haciendo.
—Necesita quedarse aquí. Seis meses; luego, volveré —prosigue, y la voz le ha salido algo temblorosa al principio, pero cuando continúa suena agresiva—: Tiene que quedarse, Alexandre. Moriría antes que mandarla de nuevo a esa casa, eso terminaría con ella. Si se queda aquí, podrá encontrar su camino. Esto le servirá para que se desintoxique en un ambiente como este: limpio y puro. Podrá empezar de cero.
Me masajeo las sienes con los ojos cerrados. Noto el pelo, que ya llevo demasiado largo, casi seco por la temperatura que hace y, también, por mi propio calor interno, porque ardo. Y eso solo me ocurre cuando me veo obligado a hacer cosas que no quiero. No escucho ningún sonido, salvo los típicos de una granja, que yo ya ni oigo, pero, por alguna razón, aguzo la mirada, para ver que la hermanita ni se ha movido. Permanece ahí, de espaldas, tan quieta como aquel día tras la barra del Lou Pascalou.
Me vuelvo hacia mi amigo, que también la observa.
—¿Es autista o algo?
Por la forma en que me mira sé que está a punto de asesinarme.
—¿Mi hermana? ¡No! Dio el discurso de su promoción en la graduación, ¿recuerdas? Eso solo lo hace el que sale elegido por sus compañeros. —Pues no, ni lo recordaba. Creo que ese fue el momento en que cogí el móvil y me puse a estudiar la normativa del ayuntamiento en cuanto a las granjas. Mi amigo consigue calmarse y mirarme con gravedad. Esta es la conversación más seria que he tenido con él hasta el momento—. Solo es tímida, tío. ¿O es que no te acuerdas de las chavalas de diecisiete años? Es una edad chunga y vivir con mi madre, más la muerte de su padre…, pues eso, que ya no es ella. Creo que no la he oído reír una sola vez desde que he vuelto.
Esto último lo dice como para sí mismo, mientras que la observa con preocupación. Me hubiera gustado prometerle todo lo que necesita oír para poder irse tranquilo, pero en este momento solo puedo pensar en cómo voy a hacerlo y en cómo va a alterar mi vida el meter a otra persona en mi casa. Una persona rota, todo hay que decirlo, porque es evidente que en la burbuja de la cría hay mucha mierda acumulada. Casi tanta como en la mía.
Pero solo atino a levantarme y palmearle el hombro con la mejor sonrisa que puedo.
—Con que desaprenda todas las palabrotas que habrá aprendido estando contigo, me servirá. Que parece que lo primero que os dan en cuanto pisáis África es un diccionario de todas las palabrotas que uno puede soltar por la boca.
Nos reímos. Ambos lo necesitamos. Como también necesitaba la mueca de agradecimiento en la cara de Ryan cuando comprende que acabo de aceptar a su hermana.
—Gracias.
Y es el «gracias» más sentido que me han dicho jamás.
3
Price. Así mejor
ALEX
Partir leña tiene el prodigioso efecto de sacar cualquier pensamiento de mi cabeza, incluso, aunque estemos en verano o la calefacción sea eléctrica. Cuando por fin vuelvo a casa después de cuatro horas deslomándome y de que haya caído la noche, me sorprendo al encontrar unas converse pintadas a mano en tonos rosas junto a las mías, lo que me recuerda de sopetón que todavía tengo un último asunto del que encargarme antes de alcanzar mi cama. De pronto, me siento fatal porque he abandonado a la niña sin tan siquiera enseñarle la casa o llevarle la maldita maleta rosa a su habitación. ¡Joder! Soy gilipollas.
Tengo que tomarme unos segundos para recordar su nombre.
—¿Briana? ¡Briana! —la llamo.
Pronunciar su nombre me sabe raro, descolocado, como si de pronto la casa se hubiera llenado de colores y no supiera dónde mirar para volver a mi blanco y negro habitual.
—¡Priceeeeee…!
Así mejor.
El piso de abajo está vacío y la cocina tal cual la he dejado. Los pabellones siguen igual de inhóspitos que siempre, por lo que me atrevo a subir al piso de arriba, cagándome en todo, porque nadie sube al piso de arriba. Es sagrado y solo lo uso yo, ¡joder! Cuando tampoco la encuentro al subir, la molestia se convierte en una ira premonitoria. Como se haya escapado, la mato. No pienso mover un dedo. Bueno, sí, al principio haría mi vida como si nada. Sin embargo, sé que en algún momento, mi puta conciencia, la cual mi padre se encargó de trabajar e hiperdesarrollar, me obligaría a levantarme y buscarla.
Abro todas las puertas que encuentro a mi paso: la cocina junto a la salita, el salón de invierno, incluso mi habitación con cuarto de baño y luego el servicio a mitad de pasillo, pero no hay ni rastro de ella. Pues ya solo me quedan dos opciones: o, efectivamente, se ha escapado y en cuanto la encuentre —porque voy a encontrarla, tengo demasiada experiencia buscando reses extraviadas— la ataré con la correa de Voldemort, o está en la buhardilla.
Tenía grandes planes para la buhardilla. Tenía, en pasado.
Sé que está ahí en cuanto pongo una mano en la escalera de caracol y escucho una música suave. ¿Debussy? En cuanto piso el último escalón, llamo con los nudillos a la puerta y, al instante, se hace el silencio, seguido de unos pasos desnudos sobre el suelo de madera. Me produce gracia, y algo de sórdido placer, la sorpresa con la que la chica me recibe, como si le causara impresión encontrarme aquí, en mi casa. Mi casa.
¡Mierda de situación!
—¿Estás cómoda? —No sé si llega a captar la ironía en la expresión, pero no me detengo a cerciorarme. Traspaso la puerta y me adentro en el espacio con pasos lentos y medidos. Ni de coña voy a pedir permiso para entrar en un lugar en el que, hasta hace unas horas, tenía total acceso. Necesito dejarle claro que esto es mío y que me muevo por donde me da la gana, y me importa un rábano que ya lo haya hecho suyo. Me vuelvo y la enfrento con las manos en los bolsillos:
—No te puedes quedar aquí.
Y si le aviso es porque es una realidad. Aquí las normas las pongo yo y paso de doblegarme. He pasado años bajo el yugo de mi padre, Ryan lo sabe. Por eso vivo solo, para que nadie me ande imponiendo nada. Y menos aún una cría muda y sin vida. Me cruzo de brazos y apoyo la espalda en la pared recubierta de madera antes de mirarla con atención.
—Yo de ti no me pondría ahí. —Es lo único que pronuncia.
Bueno, ¡lo que me faltaba!, que me dijera dónde puedo o no puedo colocarme. Tiene agallas la niña. Para demostrarle que aquí quien manda soy yo y que no voy a bailar al son de una adolescente caprichosa que se hace la dueña de una casa, repito:
—Aquí no te puedes quedar.
Obtengo la satisfacción de verla palidecer. El fulgor que tanto me molesta al mirarla se atenúa y su pecho toma una respiración entrecortada, pero, a pesar de las señales visibles de angustia, lucha por hablar.
—Pero… tú le has dicho a mi hermano que sí. T-tú… tú le has dicho… y él ya se ha ido, ¿cómo…?
Detengo esa perorata nerviosa que me está poniendo de los nervios a mí también.
—No he dicho que no te puedas quedar en la granja, me refería a esta buhardilla. A tu hermano le he dicho que sí y yo cumplo mis promesas, a pesar de haberlo hecho bajo coacción. No tengo otra.
¿Se le ha ido la pinza a la cría? A ver, que el mentiroso era mi padre, no yo. ¿En serio piensa que soy capaz de colocarla en la calle en cuanto su hermano se ha dado la vuelta? Por primera vez me pregunto qué le han hecho para que piense que le pueden hacer algo así, pero lo aparto de mi mente, porque Briana Price, para mí, solo es una molestia. No soy de los que se preocupan por las molestias, sino que las aparto a un rincón. Y eso es lo que voy a hacer con ella.
Lejos de ofenderse, su cuerpo se relaja.
—Entonces, ¿puedo quedarme aquí?
—Sí.
Al percibir el suspiro que exhala su cuerpo, me siento mal, sobre todo, porque no sé para qué le he soltado todo lo de su hermano. No soy una persona a la que le guste hacer daño, bastante me lo han hecho a mí, pero siento la necesidad de delimitar espacios. Una adolescente. ¡Hostia, Ryan! Ya me podría haber dejado un perro, que soy veterinario, no padre.
—Aquí, en la granja, sí. Aquí, en la buhardilla, no.
—Me gusta esta buhardilla. Me gustan los lugares altos. Y estaba desocupada.
—Y a mí me gusta pasearme en cueros por los pasillos, ¿qué hacemos con eso? —Cuando la veo sobresaltarse, me recuerdo que es una cría, y no puedo decirle esas cosas, pero continúo el impulso—: Pues eso, que este piso es mío. Abajo tienes tres pabellones intactos con tres habitaciones cada uno y baño propio. Elige el que quieras.
«Y así no nos veremos las caras. Viviremos aislados».
Y así no tardará en adivinar lo mucho que venero mi intimidad en cuanto vea lo alejados e independientes que son los pabellones.
—Ya los he visto y no me gustan. Son oscuros y no se ve nada por las ventanas. Prefiero estar aquí —se enquista. Lo que ella no sabe es lo que odio que me impongan cosas y, mucho menos, en mi casa.
—Aquí no puede ser.
—Por favor.
—No.
Se muerde el labio y otra vez percibo el fulgor, que no sé de dónde sale, porque afuera el sol ya se ha escondido. Mientras estamos en ese tira y afloja, echo un vistazo a la habitación. La buhardilla era un lugar diáfano, solo con una cama de matrimonio y una estantería, bajo la que me encuentro. Ahora se ha convertido en algo digno de una revista de decoración. Incluso hay dos cuadros llenos de colores vivos sobre la cama, a modo de cabecero, una colcha amplia cubriendo el colchón y una especie de barra metálica unida a una estructura con ruedas de donde cuelgan perchas con mucha ropa. Ropa llena de volantes, tules y purpurinas.
—¿De dónde has sacado eso? —pregunto, señalando la estructura metálica. Es imposible que quepa en la maleta, por muy grande que esta sea.
—¿El burro? De una habitación de la planta baja. Estaba llena de armarios de madera y sillas de montar. He pensado que no te importaría que lo usara, pero puedo quitarlo.
—No pasa nada.
No sé por qué digo eso, porque está claro que pasa. Pasa todo. Pasa que se ha acomodado y que, mientras yo partía leña para asimilar mi nuevo estatus de padre, ella se ha dedicado a ponerse cómoda. En mi casa. Estoy demasiado noqueado por el cambio que ha dado la estancia. Debajo de la ventana ha añadido una mesa de madera con su silla. Sobre la mesa descansa una buena colección de frascos de perfumes, lo que me hace comprender el ligero olor a pastel que envuelve la atmósfera de la habitación. De la barra de la cortina cuelga un traje blanco, de tirantes, repleto de tules y lentejuelas.
—¿Y esa ropa? —pregunto.
—Es mía.
Me lo comunica a la defensiva, como si pensara que puedo quitársela.
—Mía, desde luego, no es.
Bufo con burla, pero el humor se me esfuma al divisar la prehistórica maleta rosa, abierta y metida parcialmente debajo de la cama. Todavía está repleta de ropa por sacar. Porque se va a instalar aquí. Conmigo. En mi piso. Ni muerto.
Me cruzo de brazos y la señalo.
—Todo esto va para abajo. Yo te ayudaré, y no se hable más.
—Pero…
—¿Quieres dormir en el pantano, Price? Porque es eso lo que vas a conseguir como no me obedezcas.
Se repliega, lo que debería de causarme satisfacción, en vez del mal cuerpo que me provoca.
