3Empieza a leer Todos los Secretos del Mundo (Serie París 3) ¡PRODUCTO AGOTADO TEMPORALMENTE, SENTIMOS LAS MOLESTIAS! 

PRÓLOGO

 

DANIEL

 

11 de febrero de 2015

Solo cuando miro sus ojos, la realidad me golpea. Fuerte. Como por un rayo. Me siento tremendamente vulnerable, porque… ¿quién está preparado para esto? Para convertirse en padre de la noche a la mañana. No solo en padre, en el mundo entero de otra persona. De un pequeño de dos años que carece de familia.

«¿Dos años?», dudo de pronto.

«Sí, dos», me percato con consternación. Los cumplió ayer.

Me siento miserable al darme cuenta de que no lo hemos celebrado. Estaba demasiado ocupado peleándome por descubrir la verdad sobre la muerte de su madre, de Mirelle. Dos meses de investigadores privados, de visitas a hospitales, de expedientes encriptados, de suplicar a los policías encargados del caso, sin obtener nada más que un parte de defunción y la visión de un coche destrozado en el desguace. Y, aunque no he hallado todas las respuestas que necesitaba, hasta yo sé cuándo algo ha llegado a su fin.

Mi mente, que es un caos y funciona a trompicones, vuelve al tema del cumpleaños.

«Tenemos que celebrarlo», me digo, alterado por ese tonto olvido que, para mí, significa mucho. Ningún niño debería de carecer de fotos de su segundo cumpleaños.

Vuelvo a mirar esos ojos redondos. ¿Cómo se le explica a un bebé que su mamá no va a regresar?

¿Anda mi mamá? —repite, con su lengua de trapo, volviendo a arrojarme otro cubo de agua helada, repleta de estalactitas en su interior, porque hieren la piel y hacen sangrar el corazón.

No es la primera vez que pregunta por ella. Según la psicóloga, he de responderle siempre lo mismo. Pero ¿qué le digo cuando ni siquiera yo lo entiendo?

Miro alrededor buscando algo con lo que distraerlo, percatándome de súbito del desorden que reina en la casa. Siempre he sido obsesivamente ordenado, hasta hace dos meses. Es como si el día en que ella desapareció, se hubiese llevado también mi cordura y solo ahora, que ya todo ha concluido, el velo ha caído de mis ojos. No sé por dónde empezar. Me he bloqueado. Es la primera vez que me ocurre.

Me paso las manos por la cara, superado, y cuando vuelvo a mirarlo, su carita se transforma en un puchero que me pone en movimiento. Al instante, lo tengo entre mis brazos y todo lo que el pequeño estaba reteniendo en su cuerpo explota en un llanto que me desgarra por dentro. Me paseo acunándolo por el salón, sin dejar de acariciarle la espaldita con la mano, con su cara enterrada en mi cuello, que, poco a poco, se va empapando. Me detengo en el ventanal sin dejar de culparme por todo el tiempo que él no ha sido una prioridad. Él. El hijo de Mirelle: Andreas. Su madre jamás me lo perdonaría.

No tardo en notar su respiración pesada en mi cuello y su cuerpecito relajado sobre el mío, lo cual indica que se ha dormido. Sus mofletes están rojos y sus pestañas mojadas cuando lo acuesto sobre la cama. Coloco su conejo de peluche junto a él para que tenga cerca el olor de su madre, que todavía persiste. Al erguirme, la imagen del pequeño dormido despierta en mí una ternura que actúa como desengrasante de mi propio cerebro, devolviéndome la claridad mental de la que siempre he hecho gala.

Por fin, los pasos a seguir aparecen en orden.

Tengo que limpiar el ático y ordenarlo, comenzar mil trámites burocráticos para inscribirme como su padre y a él como mi hijo, llenar la nevera y los armarios de comida decente y ver cómo me organizo con mi trabajo, pero eso tendrá que esperar.

Deshaciéndome de la camiseta, me acuesto a su lado, protegiéndolo con mis brazos. Y logro respirar del todo por primera vez en dos meses. 

—No estamos solos. Tenemos a Thomas, a Camille y a Eric. Y nos tenemos a nosotros —susurro al pequeño.

Y no tardo en prometerme que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que este niño no note la ausencia de su madre, así tenga que convertirme en ambos.

1

No existe absolutamente nada que me haga regresar

 

DANIEL

 

16 de junio de 2018.

 

Aparco el coche junto al muro sur de la Abadía. El motor se apaga de manera automática. Minutos después, todavía aferro el volante. Siento los hombros contraídos, una sensación similar a cuando pilotaba la moto durante horas. Sin embargo, esta sensación no viene acompañada de la adrenalina que tanto adoro. No. Ahora lo que siento es rabia por haber vuelto, decepción conmigo mismo por haber cedido, aunque solo sea durante unas horas, e ira contra mi hermano, por provocar mi regreso. Aunque en el fondo sé que tiene razón, que ya me pidió ayuda y lo ignoré. No, mi hermano no se lo merece, así que vuelco mi ira en mis padres, a quienes he venido a ver.

Salgo del coche y camino rodeando los muros de lo que antiguamente era un monasterio que cobijaba monjes. Ahora es uno de los viñedos más grandes de Francia, así como productores de lavanda. Los faroles de hierro, anclados a su fachada, proyectan ordenados círculos de luz sobre el suelo empedrado. Mientras atravieso los jardines, llamo por teléfono de nuevo. Jess, la madre de Jeremie, el amigo de Andreas, me atiende con paciencia. Me comunica que está bien, que ya han cenado e ido a la cama, aunque intuye que se están contando historias de miedo bajo la sábana, porque de vez en cuando escucha risitas. Sonrío, a pesar de que no hablar con él me deja intranquilo, y le aseguro que no la molestaré más, pero no se lo cree… y yo tampoco.

Nada más colgar, me enfrento a la edificación de piedra que tengo delante, sintiendo que regresa la ira que se había disipado al escuchar sobre mi hijo.

Es injusto que me pidan volver y eso les voy a decir. Tengo dos motivos de peso para no regresar. El primero se llama Pedro, mi progenitor, y mi promesa de que nunca acataría una sola orden que saliera de su boca. Todo el mundo cree que mi huida se debió a lo que ocurrió con Camille, y en un primer momento así fue, pero, luego, la mano todopoderosa de mi padre tuvo que intervenir. Él me prohibió regresar bajo amenaza de retirarme todos los fondos y patrocinadores si no abandonaba el motocross y me centraba a tiempo completo en la Abadía. Y a mí nunca me han gustado los nudos corredizos alrededor de mis cojones, me los aprecio demasiado. No acepté. Me fui. Él lo permitió. Fin de la historia.