Recuerdo una hembra de pitbull. Los pitbulls son perros con coraje que no se doblegan, pero a esa la habían doblegado. Tenía marcas de abrasión en el lomo y cardenales rodeando sus ojos. Tuve que cortar con el bisturí cuerdas enquistadas alrededor de sus orejas y del rabo, el cual perdió por necrosis. Lo que más me impresionó cuando la atendí, después de mucho insistirme los críos que la trajeron, fue que no huía. No se enfrentaba. Solo permanecía ahí, mirando al vacío. Sin vida. Como si ya no le quedara nada dentro. Eso es lo que presencio de pronto en la cría: la atenuación de su luz. Sé que va a claudicar. Lo reconozco por su postura, la aceptación en su rostro y los hombros a punto de hundirse.
Ni idea de por qué me adelanto.
—Tendrás que usar el baño de abajo, el que está junto a mi habitación. En los pabellones eso no te ocurriría y, además, son más grandes. Uno entero para ti. ¿Estás segura de que prefieres este cuchitril?
No es un cuchitril. No, desde que ella lo ha convertido en una buhardilla bohemia propia del París de hace un siglo.
Y el brillo que recuperan sus ojos al comprender que he cedido me hace apartar la vista.
—Sí. Prefiero aquí.
—Ya.
—Gracias, Alexandre.
—Alex —repongo, cansado repentinamente por todo lo nuevo que supone tener a esta chica aquí. No llevamos juntos ni media hora y ya estoy agotado—. Llámame Alex, por favor. Solo mi padre me llamaba Alexandre y lo odiaba. Odiaba a mi padre. Supongo que te pasa lo mismo con tu madre.
—No la odio. Su manera de tratarme me ha hecho ser quien soy ahora. Aunque a veces me pregunto qué ve cuando me mira, qué le causa tanto rechazo como para tratarme así.
Después de esa frase tan larga, la estudio y siento que acaba de darme algún tipo de lección. Ella a mí. Me sacudo esa sensación, pasándome las manos por el pelo, que llevo demasiado largo e incontrolable, y me pongo serio. La nobleza que soy capaz de ver en ese comentario esquiva cualquier otro pensamiento.
—¿Por qué no te has quedado con ella, entonces? —inquiero con desagrado.
—Aquí estoy mejor. Si no te importa.
¿Que no me importa? ¿Que no me importa? Como si no acabara de trastocar toda mi vida. Como si su hermano no me lo hubiera pintado como una cuestión de vida o muerte. ¡Puto Ryan! El malhumor, y el sentimiento de que he sido manipulado toman mi cuerpo de nuevo. A la mierda cuatro horas partiendo leña, estoy en la casilla de salida. Y sé que la niña no tiene la culpa de las decisiones de su hermano, pero… de pronto me pregunto si la mosquita muerta, con ese aire modoso y débil, le ha manipulado a él y aquí estamos dos hombres hechos y derechos siendo sus marionetas.
Aunque, a decir verdad, no tiene pinta de nada más que de lo que es. Una niña. Perdida.
La contemplo.
Delgada y de estatura media. Ojos azules, rostro proporcionado y pelo marrón. Muy normalita. Y, aun así, hay algo en su postura, altiva y solemne, que parece desafiarlo todo desde el interior de esa burbuja de serenidad que permanece en torno a ella. Y sé que va a traerme muchos problemas, lo estoy viendo.
Seis meses. Puedo hacerlo.
Me paso las manos por el pelo, despeinándolo, antes de volver a mirarla directamente a los ojos. Sus ojos azules. Ryan también los tiene azules, pero los de ella son más profundos.
—No puedes traer chicos a casa —me sale de pronto, no sé ni de dónde. «Que tiene diecisiete años, Alex, ¿qué narices dices?»—. Ahora, esta es nuestra casa, tanto tuya como mía, y no quiero ver a un montón de tíos desfilar cada mañana…
—No voy a traer chicos. —Abre mucho los ojos, como si ni siquiera se le hubiera ocurrido—. Nunca he estado con un chico. Una vez mi vecino me besó. Era mi primer beso y mi madre llamó a la policía y le acusó de querer violarme delante de todos los vecinos. Solo buscaba humillarme y lo consiguió. Se me quitaron las ganas de volver a probarlo, gracias.
Me quedo en silencio un momento, tras el cual me enrabieto conmigo mismo. Me importa una mierda. Me importa tan poco que no me permito pensar en el bicho que tiene por madre ni en que aquí está mejor. Para nada. Por eso vuelvo al inicio, a que no permito chicos aquí.
—Bien. Porque no voy a tolerarlo. Y aquí, lo último, es holgazanear. —Sigo en mi papel de cretino de primera categoría. Algo me está impulsando a ello, como si necesitara dejar las cosas claras. O, más bien, parece que estoy deshaciéndome de toda la rabia que la situación, que lleva meses gestándose porque ya me olía algo desde aquel primer encuentro en Lou Pascalou, ha generado dentro de mí—. Aquí, todo el mundo arrima el hombro, ¿de acuerdo? No voy a tolerar traseros aposentados en el sofá ni sombras remoloneando por los rincones, para eso ya tengo a Jonás. Además, no cuentes con videoconsolas ni canales de pago en la televisión ni con la televisión misma, porque no tengo. Si te aburres, te pongo a trabajar en los establos con el rastrillo, pero tienes que buscarte algo que hacer.
Prosigo, echándole en cara que me importa poco que sean sus vacaciones de verano después de catorce años estudiando. Conforme hablo, recuerdo cómo me opuse yo con su edad a los deseos de mi padre, cómo me largué de casa con una mochila para viajar sin destino durante un año solo para molestarle. Y su burbuja crece. Crece cuanto más crece mi hostilidad. Yo pensaba que la llevaba siempre puesta y en ristre. Estoy comprendiendo que no, que la niña la había bajado en la buhardilla, en la granja, y que yo estoy siendo el capullo oficial que la ha hecho levantarla de nuevo. Se escuda tras ella. Su rostro se torna indiferente, como aquel día en el bar cuando apareció en el despacho tras la pelea con la chica, y toda emoción se esfuma, la esconde, la engulle. Ella se retrae, pero su espalda sigue tiesa. Solo los tendones en su largo cuello, que se tensan al tragar, me indican que por dentro está sufriendo.
Me convenzo de que es mejor así. Que no se piense que está aquí de vacaciones indefinidas. Entonces, cuando sus ojos se agrandan, hasta el punto de que sus pestañas negras rozan sus cejas y se desvían a lo alto de mi cabeza, me detengo. Voy a seguir la dirección de su mirada cuando algo me cae sobre la cabeza, me araña el cuero cabelludo, baja a mi cara emitiendo un quejido y abandona mi rostro antes de que pueda tratar yo mismo de quitármelo.
Me restriego la cara, entre confundido y enfadado.
—¡¿Qué coño es eso?! —bramo, pasándome los dedos por la cara. Cortes y sangre. La observo en mis yemas, más alucinado que enfadado. ¿Qué maldita cosa me ha atacado en el interior de una buhardilla?
—Lo siento, Alex. Lo siento tanto. ¿Estás bien? Te dije que no te pusieras ahí, a Esmeralda le ha gustado la estantería y no quiere moverse. Creo que ya la considera su hogar.
Cuando la niña intenta acercarse para ver los cortes, la aparto, y el gesto hace que deje de decir sandeces sobre los gustos de su mascota, porque no me gusta que me toquen y porque… porque se está riendo. ¿Qué cojones? Incluso intentando disimular, es evidente. Su cara está roja y su pecho se está sacudiendo en espasmos, que trata de reprimir. Y el gato, que se ha sentado tranquilamente en la cama junto a ella, como si no hubiera hecho nada. Son igualitas. Una mezcla entre persa y siberiano con el pelaje marrón atigrado y los ojos azules, igual de vacíos que la dueña. En el tiempo en que contemplo a la bestia moviendo la cola, la cría no aguanta más y se le escapa la risa, aunque la contiene al momento. Sus esfuerzos por controlarla me ponen de peor humor, porque indica que es compasiva y yo no quiero su compasión. No quiero que sea noble. Quiero que sea caprichosa, histriónica, y rebelde, como debería serlo una adolescente. Los putos cortes escuecen, acabo de desperdiciar cuatro horas talando troncos, sin aprovechar las horas de luz, para no soltar toda mi ira contra ella y ella se ríe en mi cara mientras me molesto en explicarle el funcionamiento de su nuevo hogar. Uno gratuito. Soy de mecha corta, así que, cuando la llama llega al destino, no la detengo.
—¿El gato es tuyo?
Consigue dejar de reír al notar mi tono mortuorio.
—Sí. Es una gata. Se llama Esmeralda.
—Me da igual cómo se llame. No puede quedarse aquí. No admito bestias en mi casa y en el exterior se la merendará Voldemort. Así que ya le puedes buscar otro lugar. La de tu madre, por ejemplo.
En cuanto nombro a su madre, la burbuja cae y muestra vulnerabilidad.
—Mi madre la odia.
—Fíjate, como yo.
—Pero tú eres veterinario. Te gustan los animales.
—Soy veterinario, no una puta ONG que va recogiendo vagabundos. Ya tengo bastante con una. La gata no se queda. Y punto.
Abre la boca para hablar, pero le advierto que no prosiga con la más amenazante de mis expresiones, y la cierra, contrariada, hermética y altiva. Es lo suficientemente lista para comprender que no solo hablo de la gata. También es lo bastante orgullosa para acusar mi insulto y apartar la cara sin pronunciar una sola palabra, cosa que me va bien. Más que bien. Va a resultar que tiene algo más que azúcar en las venas.
Conforme desciendo trotando por las escaleras, me siento mal. Si Ryan viera cómo acabo de tratar a su hermana, la que supuestamente sufre abusos de su madre y a la que ha traído a lo que él considera un reducto seguro para que se encuentre a sí misma, me da de hostias. Yo quiero darme de hostias. En unos pocos minutos, he intentado echarla del lugar, la he acusado de promiscua, holgazana, y le he prohibido tener a su mascota en la casa, de malas maneras y sin dar opción al diálogo. ¿Qué coño me pasa con ella? Al fin y al cabo, es solo una cría de diecisiete años.
«Alex, joder, que le sacas ocho años».
Tiene derecho a vaguear cuanto quiera y a tener un puto gato con ella. Puede tomarse un tiempo para reflexionar sobre la vida y esta granja es, sin dudarlo, el mejor lugar para ello. Por eso la compré. Una cosa es saberlo en el interior lógico de mi cabeza y otra cosa es toda la mierda que me ha salido cuando la he tenido de frente.
—¡Jonás!
Salgo al exterior y sigo gritando el nombre de mi capataz, sin darme cuenta de que son las nueve de la noche y que el hombre no trabaja a estas horas. Aun así, aparece, respondiendo a mis gritos, llamándome patrón y subiéndose unos pantalones de pana con los que tropieza continuamente antes de conseguir abrochárselos. Tan metido me encuentro en el interior de mi torbellino rabioso que ni siquiera me fijo del lugar del que sale.
—Jonás, busque la cama para gatos del desván, lávela y llévela a la buhardilla. Ahora. Y una copia de todas las llaves de la granja, de paso. No me sale de los cojones que la niña esté molestándome cada vez que quiera entrar y salir.
—Sí, patrón.
El hombre desaparece, corriendo y encorvado, a hacer lo que he ordenado y yo me siento doblemente culpable, aunque algo más apaciguado. Parte de la rabia se ha diluido en la buena acción o, al menos, espero que la niña la vea así, como una mano tendida por lo imbécil que he sido ahí arriba. Porque, si lo miras desde su perspectiva, puede que tenga algo de gracia que un gato te defienda cuando un imbécil te está atacando.