Y ahora, siete años después, viene pidiendo ayuda.

El segundo motivo: Andreas. Mi hijo y yo tenemos una vida en París. Me resisto a someterle a demasiados cambios y que olvide el lugar donde vivió con su madre.

Que lancen todas las llamadas que quieran, que rabien y pataleen, pero conmigo en París. Y si ahora estoy aquí es solo para decirles a las claras que no voy a volver.

Son las once de la noche cuando irrumpo en el restaurante, al dejarme caer desde la cornisa, caminar a sus espaldas y aterrizar en la silla con un golpe seco.

―Buenas noches.

Mis padres, que acechaban la puerta de entrada, pegan un brinco al oírme. Luego suspiran, al adivinar que me he desplazado por los tejados como cuando era crío. Mi madre se quita la mano del corazón y mi padre me dirige esa mirada de censura de la que tanto me solía reír, aunque en el pasado provocaba al demonio insurrecto que habita en mí. Todavía lo provoca, como estoy comprobando.

―Siete años, Daniel, y apareces así por tu casa, como si fueras un ladrón ―me riñe mi madre―. Dame un abrazo.

Sonriendo por dentro, me levanto y le permito ese abrazo. A una madre no se le puede negar afecto. Lo tenía claro antes, pero desde que soy padre, la cosa es cristalina. La abrazo con fuerza y todo el tiempo que necesita. Salvo un tiempo en que mi vida cambió, mi madre siempre ha estado ahí. Venció su aversión por las grandes metrópolis para vernos cada viernes en París y poder conocer a su nieto. A pesar de habernos visto de forma asidua, sé que sufre por el distanciamiento con mi padre y que está encantada de verme de nuevo en la Abadía. Lástima que vaya a tener que ponerle los pies en la tierra cuando le informe que solo es por unas horas.

Asiento en dirección a mi progenitor, ignorando deliberadamente su actitud expectante mientras espera de pie, y vuelvo a sentarme. No le guardo rencor, pero tampoco voy a fingir que todo está bien. Prefiero proceder con precaución, porque hay que tener cojones para pedir mi ayuda después de cómo me echó.

―¿Empezamos? ―inquiero, con la intención de acabar cuanto antes.

Espero mientras Pedro, mi padre, inicia la sesión en la tablet, ignorando su expresión contrariada. Aparto la vista en dirección al móvil y solo la alzo cuando ya todo está en marcha. El restaurante está prácticamente vacío, solo quedan tres camareros recogiendo las últimas mesas. Pronto nos dejarán solos para que nosotros cerremos. Por lo que veo, todo sigue igual que antes: mi padre con un Reserva de su bodega privada y mi madre con su eterno champagne Taittinger. Salvo porque mi hermano, Eric, en lugar de estar sentado a mi lado, aparece en la pantalla de la tablet que hay sobre la mesa auxiliar con unas pintas que mi madre ha tenido que apartarse para que no le vea la cara de horror. Por suerte, nuestra mesa es la más aislada y nadie del personal ve al antiguo director convertido en náufrago.

Me inclino sobre la pantalla.

―¿En qué isla del Pacífico te has perdido? ―bromeo, sin poder aguantarme.

Adoro a mi hermano mayor. Si alguien ha hecho de padre, ese ha sido él, aunque nuestra relación siempre será de compañeros de juegos y de vida. Si algo me duele es no haber estado aquí para él. Cuando me fui, no solo jodí a mi padre, pues el peso de la dirección de la Abadía recayó de golpe sobre sus hombros. Ni una sola vez me lo ha recriminado.

Mi hermano no altera su expresión de seriedad mortal ante mi comentario.

―Si te lo digo, aparecerías por aquí.

Sonrío con lentitud. Tiene razón. Si sé dónde está, soy capaz de irme a por él antes que ocupar su lugar. Porque no lo voy a ocupar. Y estoy aquí, ahora, porque a mi familia no le ha quedado claro ese punto las mil veces que hemos hablado por teléfono (con Eric y con mi madre, con Thomas e, incluso, con Camille, por supuesto). Con mi padre no he cruzado una sola palabra, así que se lo diré a la cara.

Mi progenitor decide dirigirse a él sin hacer mención al pelo largo y la barba que ocupan toda la pantalla. En realidad, sabemos que es Eric porque jura serlo y por los profundos ojos claros, herencia de mi padre y marca registrada de la casa. Me da la impresión de que mi hermano no ha tocado un peine desde que se largó de aquí. Si lo viera su exprometida, se escondería debajo del altar antes que casarse con él.

―No te preocupes, ahora Daniel está aquí ―lo tranquiliza mi padre. Aunque dadas las maneras en que mi hermano se ha fugado, diría que lo último que hace es preocuparse.

Intento no reírme de esa absurda frase. De pequeños, mi hermano y yo le estorbábamos tanto que nos mandó a un internado durante el invierno y a los Pirineos, el pueblo de mis abuelos, en verano. Solo cuando nos convertimos en hombres y encontró utilidad para nosotros comenzó una relación. Mi hermano Eric fue capaz de perdonarlo, porque él era feliz en ese pueblo que ni siquiera existe en el mapa y, además, su carácter es mesurado y el mío, no.

Delira si piensa que voy a permitirle que vuelva a ejercer su dominio sobre mí.

No existe absolutamente nada que me haga regresar.

―Ahora que Eric está presente, puedo decirlo: en unos minutos, me piro ―informo, utilizando mi vocabulario como arma para provocar. El tic en la sien de mi padre confirma que lo he logrado. También que me dirija única y exclusivamente a él―. Solo he venido a informarte de que no voy a regresar. Y a rogaros que dejéis de insistir. A todos.

Me mantengo estoico mientras entrecruzan miradas. A mi madre se le caen los hombros; mi hermano aparta la vista, y el único que lucha es mi padre, que siempre tiene el pistón listo para hacer explosión cuando se trata de mí.

―Pero la Abadía necesita un director, así no podemos seguir ―se opone, de una manera más comedida de lo que hubiera esperado.