No he cenado, pero igualmente me sirvo un ron en un vaso ancho y me siento en la mecedora del porche a celebrar solo mi veintiséis cumpleaños. Miro al cielo y brindo con esa persona que está ahí y que tendría que estar celebrándolo aquí, conmigo, a pesar de que nunca lo ha hecho, cagándome en mi mejor amigo por el regalito de cumpleaños que me ha dejado.
4
Ni por las piernas de Pávlova
BRIANA
El día que me notificaron que iba a dar el discurso de graduación me acerqué al despacho de mi profesor de filosofía e irrumpí en él con la cara desencajada.
—¿Qué voy a decir? ¡Yo no sirvo para motivar ni dar sabios consejos!
Salir elegida por mis compañeros había sido una sorpresa. No soy la persona más sociable del mundo y, aun así, me eligieron. Yo, que estaba deseando terminar con la tortura que suponían los estudios y ni por las piernas de Pávlova iba a prolongarla a la universidad. ¿Cómo iba yo a dar el discurso final? Tal como yo veía las cosas, mis palabras, más que animar, iban a provocar que todos terminaran cortándose las venas en el campus del instituto.
El profesor de filosofía me observó, serio. Era un hombre joven y meditabundo que se preocupaba por sus alumnos. Lo único malo es que a veces le daba por hablar como Joda, sin ser del revés, pero con acertijos.
—Todos tenemos un sueño que hemos pospuesto hasta salir del colegio. Persigue el tuyo y tendrás tu discurso —me aconsejó.
Mi único sueño era dejar de compartir el techo con mi progenitora. Dudaba que cualquiera de mis compañeros compartiera ese sueño.
Al final, les hablé sobre aprovechar el momento y disfrutar lo que se tiene porque nos puede ser arrebatado de un día para otro, porque de eso sí sabía. Sabía mucho. No sé si motivé o si fue el peor discurso de la historia del colegio, pero, al menos, tenía la certeza de que era verdad. Cada palabra.
El profesor de filosofía no me felicitó, aunque tampoco me dio el pésame, solo me observó con cara rara. Entonces, como si el destino quisiera darle la razón, llegó Ryan, para cumplir mi único deseo.
Y aquí estoy.
A las siete de la mañana decido que ya me puedo levantar. A pesar de que he dormido poco y a trompicones, me siento bien, con energía y animada. La ventana abierta deja entrar la luz tenue del amanecer y el trino de los pájaros que tienen sus nidos en el tejado. Escucho a Jonás gruñendo, al perro ladrando y un montón de cencerros yendo de un lado para otro, y sonrío. Sonrío a pesar de la discusión con Alex ayer. Cualquiera se duerme después de eso.
Esmeralda me acompaña al piso de abajo, oteando por cada esquina y sin despegarse de mis tobillos.
—Tranquila, Esme. Si nos encontramos al patrón, yo me encargo de él.
Alex puede enrabietarse todo lo que quiera, que ya ha dicho que sí. Firmó su sentencia al ver la maleta y, aun así, invitarnos a entrar.
Y yo estoy acostumbrada a vivir en espacios donde no se me quiere y sin ponerme a lloriquear por ello. Nunca lo he hecho y eso que he tenido motivos. No voy a empezar ahora.
Me ducho y me visto con unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, antes de subir de nuevo hacia la buhardilla para coger mi mochila. Al volver a salir cierro bien las ventanas y dejo a Esmeralda dentro, prometiéndole que será solo por hoy. Antes de bajar, mi mirada cae sobre la cama para gatos que me trajo anoche Jonás por orden del patrón y desciendo a la planta baja riendo por dentro. Va a tener razón Ryan y su novio, tras la explosión, se vuelve purpurina.
En cuanto escucho ruido en la cocina, mis pasos se ralentizan y me acerco con precaución, preguntándome cómo habrá amanecido el jefe.
—Pasa, chica, pasa, que no muerdo. No soy como mi sobrino. —Me relajo y termino de entrar. Allí me encuentro con una mujer de unos cincuenta años que se presenta como Madame Brant, la tía de Alex.
Sin saber muy bien cómo, me encuentro sentada en la mesa con un café delante, mientras que la mujer me mira con un gesto amigable bajo el que fluctúa la desconfianza. La noto porque he vivido con ella durante años. Respondo distraída, tratando de calcular cuánto tardaré en llegar a la estación de tren. Como no quiero llegar tarde, aparto la taza y me levanto, haciendo ruido con la silla sin querer.
—Madame Brant…
—No me llames Madame, me hace mayor. Mejor, Pauline. O tía. No serías la primera. Tengo un hijastro, hijo de mi difunto marido. ¡Qué mal suena «hijastro»! ¡Y «madrastra»! ¡Peor que «madame»! Yo a él le llamo sobrino y él a mí, tía.
—Pauline. —No me sale del alma llamarla «tía»—. ¿Sabe cómo llegar a la estación?
Ya sé cómo llegar, pero necesito cortar ese monólogo absurdo.
—Dile a Alex que te lleve.
Enmudezco.
¡Menuda solución! Quiero llegar a la estación, no que me lancen al pantano con una piedra colgando del tobillo.
—Puedo ir yo sola. Además, no quiero molestarle.
—¡Aleeex!
Me encojo al escucharla gritar. Y nada más que a él.
—No hace falta —intento frenarla. No quiero causarle más inconvenientes y que vuelva a enfadarse. En realidad, me alegré de que ayer soltara todo lo que sentía. Y que no tuviera delicadeza para decírmelo a la cara. Mi madre también suelta las cosas a la cara, pero sus palabras son afiladas y con el propósito de herir. Alex, ayer, solo sacó su frustración ante una situación inesperada, cosa que me alivió. Hablar claro. Fue como si entendiéramos el mismo idioma.
Pero de ahí a que esté deseando un nuevo enfrentamiento hay un largo camino por recorrer.
—Pauline, de verdad que no hace falta…
—No te preocupes, chica, Alex ya baja.
Y dale con el «chica».
¿Qué le pasa a esta familia?
—Ya, por eso…
—¡Alex!
En cuanto escucho los pasos pesados que, efectivamente, le anuncian, tomo una decisión. Cojo una manzana del frutero y, mientras la meto en la mochila, me despido veloz de la mujer.
—¿Sabe qué, Madame Brant? Que mejor me voy ya. ¡Adiós!
—¡Llámame Pauline! —me grita desde la cocina, que ya he dejado atrás.
Porque estaré acostumbrada a ser el «error» de una persona, pero serlo de dos no sé si podría soportarlo.
—Price.
Al oír mi apellido, siento deseos de seguir andando e ignorarle, porque me parece que lo usa para provocarme. Suspiro y, tras unos segundos de duda, me detengo, porque no soy una maleducada. Cuando me giro, le veo terminar de bajar los últimos escalones. Va bajándose la camiseta. Llega hasta mi posición con las puntas del pelo mojado y soltando gotas que absorbe la tela blanca. También tiene el ceño fruncido.
—¿Adónde vas?
—He quedado.
—¿Con quién?
—Con un amigo. —El silencio se alarga más tiempo del necesario, así que, al final, cedo con un suspiro—. Se llama Dimitri y tiene mi edad. Si quieres, te escribo su número de teléfono, su dirección, y número de pasaporte.
—No hace falta. Te creo.
Vaya, superhonor. Las ganas de matarle pasan a un segundo plano cuando un manojo de llaves cae en mi mano.
—Ya me dio Jonás las llaves de la granja. —Junto con la cama de gato, la cual no hace falta porque Esme duerme conmigo o sobre el alféizar, según le apetezca, pero no le digo nada. Decidí aceptar la dichosa cama de gatos, aunque después de la nochecita que he pasado, lo único que me apetece es ponérsela de sombrero.
—Para que veas que no soy un imbécil todo el tiempo, ahí tienes. Son las llaves del Range Rover. ¿Sabes conducir coches grandes?
Le observo con cautela, pero no parece que se esté quedando conmigo.
—Ni grandes ni pequeños. No sé conducir. Tengo diecisiete, ¿recuerdas?
Se las devuelvo y las coge todavía más confundido que yo al dármelas. No, confundido no. Parece recién aterrizado en una pesadilla.
—Mierda. Cierto. Vale. —Manos por el pelo, puntas que gotean y suspiro—. ¿Moto, entonces?
—A Ry no le gustan las motos. —«Eres su novio. Deberías saberlo»—. Dice que son peligrosas.
—Lo son, lo son, por supuesto. Bien. Entonces… ¿bici? —prueba, esperanzado, aunque se nota que está empezando a desesperarse. A mí, no sé por qué, me dan ganas de reírme al presenciar su mal rato, sin embargo, logro contenerme.
—¿Sabes qué, Alex? Voy a ir en tren, si no te importa.
Odio el titubeo en mi última frase y sentirme obligada a soltarla, como si necesitara permiso para tomar mis decisiones, pero tantos años junto a mi madre, pesan.
—¿En tren? —Me mira como si le hablara de una nave espacial.
—Sí. —¿Soy la única a la que esta conversación le parece que tiene trampa?—. Se llama RER B y llega hasta París, aunque hoy me detendré en Bures-sur-Yvette.
Su expresión recelosa y sus brazos cruzados me indican que no me pase de lista.
—¿Y qué hay en Bures-sur-Yvette, si puede saberse? —Supongo que se percata de mi incomodidad, pero no recula—. Chica, no te lo pregunto por jorobar. Comprenderás que ahora estás a mi cargo y necesito saber ciertas cosas, como, por ejemplo, dónde estudias y a qué hora debo empezar a preocuparme si un día no llegas.
—Yo no estudio, y por lo otro no te preocupes, yo… —Me callo en cuanto alza la ceja. Enseguida comprendo que la cosa va a ser así diga lo que yo diga, por lo que me limito a contestarle tras un suspiro suave. En realidad, tiene razón—. Doy clases a niñas pequeñas.
—¿Clases?
—Sí. De ballet clásico.
—Ballet —repite. Observa mi ropa juvenil y mis zapatillas pintadas—. No tienes pinta de profesora de ballet.
No se lo cree. Pues que le den. Salvo que… me molesta. Mucho. Tanto, como que me llame «chica». Casi prefiero que me llame por mi apellido, a pesar de que me recuerda a mi padre y que él no lo pronuncia con el mismo asco que mi madre.
—Pues lo soy. Doy clases a cursos inferiores para ayudar y aprender. Me gusta mucho, en realidad. También estudio con una beca en el Conservatorio de Danza de París. Solo se la otorgan a las jóvenes promesas. Mi profesora consideró que yo era capaz de dar clase, y no la he defraudado, aunque si lo dudas, puedo ponerte en contacto con ella.
—No hace falta. No dudaba de ti, es solo que eres muy joven. Yo con tu edad no sabía ni dónde tenía el brazo izquierdo, mucho menos, lo que me gustaba.
Asiento, sin saber muy bien de dónde ha venido mi arrebato, porque yo soy más comedida que agresiva. Supongo que todavía tengo muy fresco el que le preguntase a mi hermano si yo era autista solo porque soy tímida.
Me muerdo el labio y recoloco la bolsa sobre mi hombro.
—Vale. Perdona por haberme puesto así. En realidad, creo que la profesora me ofreció las clases porque conoce la situación con mi madre y que me paseaba por los muelles para retrasar el momento de llegar a casa. Nada más. Yo no quería entrar al Conservatorio, pero Madame Le Swann, mi profesora, me obligó para no cerrarme puertas, aunque en realidad no sé si quiero.
Demasiada información. Lo veo en la forma en que se agobia y recula, despeinándose, tras la enorme confesión que no he hecho ni a mi hermano. Creo que ni siquiera yo lo sabía, y menos idea aún de por qué ha salido ahora.