«No haberme echado. No haberme amenazado con quitarme mi puesto, el dinero ni los patrocinadores. Mi medio de vida», le podría reprochar.

No lo hago por dos motivos. Uno, remover el pasado no va a cambiarlo. Y dos, aquello me dio lo más importante de mi vida: Andreas.

―¿Quién se ha ocupado de todo desde que Eric se fue? ―pregunto, forzando un tono suave que contradice mi necesidad de escapar. Ya he dicho lo que tenía que decir. Para mí, todo está claro. Y yo, una vez que doy por finalizado un propósito, soy de los de pasar página.

―¡Nadie se está ocupando! ¡Ese es el problema! Vamos a la deriva desde noviembre y…

―Pedro ―le advierte mi madre. Mi padre calla y ella se dirige a mí―. Thomas y Camille se están encargando, pero no es su función. Ellos tienen que compaginarse para el cuidado de la niña. Les prometimos jornada reducida y desde que Eric se fue, ambos nos están haciendo el favor.

Asiento, recordando cómo mi sentimiento de culpa quedó reducido a la nada cuando Thomas y Camille, mis mejores amigos de la infancia, me presentaron a su hija, Leyla, un año menor que Andreas y, por supuesto, adoptada, como no podía ser de otro modo. Camille quedó estéril por mi culpa.

Me arrellano en la silla, apoyando un tobillo sobre la pierna contraria.

―No puedo ocuparme de la Abadía durante cuatro meses, por mucho que Eric haya abandonado el barco. No estoy hecho para el encorsetamiento de un puesto de tanta responsabilidad. No sabría llevar el timón. Si se abriera una tormenta en alta mar, yo sería quien metiese la proa en ella solo para darle emoción al asunto, ¿entendéis? Como veis, no soy vuestro hombre. Buscad otra opción.

Planto las manos sobre el mantel y voy a levantarme, cuando mi padre intenta intervenir. Y si no lo hace, es por la mano de mi madre en la suya, que actúa como calmante.

―Tenemos derecho a tener relación con nuestro nieto, Daniel. Nos gustaría verlo aquí, en la Abadía. Recuerda cuánto disfrutabas tú de pequeño. No se lo niegues ―suplica―. Además, tu padre tiene derecho a conocerlo.

Me gustaría reírme de esta nueva línea de ataque. Si no me enfureciera.

―Sé que lo conoces ―me dirijo a él.

«Muy a mi pesar».

Ocurrió a mis espaldas, gracias a Eric.

Andreas idolatra a su tío. Un día que se suponía que habían estado de ruta de senderismo, mi hijo mencionó al abuelo y Eric me confesó que le había llevado a la Abadía.

No es un secreto que mi hermano lleva queriéndome en la Abadía desde hace años, aunque es cierto que, por algún motivo, el último se ha vuelto muy insistente. Yo nunca he cedido y no lo voy a hacer ahora.

Él conoce la otra razón por la que me niego a traer a mi hijo aquí, que no me da la gana dar explicaciones sobre él. Digamos que la manera en que llegó a ser mío es demasiado difícil de explicar. Salvo Eric, nadie conoció a mi esposa, Mirelle, pues en el momento en que ella murió era el único miembro de la Abadía con quien mantenía relación. Thomas y Camille llegaron después, al igual que mi madre. Aunque saben que no es hijo mío, desconocen los pormenores de cómo se inició nuestra relación. Y así va a seguir siendo.

Todo empieza a ser demasiado. La severa estampa de mi padre. Mi madre implorando tener aquí a Andreas. Las súplicas del mismo Andreas siempre que se acuerda de la Abadía.

Echo la silla hacia atrás, deshaciéndome lentamente del agarre de mi madre, ahora que estoy a tiempo.

―Lo siento, pero no. Pedro ―llamo a mi padre por su nombre por primera vez en la vida―, tendréis que contratar a alguien. Conmigo no contéis. Nuestra vida está en París y mi hijo es lo primero.

―Nosotros podemos cuidarlo mientras tú trabajas, es nuestro nieto. También hay monitores y un campamento de escalada y natación al que podríamos apuntarlo…

Oigo, sin escuchar, las opciones que ofrece mi madre, indicándome así que llevan tiempo preparando esta reunión. Me levanto de golpe. Mis padres, al ver que voy a dar la conversación por finalizada, se levantan también, con pánico en los ojos. Eric me llama desde el otro lado de la tablet.

―Daniel. ―Por primera vez, mi hermano hace uso de ese tono que desde pequeño ha conseguido captar mi atención y desenredarme las ideas. No lo saca a menudo, pero cuando lo hace es porque él sabe que lo necesito y yo, por mucho que sepa que es muy mala idea, hago un parón en mi intención de escapar y escucho―. Daniel, duerme en casa, en la Abadía. Deja reposar esta reunión y hablemos por la mañana. Duerme en tu antigua habitación y mañana, si sigues queriendo rehusar, lo aceptaremos. Volveré.

Entrecierro los ojos. Lleva fuera siete meses. ¿Y va a volver así, de pronto, solo con que yo pronuncie una palabra? No me lo creo.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Parece que transcurren años mientras permito que el influjo, que solo mi hermano es capaz de ejercer, penetra en mí. Cuando por fin asiento, aceptando que es la mejor opción, me parece que mis padres vuelven a respirar, como si la sala entera hubiera aguantado la respiración.

―Mañana. Pero, luego, me iré ―advierto, antes de darme la vuelta y abandonar el restaurante, sin ser capaz de deshacerme de la sensación de que me están tendiendo una trampa.

«Solo una noche».

¿Qué puede pasar en una noche?

Vuelvo a coger el móvil, jurando que será la última vez. En cuanto Jess me asegura que los niños ya están dormidos, me siento inmediatamente mejor. Andreas está bien, es feliz, no necesita nada de esto que me rodea.

Mañana regresaré a París y que mi familia se busque la vida, que yo ya tengo demasiado con la mía.

2

El paseo de la vergüenza

ANGIE

A duras penas logro encontrar el vestido que llevaba el día anterior. Me lo pongo y me deslizo de puntillas como un ladrón en la oscuridad. Ya me aseguraré cuando esté fuera de que no me lo he puesto del revés. Giro el pomo y abro, aguantando la respiración y notando el frío nocturno envolviendo mi espalda al salir. Estoy a punto de cerrar la puerta de la cabaña cuando una voz surge del interior.