—Vale, bueno, tú haces tu vida como quieres. A mí solo infórmame de lo necesario, ¿de acuerdo?
«Entonces, ¿para qué preguntas?»
Salgo disparada de allí, más dolida que otra cosa, preguntándome qué demonios le pasa al gilipollas del novio de mi hermano para tratarme a ratos bien y a ratos como si procediera de una cloaca. Tiende una mano y, cuando voy a cogerla, la quita. Eso es lo que hace. Me pone enferma.
Dos días después ya me he hecho a la granja. Es viernes y regreso tras pasarme todo el día dando clase, por lo que estoy de buen humor. Además, he hecho un amigo, el dueño del castillo, Adrien. Caminaba esa mañana por la carretera del pantano cuando pasó junto a mí y me lanzó polvo con la moto. Antes de empezar a maldecirle frenó y retrocedió, disculpándose primero y presentándose a continuación. Me ofreció dejarme en el aparcamiento de la estación cuando supo adónde iba. Como se trataba de un kilómetro como mucho, acepté. Además, hacía calor.
—¿No te importa? —le pregunté.
—Para nada. Sube. Lo que sea por molestar a los locos del pueblo.
Me hizo gracia.
Tras descender de la moto en la estación, me guiñó un ojo y se fue.
Encuentro la casa vacía cuando doy cuatro vueltas con mi llave y traspaso el portón azul, lo que al principio me parece maravilloso, pero cuando horas después oscurece y el silencio cae sobre la enorme mansión, se me hace extraño. Intento hacerme algo de cena, encender algunas luces e, incluso, tararear bajito, con Esmeralda siguiendo mi estela. Mis ojos se desvían continuamente hacia la ventana y el camino de entrada. En esta granja viven varias personas y ya las conozco a todas: Pauline, la tía de Alex; Jonás, el encargado, de procedencia indefinida y que habla francés a ratos, tiene cuatro dedos en una mano, y está obsesionado con los caballitos de mar; Pascal, el «verdadero» capataz, aunque él tiene una casa en el pueblo y la familia Shuler al completo, que viven en una construcción aparte con sus cinco hijos. Se podría decir que en este lugar nunca se puede estar solo, pero hoy lo estoy. ¿Dónde están todos?
Cojo el móvil, dándome cuenta al momento de que no tengo el teléfono de Alex ni de Pauline. Todavía no sabía que de nada hubiera servido, porque Alex, los fines de semana, se olvida de absolutamente todo lo que no sea la cumbre que tiene delante. Siento molestar a Jonás, pero cuando la tía de Alex tampoco me abre la puerta, llamo a la suya y, entre gruñidos y con una vocalización que me cuesta entender, me explica que Pauline se ha ido a París y Alex a escalar, y que ninguno volverá.
—¿Y los demás trabajadores?
—Casa. Familia.
«Vale. Estás sola, Briana».
Incluso la familia Shuler ha salido de acampada. No le insisto más y le dejo junto a su botella de licor. Para mi sorpresa, veo que la coge por el cuello, la vuelca y, al no caer ni gota, la lanza sobre el sofá y sale dando un portazo y hablando de no sé qué de un tal Ludovic. De modo que le veo abandonar la granja, dejándome completamente sola en el lugar.
Tras otra noche en vela (y ya van tres) y llegar a clase y no hacer bien ni un plié, Dimitri trató de sonsacarme qué me pasaba. Conseguí mantenerme callada. Me daba vergüenza confesar que estaba así por haber dormido sola, porque no he encontrado comida por ninguna parte, porque… porque soy una inmadura, la verdad. Una casa entera para mí y yo me encierro en la buhardilla con la manta hasta la barbilla, imaginando sonidos raros. Para matarme.
Al final, desistió. Pero cuando me propuso dar un paseo por el barrio de Saint-Michel, acepté como agua de Lourdes, de modo que pasamos el día entero vagando por las calles de París y deteniéndonos con los bailarines callejeros, antes de terminar con los pies desnudos colgando del Pont Neuf. Cuando me dijo de ir a su casa a cenar acepté, a pesar de que no me gusta demasiado. La situación en casa de Dimitri es lo que a mí me parece ideal. Es el hijo mayor de unos padres que se han desvivido toda la vida por él, hasta el punto de viajar al extranjero para que mi amigo pueda ver realizado su sueño de ser bailarín. Si tienen que trabajar fregando suelos, lo hacen. Si tienen que doblar horas en la caja del supermercado, lo hacen, con tal de poder pagarle las clases. Lo que deja a Dimitri habitualmente solo en casa. Jamás se ha quejado, no como yo. A pesar de que nunca he hablado de mi situación con él ni con sus padres, algo deben de intuir, porque un día me sentaron en su sofá e insistieron para que viviese con ellos. Lo rechacé porque no quería añadir más carga económica a sus espaldas. Dimitri tardó en perdonar mi negativa, pero lo hizo. Mi amigo no se relame en el rencor, está demasiado ocupado disfrutando de la vida, y yo adoro eso de él. Por eso, cuando noto que me observa, pensativo, me gusta fingir felicidad y hablarle bien de la granja y de Alex, por mucho que ahora sea yo quien quiera atarle una piedra al tobillo y lanzarle al Sena.
Así que, ese mismo domingo tras la cena, cuando llego a la granja, es noche cerrada. En cuanto atravieso la cancela, veo luces en el piso inferior, oigo revuelo y gritos, lo que me alivia y complace. Hasta que los gritos se elevan e identifico al ser que los emite. Me acerco con cuidado y curiosidad. Me deshago de las zapatillas en el zaguán, cuelgo las llaves del gancho y deposito distraída mi mochila en el primer escalón, antes de ir en dirección a la trifulca, a la que se ha unido la que reconozco como la voz de Pauline.
—No seas tan gruñón, Alex, no te pega. ¿No ves que esto ha sido cosa de la chica? Ningún miembro de la granja se atrevería a hacer algo así.
—Palomita.
Esto último es aportación de Jonás, a quien, efectivamente, encuentro junto a Pauline. Ambos están rodeando a un Alex furibundo que contempla el suelo con la piel del cuello roja y los ojos brillantes. Me detengo detrás de ellos, pero cuando comprendo que el motivo de la disputa son las cajas que yo pedí, se me aprieta ligeramente el estómago.
—Hola. —Me fuerzo a dar a conocer mi llegada, a pesar de que prefiero mil veces esconderme en mi buhardilla y desaparecer. Tendría que haberlo hecho.
Al escuchar mi voz, Alex levanta la cabeza, como un rinoceronte dispuesto a atacar.
—¡Por fin apareces! ¿Dónde demonios estabas? —«¿Dónde estaba yo? ¡¿Dónde estaba yo?!» ¡Huevos de avestruz es lo que tiene este hombre entre las piernas! ¿En serio me está preguntando eso después de haberme dejado sola durante dos días?—. Acércate, Price, a ver si tú consigues explicar qué son estas malditas cajas del supermercado. Frutas y verduras de supermercado. ¿Son tuyas?
El estómago se me aprieta un poco más cuando las señala y me clava dos ojos inquisitivos.
—Sí —me obligo a contestar.
¿Y ahora qué he hecho? ¿Haré algo bien con esta gente?
—¿Son malditamente tuyas? Las frutas y verduras con maldita etiqueta que has hecho traer del maldito supermercado ¿Son tuyas? ¿No conoces nada sobre las granjas o es que ni siquiera has intentado informarte al venir a vivir a una? Porque…
Su tono beligerante y las expresiones de lástima de Pauline y Jonás se unen para tocar una fibra interior que conozco demasiado bien. Noto el origen de un calor abrasador en el centro del estómago, y cómo se me va propagando por el resto del cuerpo hasta englobar mi cara. Y de pronto, ocurre. De nuevo. Mi corazón late a cien, retumba en mis oídos y en mis miembros, dejándome paralizada. Solo puedo concentrarme en respirar mientras Alex continúa. Eso es lo que hago. Aguanto el chaparrón con mi pose más estoica, pero por dentro tiemblo. Me siento como tantas y tantas veces cuando mi madre me reñía y su ira se retroalimenta conforme se escucha ella misma y me obligaba a permanecer quieta en mi sitio, a la escucha, esperando. Rígida y esperando. Haciendo la escalera de los números de adelante a atrás y esperando. Recitando la tabla de multiplicar y esperando. Con la intención de que mi mente no se desborde en cuanto llega el bofetón final. Porque llega, vaya si llega. Siempre lo hace. Y el dolor. No el físico, sino el que apuñala el corazón. Un corazón que sana, porque si no, ¿cómo es posible que cada vez duela más? Así que ahí me quedo, sin saber responder ni hablar, alejándome poco a poco hacia las sumas de números, la serie de números primos, el valor de Pi y las raíces cuadradas, mientras que Alex continúa hablando de un problema que yo no veo. Pedí las cajas de comida el sábado por la mañana antes de irme, porque encontré la cocina vacía. Pensaba que les hacía un favor. Pensaba que…
Trastabillo cuando la mano de Alex, agarrando la mía, me obliga a moverme y caminar tras él. Su tía le increpa, pero él no le hace caso, y juntos nos adentramos en el calor de la noche. Alex ha dejado de hablar, solo camina conmigo a rastras. Quiero explicarle que voy descalza y mil cosas más que solo tienen forma en mi cabeza, como que aquí el que se largó sin decir nada y sin dejar una mísera nota, fue él. Ni siquiera lo intento porque sé que mi boca no participará en la labor de abrirse y hablar.
Así que solo me dejo llevar.

COMIENZA A LEER TODOS LOS SALTOS DEL MUNDO (SERIE PARÍS 1)
1
Los Leblanc no pisan el pueblo
Conduzco como en un rally, sin despegar el pie del acelerador. Estas carreteras serpenteantes que atraviesan la Vallée de Chevreuse son ideales para ello. Siento el viento azotar mi cabello y el olor a hierbas de montaña, lo cual me hace sentir bien; más que bien. En la radio suena À la campagne, de Bènabar. De pronto un sonido se eleva por encima del rugido del motor, cortando la música, y bajo ligeramente mis gafas de sol para ver quién me llama.
Florence.
―¡Hola, hermanita! Me estoy mudando a un castillo ―le explico al manos libres.
―¿Dónde estás? He ido a tu casa y me han dicho que ya no vives allí. Maldita Gárgola. Casi saco los colmillos y me la como, aunque luego me envenene.
La Gárgola era mi compañera de piso hasta hace exactamente doce horas.
―No llames así a… a…
Diantres, ni siquiera conozco su nombre real. La llamamos así porque va encorvada, los brazos le llegan al suelo y tiene cuernos. Bueno, no tiene cuernos, pero de su boca solo salen cosas malas, como de los desagües. Además, te mira con unos ojos saltones que dan mucho miedo.
―Ha dicho que eres una ladrona y que tienes el síndrome de Diógenes. La llamaré como quiera.
Alucino. ¡Si somos las mejores amigas! Más que eso, porque nos cuidamos mutuamente. Fue la primera persona a la que llamé cuando se me pinchó una rueda del coche; siempre baja a comprarme las pastillas mágicas para el dolor de regla, y no le importa compartir sus cereales conmigo. Ahora que lo pienso, tal vez la relación sí fue un poco unidireccional.
Me muerdo el labio.
―¿Eso ha dicho?
―Sí. Y luego, que te ha echado, aunque no me lo he creído.
Ahogo una exclamación. Como pille a… a…
―De eso nada. Me he ido yo.
―Eso le he contestado yo. ¿Qué ha pasado?
Porras, me he perdido. Con la llamada, se me ha desactivado el GPS y no logro recuperarlo.