—¿Angie? —inquiere Théo con tono adormilado.

Suspiro con pesar. Entro de nuevo y me apoyo en la puerta cerrada.

—Lo siento. Siento haberte despertado. Sabes que…

—El amanecer —termina por mí, parpadeando y frotándose los ojos antes de levantarse y acercarse a mí—. No te preocupes, ya estoy acostumbrado.

No está acostumbrado. Sé que altero del todo sus rutinas cada vez que me quedo a dormir. Me hace tanta gracia sus intentos por luchar contra el sueño que sonrío. Me besa el pelo de camino al baño. Mientras está dentro, recojo su ropa, esparcida por el suelo, sin dejar de vigilar la ventana. Todavía es de noche. Bien.

Sale momentos después con la cara lavada y más despejado. Le lanzo una camiseta que encuentro en el suelo. Su pelo negro se aplasta cuando se la pone antes de mirarme con las manos en las caderas.

—Me gustaría acompañarte, aunque sé que me vas a decir que no.

—Sabes que me gusta pasear sola —me excuso, con una sonrisa. Mi amigo asiente.

—Bueno. A esta hora te toparás con Adrien. Asegúrate de que te vea.

Théo eleva varias veces las cejas de una manera que me hace reír.

—Tranquilo, creo que a estas alturas todos saben que soy una golfa. Llevo la misma ropa de ayer.

Ambos reímos con complicidad. Théo y yo mantenemos un falso noviazgo de cara a nuestros amigos. Me avergüenza mentir y obligar a Théo a fingir, pero llegó un momento en que la situación me superó. Llegué a la Abadía hace un año y, al conocer sobre mi accidente (jamás lo he ocultado), todo el mundo empezó a preocuparse por mí. Pensé que con el paso de los meses se darían cuenta de que estoy bien, de que he pasado página, sin embargo, nada de eso ha ocurrido. No me gusta preocupar a mis amigos ni que sientan lástima por mí, pero no sabía cómo solucionarlo. Hasta que un día, a una clienta de la cafetería se le ocurrió decir que el encargado (Théo) parecía tener sentimientos por mí y ocurrió un milagro: todos se alegraron. Me aferré a esa mentira, confirmándola en el acto. Y, poco a poco, me hice adicta a la sensación de ser tratada como una persona normal; una que ha superado un trauma y seguido con su vida, de tal manera, que hasta yo me lo he creído. Que Théo aceptara con humor ser mi «novio falso» ha contribuido a que, poco a poco, la mentira se haya hecho tan grande que ahora ya es imposible pararla.

—Por cierto, ya que estás despierto, hay algo que quería comentar contigo. —El tono jocoso da paso a algo más serio. No me gusta sentirme así con él, en tensión. Es hora de tocar el tema y sacarlo del medio—. Em… El otro día, Camille volvió con su historia de que te ve enamoradísimo de mí. Supongo que se equivocaba, ¿cierto?

Espero mientras lo estudio con atención. Tras un instante de sorpresa, se echa a reír, agitando la cabeza. El alivio que siento me hace imitarle y pensar que ¡menuda tontería! Si Théo estuviera enamorado de mí, me lo diría. Su risa persiste, como si se negara a desaparecer. Y persiste.

Me remuevo, incómoda.

—Oye, no temas hacerme sentir mal.

—No estoy enamorado de ti —me asegura, tras lograr ponerse serio.

Su rotunda afirmación me hace asentir con lentitud. 

—Vale, vale. Genial. —Vuelvo a mirarle—. Porque ya sabes que en caso de lograr enamorarme…

—Lo harías de otra persona. Tipo Camille misma. Lo sé. Pillado, capisci. No te preocupes, nena.

Coge unos vaqueros del armario y se los pone.

—Y que en el momento en el que… —insisto, necesitando dejarlo todo aclarado.

—Quiera que esto termine, solo tengo que decirlo —recita, volviéndose mientras se los abrocha con un gesto exasperado—. De nuevo, tranquila. No ha llegado aún mi media naranja. Si llega, te aviso.

—Bien.

Me giro en dirección a la puerta, pero en el último momento recuerdo algo. Me vuelvo y la expresión abatida en su rostro cambia como tomado por sorpresa, tan rápido que me convenzo de que lo he interpretado mal.

—Oye, nos vemos esta tarde, ¿verdad?

Se peina con nerviosismo, pero cuando pienso que va a negarse, sonríe.

—Si no hay más remedio.

—Lo hay, pero me dejarías sola en el tren. Además, te necesitan en el hospital.

—Tranquila, te acompaño —acepta, guiñándome el ojo con su humor habitual—. Es lo que hacen los novios.

Una vez fuera de la cabaña, camino atravesando las cabañas que rodean el castillo, dejándome envolver por el manto frío de la noche. Las gotitas de rocío se posan sobre mi piel, haciéndome estremecer.

Al alcanzar la parte delantera del castillo y la cancela, unos pasos se unen a los míos. De un vistazo reconozco a Adrien, el dueño del lugar, deportista de élite y novio de mi amiga Julie.

―Buenos días, Angie ―me saluda, como si fuera normal encontrarse con alguien a las seis de la mañana. Pero es que Adrien es así: respetuoso, discreto y sumamente amable, aparte de un bombón de calendario―. ¿Dando un paseo?

Eleva las cejas con las manos en los bolsillos de la sudadera y yo le sonrío.

―Sí, el de la vergüenza.

Su pose contenida estalla en una sonrisa que le marca un hoyuelo. Adrien sabe de sobra (imagina) qué hago aquí a estas horas, así que cualquier explicación está de más.

―Nunca hay vergüenza en el placer. ―Me guiña un ojo―. De todos modos, sabes que Théo hará siempre lo que tú quieras. Eres su debilidad.

«Incluso fingir una relación».

―Eso es lo que me temo ―murmuro, pensativa.

Nos hemos detenido junto a su moto.

―Si lo tienes claro, no hablo más. Por cierto, Julie está despierta, por si quieres subir a tomarte un café.

Señala la puerta del castillo. Niego con la cabeza.

―Gracias, pero ya sabes que tengo mis rutinas. Mi ventanal me espera ―le digo, porque es la verdadera razón.

―En ese caso, sube, te acerco a la Abadía. ―Señala la moto. A pesar de que el castillo linda con la Abadía, les separa un paseo largo, pero de ahí a que yo me suba a algo con ruedas, hay un mundo.