―No tengo tiempo para contártelo ahora, pero te resumo: ¿te acuerdas de que anoche os pregunté si creíais que la Torre Eiffel se quedaba encendida por la noche? Fue en el chat, ¿te acuerdas? Pues resulta que sí. Fui a mirar. Pero no me di cuenta de que llovía y…
―No me digas que saliste de casa para comprobarlo a las doce de la noche. ¿No se te ocurrió buscar en Google?
―No. Ni que San Google retransmitiera en directo. ―Qué tontería de pregunta―. Sigo. Como te decía, fui, y al volver, sonó un trueno, así que decidí acortar por el cementerio de Passy, para no dar toda la vuelta, pero como estaba cerrado tuve que saltar la verja. Total, que había un vigilante y tuve que esconderme. ¿Tú sabías que había vigilancia? Estuve ahí dos horas, Flo, hasta que el buen hombre se alejó de la zona. Y me empapé, claro. Con barro y todo. No encontré ni un solo mausoleo donde meterme. ¡Y eso que tiene ochocientos treinta y siete!
Escucho un bufido a través del aparato.
―Solo a ti se te ocurre buscar un mausoleo para guarecerte en mitad de la noche. Pero ¿por eso te echó tu compañera de piso?
―No. Sigo. Total, que llegué a casa a las cinco de la madrugada, empapada, embarrada, y con mucho frío. Y pensé que me vendría bien una ducha. Me metí en el baño, y me lavé la cabeza con el champú de la Gárgola…
―¿Se te había acabado el tuyo?
―No. Pero es que el suyo me olió muy bien. Tiene una mezcla entre… Total, que me lo puse, y ya que tenía en las manos, pues me puse también en el cuerpo. Y no hubiera pasado nada si no fuera porque me he despertado rubia. Por cierto, ¿tú sabías que en la farmacia Saint Honoré elaboran fórmulas magistrales de champús? ¿Y que existen champús específicos para rubias? Y como me lo puse también en el cuerpo, pues imagínate cómo ha quedado la cosa ahí abajo.
―Pero si te hiciste el láser hace años.
―Ya, pero ahí me dejé un trocito; para adornar la bodega, más que nada. ¿No te lo he enseñado? ―Estoy entrando en un pueblo que no sé cómo se llama, así que reduzco la velocidad mientras me fijo en el entorno―. De todos modos, era demasiado tiquismiquis con sus cosas, Florence. Mejor así.
―La verdad es que tenía muy poca paciencia contigo. Mala Gárgola.
―Eso es. ―Espera, ¿lo ha dicho con retintín? ¿A qué se ha referido? Voy a preguntárselo, pero me despisto. Me hallo en un pueblo muy bonito, con sus calles empedradas y las casas pegadas unas a otras, los balcones llenos de flores. Los comercios lucen sus nombres en carteles de madera con letra de imprenta, y han sacado el género a la acera. Localizo una frutería, por lo que detengo el coche en un bordillo. Activo el cierre automático y me adentro en el establecimiento mientras reanudo la conversación con mi hermana―. Así que me mudo.
―O sea, otro cambio de aires de los tuyos ―resume.
―Algo así. Ah, y lo he dejado con Dan.
―¿Dan? ¿No se llamaba Trent?
―¿Ves como no me escuchas? Con Trent corté hace mil años. Por cierto, tengo que colgar, que estoy llegando.
―Al castillo.
―Al castillo. ¿Por qué estás tan a la defensiva?
―Porque sé que te vas a perder por el primer pasillo que encuentres: tu orientación da pena. ―No puedo rebatir eso. Me quedo pensando en si el dueño tendrá un mapa mientras ella continúa―: Llámame en cuanto estés allí, ¿vale? ¿Llevas el móvil?
―Lo tengo en la oreja.
―Bien, bien. Y, por cierto, con Trent salías en noviembre, así que no hace tanto.
Colgamos. La pobre tiene sus razones para preguntar. En un año y medio, he pasado por tres pisos compartidos y cuatro novios. ¿Novios? Eso era lo que decían ellos; vamos, que a mí tampoco es que me importara la etiqueta que le pusieran.
Cuando llega mi turno, deposito una manzana en el mostrador y pregunto cómo llegar al castillo. El tendero pone mala cara.
―¿Solo una?
―Pues sí. Solo una. ―Me dan ganas de decirle que, si no es más amable, no me llevaré ni una. Pero tengo antojo de manzana―. ¿El castillo, por favor?
―Aquí no tenemos castillo.
Estoy a punto de meterle la manzana en la boca, como a los cochinillos, pero su mujer lo salva. Sé que es su mujer porque se nota. Forman uno de esos matrimonios que, de tanto tiempo juntos, se parecen hasta en el físico. Nariz redonda, mofletes redondos, barriga redonda. Parece mentira que vendan frutas y verduras.
―François, la muchacha pregunta por el antiguo castillo de Coubertin, el que linda con la granja de Alexandre Brant y la abadía de Souternes. ―Luego me explica, con una creciente acritud que me cuesta comprender―: Antes sí era un castillo. Antes todo era esplendor y cortinajes y muebles de estilo antiguo. Ahora no es más que un pantano debajo de una estructura que se cae a pedazos. Lo único que se mantiene en pie son los muros, esos sí que no los derriban, no vaya a ser que se cuelen las visitas guiadas; como si hubiera algo que mirar allí, ¿verdad, François? Pero ese desagradable de Leblanc lo ha dejado morir todo. Ahora solo sirve para que los niños del pueblo jueguen a la Casa del Terror.
De la parrafada que, con toda su buena intención, me ha lanzado la mujer, solo me quedo con una cosa. ¿Quién es Leblanc?
Me meto en el coche con la manzana y tardo un momento en arrancar. «Estructura que se cae a pedazos», «Casa del Terror». Madame Foscolo, ¿dónde me has metido?
Al final, con toda la milonga del castillo y su antiguo esplendor, se les ha olvidado explicarme cómo llegar, pero entonces, a pocos metros, veo una pastelería. Aparco justo en la puerta.
Guardo mis pertenencias en el bolso y salgo del coche. Entrar en esta pastelería es como dar un salto en el tiempo y retroceder cien años. O no; tal vez sea lo más acorde al pueblo. Quizá por eso está a rebosar. En este momento todavía no sé que es el principal punto de reunión, donde se toman las decisiones más importantes, y que el edificio del ayuntamiento solo está de adorno, pero estoy a punto de averiguarlo.
Hay una chica tras el mostrador y varias personas delante de mí, por lo que me sitúo a la cola y aguardo mi turno, sin prestar atención al debate que se desarrolla en el fondo del local, donde las mesitas de madera y sillas con cojines de colores. Disfruto del aroma a café, azúcar tostado y canela que impregna estas cuatro paredes y de su atmósfera cálida. A mí, en condiciones normales, no me cuesta mucho abstraerme, pero este lugar irradia un encanto especial.
Al cabo de un rato, la camarera prepara mi pedido.
―¿Vas a vivir en el castillo? ―me pregunta una voz huraña a mi lado. Despego la vista del móvil y la clavo en una anciana con gafas que se ha apostado junto a mí, teléfono en mano. A sus pies descansa una cesta de la que sobresalen agujas que parecen espadas. ¿Cómo lo ha sabido?―. Me lo acaba de contar la cartera, a quien se lo ha contado la hija del pescadero, que estaba comprando en la frutería de François mientras hablabas con su mujer.
Guardo el móvil y sonrío, un tanto sorprendida por el despliegue de información, digno de un canal de periodismo. Sin embargo, cuando voy a hablar, se me adelanta la dependienta:
―Madame Roche, sea agradable, por favor. Castillo o no, es una clienta de la pastelería.
―Paparruchas. Seré agradable con quien me dé la gana, niña. ¿Entonces? ¿Es cierto? ¿Vas a vivir en el castillo?
Eso espero.
―Sí, señora. Voy a vivir en el castillo. Por cierto, ¿podría indicarme cómo llegar a él?
Es la dependienta quien termina dándome las indicaciones. Entonces, apoyo un codo en el mostrador y decido seguir investigando.
―A propósito, me han comentado que lo construyeron en el siglo xvii.
―En el xvii o xviii ―me informa la anciana, porque, claro, qué más da siglo arriba o siglo abajo. ¡Solo se trata de cien años! Luego me mira por encima de unas gafas de cristales sucísimos. No me extraña que tenga que agachar la cabeza para ver el mundo por encima―. Por cierto, guapa, ¿qué tal te llevas con las cerillas?
Con el tema de las lentes, paso por alto la pregunta, y tiene que formularla dos veces.
―Normal, supongo. ―No tenía ni idea de que te podías llevar mal con unas cerillas. Qué tela―. ¿Por?
―Pues llévate muchas y prepárate para usarlas, porque tendrás que cocinar en un artilugio antiguo de esos en los que tienes que levantar el fuego para meter leña.
Oh. Sé a lo que se refiere: se llama cocina económica. Me encantan, y tengo que disimular mi entusiasmo al saber que voy a vérmelas con una de ellas. Creo que voy a disfrutarlo de lo lindo. Adoro las antigüedades.
―Sí, es lo que suele pasar en los castillos ―comento con la voz tomada por la emoción. Me incorporo y me dirijo a la dependienta―: Entonces, ¿no has estado allí?
―Claro que he estado. Adrien es muy amigo mío. ¿Vas a vivir con él?
Espera confirmación, pero la anciana nos interrumpe.
―Los habitantes del castillo nunca pisan el pueblo.
Enarco las cejas. Solo le ha faltado escupir al suelo. La dependienta golpea el mostrador con la mano que sostenía mi bolsa de croasanes.
―Claro que no quieren pisarlo, Madame Roche; suficiente tienen con su mierda para llevarse la nuestra. Mire, ya ha quedado libre su mesa de siempre. Vaya rápido, no se la vayan a quitar, que sus amigas están al caer. ―La tal Madame Roche camina a una velocidad pasmosa para su edad. Cuando está a unos pasos, la dependienta murmura―: A caerse muertas, claro; menudas reliquias.
Me hace gracia su comentario. Voy a preguntarle por esa animadversión que se palpa en el pueblo hacia los habitantes del castillo cuando deja de limpiar el mostrador y observa a lo lejos.
―Oye, no tendrás por casualidad un coche rojo descapotable superbonito, ¿verdad?
A mí, más que bonito, me parece un coñazo. La policía siempre me está parando.
―Sí.
―¿Aparcado en una plaza para minusválidos? Porque lo está empapelando Gus, el poli.
¿Ves?
Salgo con tal derrape que creo que hago un agujero en el suelo con los tacones. Pero, a pesar de que ruego y ruego, me la quedo. Con rima y todo, para no perder el humor. Porque cuando mi madre la reciba, me va a matar. Otra más. Espero que no lleguen todas al mismo tiempo.
En ese momento, alguien me llama, y me vuelvo para ver a la dependienta salir de la pastelería con una bolsa marrón en la mano. Los croasanes. Charlamos acerca de lo duros que son estos policías de pueblo y hacemos las presentaciones. Se llama Violet. Cuando voy a meterme en el coche, me detiene.
―Ya me contarás qué tal en el castillo; siento curiosidad. No sabía que Adrien buscaba compartir su casa. Y mira que es raro, porque somos amigos. Muy amigos.
Sí, sí, ya has repetido que sois amigos. Me hago la despistada. Bastante insegura me siento ya con todo esto como para confesar mis temores a una extraña; una que parece estar marcando territorio.
Para cambiar de tema, suelto la gran pregunta que se ha formado en la punta de mi lengua hace unos minutos:
―¿Por qué no bajan al pueblo los habitantes del castillo?
Me estudia durante un segundo, tras el cual suelta el aire.
―Te diría que le corresponde a Adrien responder, pero si le preguntas a él, seguramente te veríamos caer en esta misma acera de una patada en el trasero, así que te propongo lo siguiente: si dentro de una semana sigues aquí, baja a la pastelería. Podré hacerte un hueco.
―Oh. Gracias.
Porras. A «Casa del Terror» y «estructura que se cae a pedazos» he de añadir «casero hosco con problemas personales y entrada vetada en el pueblo». Pues vamos bien. Estoy planteándome buscar alojamiento en el pueblo vecino cuando el grupo que debatía acaloradamente al fondo de la pastelería sale de ella y viene hacia nosotras. Este es el momento en que tendría que haber desaparecido en el interior de mi coche con un buen derrape que limpiara la calzada y les lanzara la gravilla sobre sus sonrientes caras, pero en lugar de eso, aquí me quedo, a pesar de que la expresión asesina de Violet cuando escucha un «yujuuu» me asusta un poco.
―Será chivata, la vieja ―blasfema, mirando en la misma dirección que yo―. Ahí vienen sus majestades a presentarse; si es que no tienen remedio. Por cierto, la que se parece a Paris Hilton no es su hija, es su mujer. No cometas los mismos errores que yo.
Violet regresa a la pastelería y a mí me rodean varios desconocidos con distintas expresiones de curiosidad.
―¡Esa es! ¡Esa es la chica que dice que va a vivir al castillo! ―La anciana, Madame Roche, me señala con un dedo acusador. Y pensar que más tarde nos haremos amigas… Supongo que en este momento solo ve en mí a una integrante más del otro bando y no a la persona que los terminará uniendo.
La chica rubia, peinada con ondas que caen hasta su cintura, alcanza mi mano y me da un beso en la mejilla.
―¿En el castillo? ¡Qué maravillosa noticia! Ven, doudou, ven a conocer a nuestra nueva vecina.
Nunca agradeceré lo suficiente a Violet que me advirtiera con anterioridad, porque Monsieur Le Monde, quien se presenta como el alcalde, es joven para ser alcalde, no tiene más de treinta y cinco años, pero es que su mujer, Brigitte, que es quien me ha saludado, no llega a los veinte. Los demás también son autoridades del pueblo, todos igual de simpáticos. No tengo tiempo para explicarles que, en realidad, todavía no soy vecina ni nada, puesto que no tengo casa, porque me veo envuelta en sonrisas y palabras de bienvenida que, aunque algo abrumada, me hacen sentir acogida e integrada. Y, a mí, sentirme cómoda solo refuerza mi decisión de vivir en este pueblo a toda costa.
2
¿Te parece que sigo siendo cobarde?
Hay que atravesar un pantano para acceder al castillo. Voy despacio y prestando atención, por lo que puedo fijar la mirada en dos pozas que lo rodean y que están a rebosar de agua. Hay también una zona cubierta de árboles que surgen de su interior, pero lo demás es yermo, solitario, sobrevolado por aves cuyos graznidos reverberan entre las montañas. El viento sopla en ráfagas suaves, trayendo olor a tierra y plantas, logrando imponerse al del combustible de mi motor. Desde el principio de la carretera que abandona el pueblo ya se atisba un trozo de muro, pero nada comparado a la monstruosidad que te hace levantar la cabeza cuando lo tienes delante. Detengo el coche y bajo, intentando no quedarme clavada en la tierra con los tacones, en plan espantapájaros. Me noto cada vez más nerviosa.
«A ver, Julie, ni que fueras a morirte si no te dan asilo».
«No. Solo tendría que dormir en el coche, en medio del bosque».
Alcanzo la cancela, me aferro a los barrotes y me echo a temblar. Enseguida cierro los ojos, agito la cabeza y vuelvo a abrirlos para mirarlo todo con otros ojos. Así está mejor.
El castillo es tremendo. Tal vez de dimensiones pequeñas para lo que estamos acostumbrados en Francia, pero imponente. Desde mi perspectiva, un poco ladeada, veo que consta de cuatro o cinco torres de distinto tamaño, todas aglomeradas unas contra otras, y con tejados de sombrero de bruja, ventanas amplias y cuadradas en color blanco y balcones espaciosos con suelo de cerámica. Los muros son gruesos, pero no tanto como para parecer una cárcel; la fachada, de color gris, necesita una restauración urgente. Pero, oye, el castillo es tan enorme que seguro que hay una habitación para mí, aunque sea en la última ventana de la última torre y yo tenga que dejar crecer mi melena como Rapunzel, aunque con cuidado al asomar la cabeza, no se me caiga una teja y me la abra. Se me tuerce la boca. Quizá si recogieran las tejas rotas esparcidas por el suelo y las pegaran en su sitio, no parecería tan abandonado. Menos mal que se lleva lo vintage. Y no hay nada más vintage que un castillo del siglo xvii, ¿verdad? Siglo arriba, siglo abajo. Me animo de inmediato. Pensaba que Madame Foscolo se refería a una de tantas mansiones que se construyeron antes y después de la Revolución francesa y que asemejan castillos, pero no. Se trata de un castillo de verdad.
Llamo a un timbre que parece nuevo. Espero. A través de las ramas de los centenarios árboles que protegen la construcción, veo una persona en la ventana del segundo piso, iluminada por un repentino rayo de sol. Tengo que hacer una visera con la mano para poder distinguirlo, pero cuando consigo enfocar, en la ventana ya no hay nadie.
Espero durante un rato más. Y sigo esperando, taconeando sobre un pie y sobre otro penosamente, intentando refrenar mi nerviosismo. Para hacer tiempo, abro el maletero y saco mis dos maletas. Lo cierro. Y, de nuevo, espero. Justo cuando voy a llamar por segunda vez, aparece un tipo por la puerta y respiro, aliviada. Todo bien: viene hacia mí. Hasta que gira y extrae unas llaves del bolsillo.
«Se va a subir a la moto, Julie».
«¡Despierta!».
―¿Hola? ¡Hola!
El tipo se quita el casco. Me he quedado tan noqueada con sus andares que le ha dado tiempo no solo a eso, sino a acomodarse en el sillín, encenderla y quitar la pata de cabra. Vamos, que un poco más y reacciono cuando está ya en Okinoshima tras dar la vuelta al mundo.
―Pero ¿todavía estás aquí? ―inquiere, sorprendido.
¡Sorprendido!
―Claro. He llamado. ―«Obvio, Julie. Venga, continúa, y a ser posible, con más de tres palabras, que se note que has estudiado en Harvard»―. Soy Julie. Julie Dufresne.
En fin.
―Gracias por venir, pero la habitación ya está ocupada ―proclama, justo antes de volver a ponerse el casco.
Me quedo en shock durante unos segundos. Esto tiene que ser una pesadilla; mis peores temores se están haciendo realidad. Pero reacciono de inmediato, atropellándome con mi propia lengua.
―¿Perdona? Vengo de parte de tu tía. Hemos hablado esta mañana. Soy Julie Dufresne…
―Por mí, como si te llamas Pepito Grillo.
Lo dice sin necesidad de alzar la voz porque ya está junto a la puerta, a lomos de esa moto que parece un mastodonte. ¿En serio? Qué tío tan borde.
―Pero… tú dijiste que sí esta mañana. ¿Recuerdas?
He hablado con él antes de venir. No puede haberlo olvidado, ¿no? Una conversación telefónica tiene que servir como aval de… de…
Ay, por favor, que sea un error; por favor, que sea un…
―Sí. Y te repito que ya no necesitamos inquilino. Gracias.
―Pero es que yo necesito una habitación. ―Me importa tres pimientos mi tono desesperado. Ni siquiera me importa delatar mi terror cuando se quita el casco (de nuevo) y su rostro muestra un atisbo de pena al verme agarrar fuerte los barrotes, como si intentara abrirlos con mis brazos enclenques―. Además, esto no se hace así. Abre la cancela y dímelo a la cara, al menos. Cualquier otra opción es de cobardes.
No sé de dónde sale ese rapto de valentía por mi parte. Al parecer, la desesperación arrambla con los principios morales más arraigados en cada uno. Mi orgullo, desde luego, está por los suelos. Pero funciona. El chico apaga la moto, se apea y se acerca a mí sin dejar de mirarme fijamente. Por último, abre la cancela con la mano.
Una vez sin barrotes entre nosotros, me quedo muda. Su belleza es atronadora. ¿No lo había dicho? Pelo rubio corto, mandíbula esculpida, ojos azules, labios que… Al revés lo describo mejor: ¡qué labios!
―Aquí no hay habitaciones libres ―pronuncian estos en cuestión―. ¿Te parece que sigo siendo cobarde?
Hasta su voz es preciosa: ronca, con un matiz desgarrador, como si acabara de levantarse de la cama tras una noche de fiesta. «Julie, que esa voz te está mandando a dormir debajo del puente. Del puente sobre el pantano que hay a tu espalda, concretamente». Vale. Tengo que recomponerme, dejar de mirarle la boca y usar todas las neuronas que mi ciento cincuenta de cociente intelectual me permita.
―Pero he venido hasta aquí. Ahora no me puedes mandar de vuelta. Además, es muy fácil no actuar con cobardía cuando te enfrentas a alguien de mi tamaño.
A ninguno de los dos se nos pasa por alto que él mide casi dos metros. Y yo alcanzo el uno sesenta de milagro. Es decir, que eso de «hablar cara a cara» es una expresión imposible para nosotros; frente a mis ojos lo que queda es la cremallera de su cazadora de cuero. Debemos de pensar lo mismo, porque en su boca queda un rastro de humor (¿es eso su versión de una sonrisa?) en respuesta. Luego, como si se diera cuenta de que está siendo simpático, el ceño vuelve. Ojea su reloj con nerviosismo.
―Mira, no te quiero ofender, pero tengo bastante prisa.
―Bien ―interrumpo, poniendo un pie en la cancela para que no pueda cerrarla―. Pues en cuanto me enseñes mi habitación, podrás irte.
Ya tengo agarradas mis maletas para mostrar mi buena disposición y ocultar los últimos aleteos de mi desesperación. Si vuelve a rechazarme, no sé qué haré: ya he agotado las opciones que preservarían mi integridad. Estoy tan nerviosa buscando alternativas que no me doy cuenta de que el amigo me examina con ojos divertidos.
―Eres cabezota, ¿eh? ―Luego se yergue, como si hubiera tomado una resolución―. Es una cualidad que respeto. Yo soy igual. Sígueme. Además, tengo mucha prisa. Te la enseño y me piro.
Suspiro de alivio. De hecho, podría haberme derrumbado ahí mismo y, de paso, besarle los pies, o gritarle «gracias» eternamente, o hacerle una mamada o… ¿Qué estoy pensando? Espabilo con el sonido de sus pasos alejándose. Cargada con mi equipaje, lo sigo, luchando contra el entramado de zarzas que plaga el suelo entero. Mis medias se han ido al carajo antes de dar el quinto paso. Apunta: nada de medias en el castillo. Ahora eres como Cenicienta.
―¿No hay otro camino un poco menos… accidentado? ―le grito mientras trato de recuperar mi pelo de un tallo de rosa repleto de espinas.
―¿Ya empiezas a quejarte? Un poco pronto, ¿no, Minnie Mouse? ―replica sobre su hombro. Me molesta un poco su referencia a mi estatura, pero tampoco estoy en situación de protestar. Ni siquiera reduce el paso, el muy simpático. Al menos parece haber asumido que estoy aquí para quedarme.
Tras atravesar las enormes puertas de la entrada, penetramos en un vasto zaguán, iluminado por una gran lámpara de araña cubierta de polvo y telarañas. Aparte de las paredes, forradas de papel de flores parcialmente arrancado, no hay un solo mueble.
Señala las puertas a ambos lados sin llegar a detenerse.