Me alejo de la monstruosa máquina que está señalando.

―No, gracias, la Abadía no te pilla de paso.

Él sonríe, alargándome un casco.

―Nada pilla de paso para ir a la Abadía. No me importa, en serio. Me he pasado varios años acercando a Briana a la estación cada día y lo echo de menos. Sube.

Creo que retrocedo siete pasos, u ocho. Uno más y me caigo en el pantano.

―En realidad, me dan miedo.

―¿Te dan miedo las motos? Pues espera, que cojo el coche.

Se lo impido, cuando veo su intención de descender de ella.

―No, no, en coche es peor, el accidente ocurrió en uno. No me subo en nada que lleve ruedas, gracias. Me da miedo.

—Pero vas en tren al hospital —señala lo evidente. No se le escapa ni una a este chico.

—Solo porque es necesario. Y las ruedas van por raíles. No depende de la audacia humana. Y si estoy equivocada, sígueme la corriente, por favor. Me gustan demasiado esas visitas. Además, me acompaña Théo.

Mientras hablo, sigo retrocediendo con disimulo, pero a él la cosa no le divierte.

―Julie tendría mucho que decir sobre ese miedo ―murmura, preocupado. Aun así, consigo escucharle. Su chica es psicóloga, aunque no ejerza, porque prefiere dedicarse a la fabricación de joyas.

Hago una mueca al pensar en Julie.

―Me lo dice a diario, tranquilo.

―Entonces, que disfrutes del paseo.

El estruendo del motor al ser encendido rompe el silencio. Adrien se despide con el brazo y lo observo desaparecer tras una nube de tierra por la carretera del pantano.

3

¡Salga de la ducha inmediatamente!

 

ANGIE

Llego a mi «celda» en la Abadía, mojada por el baño que me he dado en mi cascada privada y maldiciendo porque, de nuevo, El Hobbit (así es como llamo al dueño de la parcela de enfrente) ha vuelto a repartir trampas para conejos por todo el bosque. Voy a tardar años en desactivarlas.

Lucas, mi conejo, me recibe con sus lametones habituales y me entretengo un rato acariciando su pelaje suave. Le pongo comida antes de abrir mi armario y coger la ropa. 

Una vez vestida con el uniforme lila, me peino, vigilando la claridad exterior. Si no me doy prisa, se me escapará el amanecer. Me despido de Lucas y corro por esos pasillos monacales que dan un poco de miedo, escuchando únicamente el eco de mis pisadas. Doblo la esquina, y otro pasillo. La claridad del día se empieza a colar por los huecos alargados de los muros. Solo me detengo un momento en el cuarto del personal para prepararme un café, sin dejar de vigilar el resplandor tras las montañas.

Llego al mejor mirador del amanecer, como cada mañana. Se trata de una habitación amplia que antes usaban los dueños, pero que ahora está abandonada. Consta de una cama en un rincón y mobiliario rústico de madera. A un lado, se abre una puerta que da acceso a un baño en desuso. Pero lo mejor es la ventana: un agujero amplio por donde se cuela la brisa de mediados de junio, trayendo el aroma de los campos de lavanda que nos rodean. Me aproximo a ella y me siento con los pies sobre el tejado y el café entre las manos, justo en el momento en que el sol empieza a salir por entre las montañas, dispersando ordenados rayos amarillos entre los peinados campos de lavanda a mis pies. Ahí abajo, el movimiento de la recolección ya ha comenzado y las visitas no tardarán en llegar. Doy un sorbo al café, cierro los ojos y me vacío por dentro.

Los amaneceres tampoco los desperdicio y todo el mundo lo sabe. Me perdí ciento treinta y cinco amaneceres durante los cuatro meses y medio que permanecí en coma. El día que desperté, me prometí que jamás me perdería uno más.

Estoy tan acostumbrada a esta solitaria rutina que casi me caigo tejado abajo cuando escucho un ruido procedente del baño. Mi cabeza gira en su dirección, derramándome café sobre la blusa. ¡Qué desastre! Recojo las piernas hacia el interior, dejo la taza sobre la piedra y me dirijo al baño con decisión. Esta parte de la Abadía es de los dueños, no puede usarse. No sé quién está ahí dentro, pero ha de irse. Además, este es mi lugar privado. Aunque no sea mío… en realidad.

En cuanto abro la puerta, una nube de vaho me explota en la cara. Agito la mano delante de mí, pero solo consigo ver una figura metida en la ducha. Está tarareando, por eso sé que es un hombre.

―¿Hola? Aquí no se puede estar y, mucho menos, usar las instalaciones. Lo siento mucho, pero tiene que salir inmediatamente.

Nada más hablar, algo cae con estrépito y la voz deja de cantar para maldecir.

―¿Quién hay ahí?

El hombre ha debido de perder el control del grifo, porque, de pronto, un chorro, que parece un aspersor descontrolado, surca el aire. Me parapeto tras la puerta para no mojarme.

―¡Salga de la ducha inmediatamente! ¡Aquí no se puede estar! ―repito, a través de la rendija. Me sabe muy mal tener que echarlo. Pienso en Marion y en las veladas informaciones que me da a veces de su calidad de okupa itinerante y me siento doblemente mal, pero es mi lugar de trabajo y me siento en la obligación de tratar el asunto. Supongo que es mejor que lo avise yo a que los dueños llamen a la policía, ¿no?―. Lo siento, pero esta parte pertenece a los dueños.

―Gracias por recordarme cuál es mi papel aquí. ―Me llega su murmullo, seguido de un exabrupto. A continuación, el grifo deja de rociarlo todo.

Yo me replanteo la situación, confundida. ¿El dueño? Mentira. Porque, entonces, la que sobra aquí soy yo. Me empiezo a poner nerviosa. ¿Y si es el dueño? El nerviosismo aumenta debido al giro de los acontecimientos y porque… porque… la bañera es antigua, de esas con patas de garra, sin cortina. El vaho se está dispersando de suelo a techo y a mis ojos llega una imagen que me deja muda. Piernas bien separadas, muslos fuertes, abdominales marcados y un buen miembro viril colgando.

Reacciono antes de que la niebla termine de dispersarse, el «dueño» consiga verme a mí y adivine que estoy conteniendo la respiración. No sé por qué, puesto que no me van los hombres. Eso es lo que Marion dijo, ¿no?