―Ahí viven Edgar y su nieta, Anne. A ella no la verás mucho, y él siempre habla a gritos porque es sordo, pero por lo demás, es inofensivo. La otra área está deshabitada.
Subimos al primer piso por una amplia escalera en curva, revestida de mármol y con barandilla negra enrejada. Me doy cuenta de que la construcción está dividida en más de una vivienda, algo lógico, por otra parte. Cuando llegamos arriba, el chico abre una puerta blanca con pomo dorado, y me quedo boquiabierta. Y aliviada. El lugar está reformado, pero se ha conservado lo esencial: las paredes llenas de molduras en tonos pasteles, el suelo de ajedrez y las lámparas que cuelgan de unos techos altísimos. Se han sustituido los pesados cortinajes por visillos ligeros de algodón y se han retirado las alfombras, los tapices y los cuadros, por lo que el espacio, dividido en dos zonas, resulta amplio y acogedor. A pesar de parecer del siglo pasado, el mobiliario está limpio y ordenado, incluso la lámpara de latón con patas de pulpo y tulipas. Hay hasta una chimenea, y un televisor de pantalla plana frente a un sofá de tres plazas con chaise longue. Todo lo demás, sin embargo, podría haberse encontrado dentro del Palacio de Versalles, tanto las sillas acolchadas como la mesa de patas barrocas. Cada habitación disfruta de una ventana alta y alargada por la que penetra la luz, y la tecnología en la cocina no la envidia ni el restaurante del Ritz.
―¿Dónde está la cocina económica? ―pregunto, frotándome las manos.
―¿Qué cocina económica?
Mi posible casero me mira como si le hablara en otro idioma. La de la Edad Media, quiero decir. Maldita anciana de las agujas de bordar y las gafas ahumadas. A la decepción, al comprobar que la cocina es de último modelo, sigue el alivio. «¿En qué pensabas, Julie? Tú, en una cocina económica, serías capaz de prender fuego a un castillo que ni tres siglos han conseguido derribar».
Le digo a mi futuro casero que no me haga caso y doy una vuelta por la cocina. Me gusta. ¡Me encanta! El niño bonito recorre cada estancia y yo babeo tras él, rogando que no me pida demasiado papeleo para vivir aquí.
―Pues menos mal que no tenías habitaciones libres ―comento, tras dar un paseo por esta fortaleza descomunal y contar tres solo en este tramo. Y eso, porque la otra mitad está cerrada a cal y canto.
Hace caso omiso de mi comentario.
―Esta será tu habitación ―me indica, abriendo una puerta―. Tendrás tu baño, que queda en el pasillo, y yo, el mío. La vivienda es grande, por lo que, con suerte, no tendremos ni que vernos las caras.
Si pensaba que en algún momento podríamos ser amigos, su último comentario lo aclara todo. Tengo ganas de decirle que no hace falta ser tan borde, pero la idea se me va de la cabeza en cuanto entro en mi cuarto.
Me puedo imaginar ahí, en ese reducto de seis metros cuadrados, asomada al balcón que da a un jardín lateral repleto de glicinas y limoneros. Aquí, como en el resto de las habitaciones, no hay molduras, sino la pared de piedra beige original y el suelo de madera. Del techo cuelga una lámpara de araña de color lila, a juego con el estampado de las cortinas. Pero lo que más me gusta es la cama con dosel y colcha abullonada, con sus cuatrocientos cojines lilas. Me apuesto la ropa interior a que este debía de ser el saloncito de verano de la reina. El cielo se ha tornado gris, pero por la ventana se filtra el trino de los pájaros que vuelan de rama en rama en el jazminero que la rodea. Imagino un sillón justo delante del balcón y una mesa portátil al lado para apoyar la taza de café por las mañanas. Es perfecta. Hasta tiene repisas para guardar mis joyas. Siento tal bienestar que tengo ganas de lanzarme sobre mi casero y abrazarlo como muestra de agradecimiento. Por suerte, no lo hago. Seguramente me hubiera lanzado por la ventana.
Cuando me doy la vuelta, lo pillo con la vista fija en un punto concreto de mi anatomía. Vamos, que me estaba mirando el trasero. Cuando se ve descubierto, se limita a preguntar con naturalidad:
―¿Te gusta?
Me encojo de hombros, con ganas de devolverle: «¿Y a ti?».
―Ven, por aquí está el baño. La calefacción es eléctrica, pero el termo es bastante grande y da para que nos duchemos los dos con agua caliente. O, si lo prefieres, nos duchamos juntos y así ahorramos.
Y se da la vuelta sin más. Por eso no soy consciente, hasta más tarde, de su comentario, el cual me tranquiliza. Mi posible compañero de piso posee sentido del humor.
Pasamos por el cuarto de lavado (sí, existe, con tres lavadoras) y el baño, todo de importantes dimensiones para lo que suelen ser las casas en París, y más en este pueblo alejado de todo. Un pueblo enano, apretujado entre montañas, con solo subidas y bajadas y faroles amarillos en cada esquina.
Termina el tour en el salón, junto a la puerta de entrada, donde reposan mis maletas. Lo veo coger un manojo de llaves de la mesa y enfrentarme, clavándome sus ojos claros. Me explica las condiciones y yo acepto haciéndome la indiferente. Ay, chico, si tú supieras.
―No te pediré papeles. Todo aquí está a mi nombre, por si tuvieras algún problema. Los documentos están en ese cajón, ordenados por carpetas y etiquetados. Aquí está la contraseña del wifi. ―Señala una hoja y, a continuación, sin variar la expresión, pregunta―: ¿Tienes novio?
Parpadeo varias veces. Esa pregunta no me la habían hecho nunca.
―Sí ―miento. Porque si él puede ser chulo, yo más. Todo muy maduro.
―Puede quedarse alguna noche ―concede, al cabo de unos segundos de mirarme a los ojos, lo cual me hace sentir rara―, pero no he alquilado una habitación de matrimonio. ¿Estamos?
Creo que mi cara transita por toda la gama de rojos. Pensaba que me había pillado.
―¿Y tú? ―pregunto, cruzándome de brazos. Ahora que tengo un techo sobre mi cabeza, me envalentono―. ¿Tienes novia?
―No tengo tiempo para novias ―espeta con tranquilidad, pero la piel de su cuello enrojece, cosa que me alegra.
Al momento, me siento un poco estúpida. Me aparto el pelo de la cara y me humedezco los labios antes de hablar.
―No era por curiosear, es solo que he tenido alguna mala experiencia y…
Para mi sorpresa, ni siquiera me escucha; simplemente se limita a mirar hacia su reloj deportivo.
―Pues otro día me lo cuentas, ¿vale? De todos modos, no esperes que hagamos fiestas de pijamas con helado y esas cosas. Soy bastante independiente.
―Vale, no te preocupes, ni siquiera te enterarás de que estoy aquí y…
Mi voz se va apagando porque él no me presta ninguna atención. Ha arrancado una hoja de cuaderno y se dedica a escribir de manera rápida.
―Me tengo que ir. Aquí está mi número de móvil, para lo que necesites. ―Deja el papel sobre la mesa y luego me mira de nuevo―. Por cierto, dos cosas: en la parte trasera hay animales. Pocos, solo una vaca, una oveja y un cerdo, de cuando yo era crío y mi padre me consentía todos los caprichos.
¿Todos los caprichos, como un castillito de verdad?
―Oh. No te preocupes, no tengo ningún problema con…
Él me interrumpe poniendo un dedo delante.
―No los molestes. ―Me callo. ¡Qué agradable es mi nuevo compañero de piso, coño!―. Y dos: no entres en mi cuarto.
―Lo sé ―ahora soy yo quien lo interrumpe―. No tienes tiempo de limpiarla y huele a orco muerto en batalla, de cuando la Tercera Edad de la Tierra Media. No te preocupes.
Lo miro. Y entonces sonríe de lado con una mueca, mezcla de chulería y apreciación, que me descoloca.
―Bienvenida a casa, Julie. Creo que vamos a llevarnos muy bien.
―Gra… gracias ―respondo a la puerta cerrada.
3
Vaca, cerdo y oveja. Eso son tres contra una. Mierda
En cuanto me quedo sola, una sensación de bienestar me invade. Hasta doy una vuelta sobre mí misma, admirando mi nuevo hogar. Y luego otra. Bailo un poco mientras tarareo Cuando llego a casa, de Fonseca.
Cuando llego a casa,
llegan los momentos,
llegan las canciones
y encuentro el más puro
sentimiento.
Dejo de bailar con un suspiro y escucho. El silencio del campo colándose por la ventana abierta; el chirrido de la cancela; el motor acelerado de una moto que se pierde en la lejanía. El alivio que me invade es tan brutal que miro al cielo y susurro un «gracias, Adrien, gracias, gracias, gracias». Todo es perfecto. Este salón limpio con olor a jazmín, la brisa fresca (helada, en realidad, pero da igual) que hace bailar las cortinas y trae consigo un mugido lejano. El cencerro en la distancia (mucha, espero). Hasta mi compañero de piso barra casero es perfecto. Sobre todo, el hecho de que no lo veré mucho.
―Oye, princesita de Beverly Hills, ¿el Maserati aparcado en la puerta es tuyo?
Me giro tan rápido que casi me desnuco. ¿Cómo lo ha hecho? Me da tal susto que me pongo a la defensiva.
―¿Podrías dejar de ponerme motes tontos?
―¿Es tuyo? ―insiste sin hacerme caso―. Porque si te compras un Maserati, no puedes ir dejándolo por ahí en medio de la nada.
Esa sí que es buena.
―¿Quién me lo va a robar?, ¿una oveja?
Pongo los brazos en jarras, y él responde con un gesto de: «¿Para qué insistir?». Me quedo pasmada. Hasta a eso sabe darle aire chulesco.
―Te lo he metido dentro.
―No irás a coger mi coche ―le advierto, levantando mi dedo minúsculo.
No tengo tiempo ni de indignarme antes de que Adrien alce el suyo (enorme) con mis llaves colgando de él y las deposite en la mesa.
―Ya lo he hecho. He subido, he cogido las llaves y ahora te las devuelvo. No te has dado cuenta porque estabas demasiado ocupada haciendo ese movimiento a lo RoboCop.
―¿RoboCop? Estaba bailando, capullo.
Se va al trote, descojonándose. ¡Y qué risa tiene, tan ronca, tan irónica, tan sobrada, tan…! Pues igual no me importaría tener más contacto con el compañero de piso barra casero, oye.
Lo primero que hago es quitarme los zapatos. Luego coloco mis cosas en la habitación mientras recuerdo la visita de Madame Foscolo a la joyería. La mujer es clienta fija. Suele situarse a mi lado y observarme trabajar mientras me cuenta su vida. Yo apenas la escucho, pero esta mañana estaba descentrada por la falta de sueño y porque me había quedado sin casa, así que presté atención cuando comentó que buscaba inquilino. Fácil, ¿no? Como caído del cielo. En un castillo. Con su sobrino. Nos fuimos a charlar a una cafetería cercana y siguió contándome, ya con todo mi interés, además de mi atención. El chico es albino. Tiene diecinueve años. Vive solo en un castillo.
―Y ¿pide algún tipo de papeleo para el alquiler? ―Fui a lo importante. Porque mi sueldo no triplica el precio del alquiler de una casa y no quería tener que pedir a mi madre un aval.
―Para nada. El castillo es suyo. Era de su padre, pero se lo cedió antes de abandonarlo. Entonces…
¿Quién había abandonado a quién? ¿Y a mí qué me importaba? Estaba claro que a la mujer había que centrarla.
―¿Y no le molestará compartir espacio?
―En absoluto. Si quieres, hasta te doy las llaves. ¿Cuándo quieres mudarte?
―¿Hoy es demasiado pronto?
Le supliqué que lo llamara para confirmar y me hizo llamar a mí. Hablé con el chico y no hubo problemas.
Cuando termino de colocarlo todo, me asomo al balcón y respiro un aire que huele a infancia. Fuera, todavía es de día, por lo que decido bajar a investigar cómo de mal lo tengo. Vaca, cerdo y oveja. Eso son tres contra una.
Mierda.
―Tienes sangre española, Julianne, tú puedes con todo. Vamos, que como se ponga farruca la vaca, la toreas y punto.
Mi conciencia es la leche. Pero es que no me entiendo con los animales. Existe una barrera comunicativa entre ellos y yo que… pues eso, que no nos entendemos. Yo digo: «No te acerques, no te acerques», y ellos se acercan. Como si lo olieran.
4
La Bella y la Bestia
―Eres un embustero ―ataco a Adrien en cuanto cruza el umbral―. Edgar no es sordo.
Le apunto con una espátula sucia; llevo el pelo recién lavado, disparado en todas direcciones, y un pijama de Simba. Él me echa una ojeada que refleja sorpresa mientras posa una mochila en el suelo y se deshace de la cazadora. Luego se dirige al salón. Lo sigo sin piedad.
―Mierda. Se me había olvidado que tengo a la princesita de Beverly Hills en casa. ―Se sienta en una silla para quitarse las botas―. Ya me ha dicho Edgar que has sufrido un accidente con Melinda: casi la matas del susto a la pobre. Ten cuidado la próxima vez, que es anciana.
¿Tendrá morro?
―No tiene gracia. ¡Me ha corneado!
―¿Te ha corneado? ―Se extraña.
―Bueno, no. Pero casi; y por su culpa me he llenado de sus defecaciones hasta la cintura, al desmayarme de la impresión. ¿Cómo iba yo a saber que la vaca tiene fobia a las voces agudas? Además, si tú no me hubieras dicho esa tontería de que Edgar es sordo yo no hubiera llegado gritando a pleno pulmón. Solo quería presentarme. He tenido que tirar la ropa que llevaba y ducharme entera.
―Sí, es lo que suele pasar cuando te duchas, que lo haces entero.
Parece cansado. En cuanto se descalza, se yergue en la silla con un gruñido y presiona con dos dedos el puente de la nariz. Me fijo en el tatuaje que luce en el cuello, debajo de la oreja, y en su pelo empapado.
―¿Está lloviendo? ¿Por qué traes el pelo mojado?
Me mira con unos ojos tan penetrantes que estoy a punto de retirar lo dicho, aunque no sé por qué.
―¿Y tú no eras rubia hace unas horas? ―contraataca, de camino a la cocina―. No me contestes, no hace falta que nos demos explicaciones.
Ah, sí, el tema de no vernos las caras. Vamos, que no tiene interés en averiguar nada de mí. Lástima que yo sí sienta curiosidad por él. Tengo que morderme el carrillo para no reír. Vaya con el compañerito. Lo que no sabe todavía es que se ha topado con la mismísima Santa Inquisición. ¡Que no pregunte, dice!
Tiempo al tiempo.
Me pongo los cascos y sigo fregando los platos que he dejado a medias al oírlo llegar. Es tardísimo, pero él comienza a prepararse la cena: un montón de verduras a la plancha con mil condimentos y algo que parece tofu. Mientras la comida se hace en la sartén, Adrien se bebe un envase entero de leche, a morro. Alma cándida. Si es que, ahí donde lo ves, el niño solo tiene diecinueve años, aunque no los aparente. Podría invitarlo a croasanes, pero mejor no. Ha dejado bien claro que solo compartimos espacio y facturas; él más que yo, espero.
―Oye ―me quita el auricular de la oreja y lo miro con las cejas alzadas y las manos llenas de detergente―, puedes poner música en el altavoz del salón. Esta también es tu casa.
Una tregua, ¿eh? No soy rencorosa, así que la acepto con un encogimiento de hombros.
―Vale. ¿Qué te apetece?
―Lo que estuvieras escuchando tú.
Me seco las manos y selecciono una canción, de modo que la casa se llena de los primeros acordes de La Bella y la Bestia, por la cosa del castillo. Él es la bestia, por supuesto. Al volver a la cocina, me pongo a secar los platos, aunque me cuesta aguantarme la risa. Más aún cuando veo que él también la reprime (se le marcan las mejillas), pero no dice nada. Voy colocando la vajilla en su sitio tras secarla, a pesar de que hay friegaplatos. Estoy terminando cuando se me ilumina la mente: el niño bonito tiene un rollete y por eso ha llegado con el pelo así, porque se ha duchado antes de venir. ¿Violet, tal vez? Era tan evidente… Quiero darme de cabezazos. Y yo pidiéndole explicaciones.
La canción termina, y de manera automática continúa una de mis listas de reproducción favoritas.
―Me voy a dormir ―murmuro.
Cojo un paquete de pipas y me derrumbo en el sofá, donde suspiro al escuchar a Doris Day cantar Qué será, será. Me encanta esta canción. Mi madre nos la ponía a mis hermanas y a mí cuando éramos pequeñas. Hablando de hermanas. Cojo el móvil y le mando un mensaje a Florence para avisar de que estoy bien. A continuación elijo una novela y comienzo a leer. La lista de reproducción termina y los ruidos en la cocina cesan. De reojo, veo que mi nuevo compañero se aleja por el pasillo, concentrado en su móvil. Una puerta se cierra. Me embebo por completo en el libro, pero no llevo ni cien páginas cuando mi mirada recae en una pequeña grieta entre dos bloques de piedra, junto a la ventana. Algo comienza a hacer runrún en mi cabeza.
Me pongo a cuatro patas en el suelo, pego la mejilla a la porcelana y bizqueo hacia el interior, pero no veo nada. Porras. Un rato después, vuelvo a hacer lo mismo, pero esta vez pertrechada de la linterna del teléfono y un cuchillo que introduzco en el agujero, el cual parece más profundo de lo que esperaba.
―¿Qué haces?
Me incorporo con un grito. Mi móvil sale disparado hacia el techo y cae de lleno en mi cabeza.
―¡Ouch!
Me froto el lugar del impacto. Dos accidentes el mismo día. A este paso, la próxima vez que salga del castillo lo haré en un coche fúnebre.
―¿Estás bien?
La pregunta denota preocupación sincera; lo que no es sincero es el tono, un tanto guasón, acompañado de una sonrisilla contenida. Lo miro con cierto resquemor, pero este se evapora al verlo ahí, junto a la mesa, con esa pose chulesca y esa manera de ponerse la cazadora y guardarse las llaves en el bolsillo.
―No es nada. Al menos ha sido con el móvil y no con el cuchillo.
―¿Qué hacías? ―repite.
―¿Tú qué crees que hacía? ―pregunto, con una brusquedad impropia de mí, pero es que no entiendo por qué ha irrumpido así, de la nada, dándome un susto de muerte.
―Yo qué sé. Eres tan rara que igual estabas cazando ratones.
Ahora sí, su sonrisa se amplía, incapaz de contenerla.
―¿Los hay? ―¡Como en Cenicienta! Mi mente es asaltada por un flash de simpáticos ratoncitos confeccionando vestidos, por eso me olvido de que me ha llamado «rara», un adjetivo que odio porque me lo han aplicado demasiadas veces, y por el que suelo estallar en llamaradas. El flash acaba y vuelvo a tropezarme con la grieta y sus tesoros―. No, estaba buscando las joyas de Diana de Poitiers. ¿Sabías que fue la amante de Enrique II? Y este le legó este castillo a su muerte. Pero su viuda, Catalina de Médici, la invitó educadamente a abandonar el castillo y devolver sus joyas, y Diana lo hizo, lo abandonó, pero dice la leyenda que antes escondió las gemas que el rey le había regalado tras una de estas piedras. ¿Conocías la historia?
―La conocía, lo que me extraña es que la conozcas tú. Precisamente ese «regalo» fue lo que salvó este castillo de la destrucción durante la Revolución francesa, al no pertenecer a la Casa Real ―me cuenta mientras saca la capucha por fuera de la cazadora y se la pone por la cabeza―. Si las encuentras, me lo dices.
―¿Para qué?, ¿para venderlas?
―No, para esconderlas. No quiero más escándalos con el castillo: esto se llenaría de periodistas y la gente del pueblo se volvería más loca de lo que está. ―Abre la puerta de la calle y me mira, con la mano en el pomo―. ¿No te ibas a dormir?
Echo un vistazo al sofá con lástima, pero la lástima nunca me ha ayudado a conciliar el sueño, así que me la sacudo con rapidez.
―Sí. Ahora. En cuanto me entre el sueño. Morfeo me odia; debo tener paciencia con él.
―Genial. Pues yo me voy ya, que llego tarde.
El señor «llego tarde», voy a empezar a llamarlo. Parece el conejo blanco de Alicia, siempre con el «me voy, me voy, mevoymevoymevoy». De pronto, en mi cerebro aflora la idea principal: que se va. ¿Cómo que se va? Y ¿cómo soy tan tonta para no haberme dado cuenta de la ropa bonita que lleva, su pelo engominado y el olor a jabón que desprende? Y el aire distraído que ha mantenido durante toda la conversación. Por si la maleta que arrastra no hubiese sido suficiente pista.
―¿Te vas? ―inquiero, sin poder disimular mi alarma―. ¿A estas horas?
¿A por otro polvo?
―Sí. Volveré el miércoles.
Uy. Esos son muchos polvos. Me levanto de un salto. Esto es serio.
―Pero ¡si ya estamos a miércoles! ¿Te marchas una semana entera?
¿Adónde?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué? Por los pelos logro refrenar el interrogatorio digno del FBI, pero el intento me deja trastornada. Es como si mi estómago hubiese expulsado una gran bola que debo contener en mi boca solo con la fuerza de mis labios. Así actúa mi curiosidad desmedida. Pero tengo veinticuatro años. Sé controlarme. ¡Tengo que controlarme!
Mi compañero de piso ya ha sacado la maleta y medio cuerpo fuera de casa.
―Te las apañarás, Minnie Mouse ―vaticina, más seguro él que yo―. Solo acuérdate de cerrar bien las ventanas y la puerta; no queremos que entre un dragón y te rapte. No vaya a ser que al volver me encuentre una casa apacible y ordenada, sin princesitas en busca de ratones escondidos.
―¡No buscaba ratones!
Que trate de defender mis impulsos cuando se avecina sobre mi cabeza la monstruosa realidad de que voy a dormir sola una semana entera, en un castillo aislado e inmenso, es el tipo de cosas que me ocurre a menudo y que no sé controlar. Porque, aunque yo viva aquí, mi cabeza lo hace en el Polo Norte, y traerla de vuelta es como arrastrar a mano un tren de mercancías. Cuando vuelvo a mirar, él ya no está y la puerta permanece cerrada. Aunque con retraso, me percato de que ha vuelto a hacerlo: guiñar el ojo y cerrar la puerta a cualquier réplica. Voy a tener que exigirle que deje de hacer eso.
Todos los Sueños del Mundo. Libro 1.
Briana es una joven que solo desea huir de un pasado conflictivo. De modo que cuando su hermano le propone quedarse durante un tiempo en la granja de su amigo Alex, acepta, a pesar del anfitrión.
Alex ama su soledad, por lo que detesta la idea de tener que alojar a la hermana de su amigo. Eso romperá sus esquemas y su apacible vida.
Una deuda entre ambos amigos meterá a la chica en su casa, y un acontecimiento inesperado, revolucionará su vida y la relación entre ellos.
Una historia que habla sobre la familia, el amor y los lazos de una amistad que nos terminan uniendo a quien menos imaginas.