Entorno la puerta y doy un paso atrás, indecisa sobre cómo proceder.

El dueño de la Abadía es Eric, que es el director. Quien, por cierto, desapareció hace siete meses y nadie sabe dónde está. Existe el padre de Eric, que también es el dueño, junto a su mujer, pero el señor delegó en su hijo mayor hace mucho tiempo. Llámame adivina, pero de alguna manera sé que el tipo del baño no es Eric y tampoco su padre.

―¿Hola? ¿Sigues ahí? Supongo que eres del servicio de limpieza.

La firmeza en su voz no exige respuesta, pero se la doy, porque algo en ese tono… algo en ese tono me obliga a responder.

―De la limpieza, eso es —miento, mostrándome solícita, aunque por dentro opino que es un arrogante por suponer tal cosa. ¿Dónde se cree que está? ¿En el Hilton?—. Vengo todas las mañanas a hacer un buen repaso del lugar.

Al decir «buen repaso», mis ojos vuelan al cuerpo en el interior de la bañera. Si no fuera por el sofoco, me reiría de la ironía de mi comentario.

―Ah, perfecto. Ayer se me rompió una copa de vino. Te agradecería que la limpiaras.

―Enseguida, señor. A la orden, señor.

—Soy hijo de los dueños, por cierto. Si te sientes mejor, puedes considerarme, incluso, dueño de esto, puesto que parece que es lo que todos quieren.

Conmovida por su tono y bastante curiosa, alcanzo el primer trapo que pillo en el suelo y salgo a la habitación sin saber qué hacer. Yo no soy limpiadora, sino camarera. Por cierto, la cafetería ya ha abierto y yo debería de estar allí. En lugar de inventarme una excusa e irme, me sitúo frente al ventanal y trato de eliminar la mancha de café de mi camisa, sintiéndome algo decepcionada al ver que el final del amanecer se me ha escapado por primera vez. Vaya.

Alcanzo el vaso de cartón y me aparto de la ventana, exhalando un bostezo y mirando con lástima el café derramado.

El «dueño» sigue duchándose. El olor que flota en el ambiente es delicioso, algo como a pino y madera, que me resulta reconfortante y aterrador a la vez. Nunca había reaccionado de una manera tan visceral a un olor. En cuanto el grifo se corta, el nerviosismo regresa. La puerta del baño se ha quedado entornada, por lo que escucho al tipo secarse mientras yo comienzo a levantar un objeto tras otro fingiendo limpiar. Efectivamente, hay trozos de cristal sobre una mancha roja seca en el suelo. Los barro con el pie, debajo de la cama.

—Por cierto, me llamo Angie.

El tipo, con tono educado, me devuelve la cortesía, así sé que se llama Daniel. Mi primer pensamiento es que no tenía ni idea de que Eric De Sauternes tuviera un hermano.

―Encantado, Angie ―contesta con tono respetuoso, aunque inanimado, desde el interior del baño. Automático. Es como si estuviera acostumbrado a tener gente invisible sirviéndole alrededor.

Es tal el impacto al escuchar mi nombre con esa cadencia sinuosa que la deportiva de Balenciaga que estaba limpiando se me resbala y cae sobre una botella de vino, derribándola. El sonido llega hasta el baño. El tipo me pregunta si estoy bien.

«¿Qué clase de pijo se compra unas deportivas Balenciaga?».

«Uno al que le salen billetes por las orejas, Angelina».

Abandono la zapatilla y coloco la botella en pie de nuevo. Afortunadamente, no se ha roto.

—Y ¿cuánto tiempo llevas trabajando aquí, Angie?

Me da conversación sin dejar de trajinar por el baño. Se le nota distraído. Aun así, respondo. Me encanta conversar con la gente y, por alguna razón, soy muy dada a contar mi vida y milagros a desconocidos.

―Llegué hace más de un año. Antes vivía en un lugar ―¿cómo explicarlo?― con unas normas algo estrictas. Permanecí allí dos años y cuando por fin conseguí salir, me prometí que nadie tomaría más decisiones por mí.

No sé ni por qué le estoy contando esto. Supongo que son restos de una marcada inseguridad, como si yo misma me considerara un ser humano roto y tuviera que prevenir a todo aquel que se acerque a mí.

―Ya veo ―comenta, con la voz amortiguada como por una toalla―. En mi idioma eso se llama «prisión». No te preocupes, no tengo prejuicios, tengo amigos expresidiarios. Me alegro de que hayas conseguido cambiar tu vida.

Por poco no me atraganto con mi propia saliva al escuchar su conclusión. Y lo cerca que ha estado de acertar.

Pienso con rapidez. En el curriculum vitae que tenía Eric De Sauternes aparecía mi estado de amnesia, aunque no mis antecedentes. De pronto, se me ocurre que si el tipo sabe que soy expresidiaria tal vez me despidan.

―Yo no soy expresidiaria ni tengo amigos expresidiarios —digo con más dureza de la necesaria. Me niego a que eso me defina.

―Pero sí prejuicios, por lo que veo.

Arrugo el trapo como para lanzarlo y me giro hacia la puerta entornada del baño. Voy a contestar a sus «prejuicios», cuando me topo con un trasero desnudo. Guau. La réplica, que era buena, muere en mi boca. El tipo se ha situado frente al espejo y se está peinando, o afeitando. No sé qué hace y me fuerzo a dejar de husmear. Me quedo con que está igual de bueno por detrás que por delante.

―Viví en una casa medicalizada durante casi dos años ―procedo a explicar, envuelta en nerviosismo―. Antes de eso, sufrí… eh… un accidente de tráfico y permanecí en coma durante cuatro meses. Cuando desperté, todo el mundo dijo que era un milagro.

―Enhorabuena. Me alegro de que despertaras.

Parece genuino, aunque el tono distraído e indiferente no desaparece en ningún momento. Podríamos estar manteniendo una conversación sobre el capricho del clima y el tono sería el mismo.

―Gracias. El problema es que lo hice sin recuerdos. Se llama Amnesia Retrógrada.

―¿Ya has terminado? ―pregunta de pronto, como si le importara bien poco y hubiera rebasado su tope de educación por un día. Continúa con impaciencia y sin darme opción a réplica―. Oye, Angie de limpieza, me alegro de que seas feliz aquí y te hayas recuperado, pero mi ropa está ahí fuera y necesito vestirme. Si no quieres verme en toda mi gloria, te aconsejo que cierres los ojos o te vayas.

Su voz suena a puntito de salir por la puerta. Pero ¡qué ganas de amordazarle con el trapo que tengo en la mano!

―Además ―prosigue―, estaría bien si dejaras de limpiar con mis bóxeres y me los devolvieras para que pueda ponérmelos. No he traído maleta y son los únicos que tengo. Supongo que los tienes tú, porque aquí no están. Y si me tengo que poner a pensar en qué estás haciendo con ellos, prefiero creer que los has confundido con un trapo, ¿me equivoco?

Cierro los ojos tras mirar mi mano, soltando los susodichos como si quemaran. Al momento, me agacho y, en unos pocos pasos, los coloco en la mano que ha salido por la rendija de la puerta. Los agarra y desaparecen en el interior. Estoy a punto de explotar en llamas de pura vergüenza. ¿Se puede meter más la pata? No espero un minuto más. En cuanto distingo su risa baja, doy media vuelta.

Conforme abandono la estancia y alcanzo el pasillo, escucho su voz procedente de la habitación.

―Por cierto, Angie de limpieza, puedes venir a esta habitación siempre que quieras. Dentro de un rato me largo y no pienso volver. Y gracias por limpiar, por cierto. Aunque sea con mis gayumbos.

Conforme desciendo por la escalera, escucho una carcajada, que me hace llegar a la única conclusión posible: acaban de burlarse de mí por todo lo alto.

4

Es como si un campo magnético lleno de electrones negativos le rodeara

 

ANGIE

Entre que ya iba con retraso y que tengo que pasar por mi «celda» a cambiarme la camisa, llego a la cafetería bastante tarde. La suerte es que la encargada, Camille, es mi amiga, así como Anne, la otra camarera. Camille se ocupa de las otras tiendas que componen la Abadía, así que suele pasearse, supervisando que no falte nada. Hoy la encuentro aquí, desayunando con su hija, Leyla. En cuanto me ve, señala de reojo a Anne, pero le pido paciencia. Anne y Camille son amigas solo fuera del trabajo. Dentro, chocan como dos bolas de billar lanzadas una contra la otra, así que hace tiempo que Camille me cedió la gran tarea de controlarla. 

―¡Buenos días! ―saludo, con mi entusiasmo habitual.

En respuesta, un coro desacompasado de voces se alza para devolvérmelo, rompiendo el silencio que reina en el lugar para llenarlo de algo bonito, como son las sonrisas, buenos deseos y preguntas de rigor que siempre respondo. A Camille no le importa que yo me detenga de mesa en mesa a saludar, todo lo contrario, dice que la gente me adora y está convencida (erróneamente, por supuesto) de que mucha gente viene aquí solo para disfrutar de un poco de mi actitud cariñosa y positiva. Si ella quiere creerlo, yo no se lo discuto, que piense que soy el ángel del amor.

Cuando por fin llego junto a ella, le doy un beso en la mejilla y charlo con Leyla, que está coloreando en un cuaderno de superhéroes que le regalé hace unos días. Me embeleso con ella. A Leyla la trajeron desde Tanzania hace tres años, cuando la pequeña solo tenía dos añitos, con la muerte de unos padres a sus espaldas y la mitad de un brazo quemado. En el tiempo que llevo aquí, la he visto florecer y comenzar a confiar poco a poco en mí, aunque todavía le cuesta. Se ruboriza bajo su piel de ébano cuando alabo su dibujo. ¡Qué cosa más rica de niña!

Adoro el lugar donde trabajo. La cafetería Lavande Coté es un lugar acogedor, abierto al público. Sillones de piel y de terciopelo, chimenea y libros antiguos conjugan en un espacio de estructura moderna y minimalista. El lugar es vegano y servimos desde té, cacao a la lavanda, hasta tarta de calabaza y coco, pastel de maracuyá o muffins de pistacho y chocolate. Solemos aprovechar que la puerta de entrada, que es la mar de coqueta con sus artesonados antiguos de madera, da a la plaza principal que domina la Abadía para sacar sillas y mesas en verano, de modo que los clientes disfrutan de las vistas bajo velas de tela que protegen del sol. Gente de todo el valle acude a nosotros solo por el ambiente acogedor —y por mí, añadiría Camille—. Es que cada vez que lo pienso, me río. Subiendo las escaleras accedes al restaurante, aunque yo solo atiendo arriba en ocasiones especiales como una celebración familiar de los dueños.

En cuanto Anne, que estaba atendiendo las mesas, ve que me acerco, da la espalda al cliente con el que estaba discutiendo y le tomo el relevo.

―Pásate a la barra, por favor. Solo tú eres capaz de terminar con esa fila ―le suplico. Sé lo mucho que odia servir mesas. Anne accede, fingiendo que me hace un favor, aunque en el fondo sé que me lo agradece, solo que no conoce otra manera de expresarlo.

Anne es preciosa, con un pelo rubio, muy largo, que atrae las miradas, pero le gusta ligar con los clientes. No pasaría nada si no fuera porque suele elegir clientes casados que están aquí con sus esposas. No es un secreto que la despedirían si la orden de mantenerla no viniera desde arriba. Al parecer, es un favor personal a Adrien, que la quiere entretenida, fuera de los dominios de su castillo, y al abuelo de Anne. Desde que su nieta abandonó la natación sincronizada, no sabe qué hacer con ella. Yo me identifico con Anne. Pienso que lo único que necesita es encontrar su lugar, como yo cuando llegué. Aunque dudo que lo vaya a encontrar aquí, rodeada de la rutina armónica que tanto adoro. Ella es más de caos, bullicio y frenesí. Ella es más de París y París se refleja en ella y en su manera sofisticada y algo arisca de vestir y comportarse. Ya se dará cuenta.

Termino de atender las dos mesas pendientes y aprovecho el descanso para subir al piso de arriba y servirme un café. Al final, con toda la historia del tipo de la ducha, no he podido tomármelo. Desciendo y me escondo tras la barra. Estoy bebiendo de espaldas al público cuando siento que Anne se coloca a mi lado, fingiendo limpiar el mostrador.

―¿Has escuchado los rumores? Anoche llegó Daniel, el hijo menor de los dueños. Dicen que le han exigido tomar el relevo de Eric y que se ha negado. Ha venido para advertir a sus padres de que dejen de presionarlo y esta misma mañana se va.

Me froto la frente, agobiada.

―¿Y me lo dices ahora?

Así que es cierto. El que decía ser el dueño lo es de verdad y yo he hecho el mayor de los ridículos. Pues ¡menos mal que no se queda!

Anne continúa hablando.

―Dicen que tiene un hijo de cinco años ―susurra, vigilando que nadie nos oiga―. Ha causado un revuelo y miles de discusiones con sus padres, porque se niega a traer aquí a su nieto, ¿te lo puedes creer?

Y digo yo, sus razones tendrá, ¿no? Normalmente, me hacen gracia los chismorreos de Anne, porque de tan exagerados, son inverosímiles. Pero hoy, escucho, vaya si escucho, en contra de mi habitual proceder.

―¿Y? ―la animo por primera vez.

―Que está todo el patio revuelto. Daniel era muy popular por aquí antes de irse. Dicen que es igual de guapo que Eric, pero ahí donde Eric es serio y educado, Daniel es…

―Pícaro y encantador ―intervengo, con aire soñador.

―Antipático e imprevisible ―termina Anne, tras mostrarse horrorizada por mi descripción―. Los escándalos lo persiguen y tiene fama de volver loca a la gente, pero tiene un algo al que eres incapaz de decirle que no.

Desgraciadamente, sé de lo que habla. A ver, que me ha puesto a limpiar su habitación y yo he obedecido sin ni siquiera rechistar. El poder de orden y mando de ese hombre es de otro mundo.

―Dicen que sufre de aburrimiento crónico, aunque me parece a mí que aquí hay mucha arpía dispuesta a evitar que se aburra… Y luego está lo que le hizo a Camille ―añade, al ver que estaba a punto de frenar el cotilleo de raíz. En contra de lo que el dueño cree, no me gustan los prejuicios ni poner verde a la gente, pero esa última frase me detiene.

―¿Qué le hizo? ―inquiero con curiosidad. Juro que nunca más seré partícipe de chismorreos… después de hoy.

Anne baja la voz.

—La dejó embarazada. Después la hizo abortar, lo que le produjo esterilidad permanente. Thomas y Camille ya eran novios.

Me yergo de golpe, calculando si creerme algo así o no. No es un secreto que Leyla fue adoptada, pero de ahí a que todo lo que Anne ha dicho sea cierto, hay un mundo.

Sonrío, tolerante con sus chismorreos, pero no quiero seguir escuchando. Afortunadamente, madame Roche me llama desde su mesa y me alejo con el datáfono.

Saludo a la señora con la cabeza en otra parte. No sé si creerme lo que me ha contado Anne. Una cosa es la primera impresión que el tipo me ha provocado y otra, condenarlo de por vida. Además, no hay que olvidar que le he interrumpido en la ducha, que me he metido en su habitación como si fuera la mía, sin llamar, sin preguntar, e incluso he abierto la puerta de su baño y le he ordenado salir inmediatamente de allí. Lo increíble es que no me haya pegado un bufido que me lanzara por la ventana. Bastante bien ha reaccionado.

A Anne hay que hacerle el caso justo con sus cotilleos. Una vez insistió en que el papelito con el teléfono de su sobrino, que madame Roche va regalando tan alegremente a cada soltera del pueblo, pertenece en realidad a Renan Pacheco, el actor.

Con la decisión tomada de ignorar la conversación con Anne, sonrío y mi humor habitual se vuelve a imponer.

Estoy charlando animadamente con la señora cuando suena la campana de la puerta y se hace el silencio. Me giro por acto reflejo… para verlo entrar. A pesar de no haberlo visto anteriormente, no albergo duda alguna de que es él.

Lo veo atravesar el local como si no fuera consciente de las miradas, no le importaran o estuviera acostumbrado. Sin alterar el gesto, pasa a unos centímetros de mí en dirección a las escaleras que conducen al restaurante. Solo ha subido dos escalones cuando Camille le corta el paso al situarse frente él y se lanza a sus brazos.

Le miro de arriba abajo. No sé cómo me gusta más, si vestido o desnudo, porque todo hay que decirlo: los pantalones ajustados le sientan muy bien. Y las Balenciaga. Subo la vista, ¿llevará los gayumbos debajo? Camisa de marca, cuya manga vuelta se ajusta por encima del codo. Viste de esa manera tan a la moda que parece que la ropa le va pequeña, aunque la realidad es que es sumamente elegante. Al llegar a su rostro, no me extraña lo que encuentro: es igual de guapo que su hermano. Pelo rubio oscuro, bien peinado, barba sombreando su mandíbula y marcando sus pómulos, nariz recta, perfil altivo y labios apretados. Incómodo y algo vulnerable mientras Camille le abraza por los dos.

Tampoco la veo molesta por lo que ocurrió, si es que realmente sucedió tal como Anne ha descrito.

El dueño da por concluido el contacto al situarla a distancia. Intercambian unas palabras. Creo entender que Camille le da la bienvenida a su hogar y él le advierte de algo que la entristece, aunque lo acepta, cuando él señala el piso superior. En el último momento, la expresión de él se suaviza y se gira para revolverle el pelo en la nuca con cariño. Después, se gira por completo y sube los escalones de tres en tres antes de echar un vistazo rápido al local que pasa por encima de mi cabeza.

Sus pisadas se pierden en el piso de arriba y los murmullos apagados, típicos de la cafetería, vuelven a ocupar su lugar.

Madame Roche me está hablando. Sin darme cuenta, ha deslizado el papel con el teléfono del sobrino en el bolsillo de mi pantalón. Le guiño un ojo, muerta de risa por dentro ante la falta de disimulo de la mujer. Por alguna razón, me imagino al sobrino en cuestión: flaco, encorvado y con gafas, al igual que la tía, solo que cien años más joven.

―Madame Roche, esto no está bien. Sabe que tengo novio —le increpo con humor, como siempre.

Me sonríe con una ceja alzada.

—A mí no me engañas, niña. Théo no es una buena opción para ti. En cuanto termines de revolcarte con él, te darás cuenta de que solo sirve para eso.

―¿Para qué? —pregunto con diversión.

―Para un revolcón.

«Si usted supiera…».

―¿Y cree que su sobrino no busca un revolcón? ―A ver si se cree que el chaval busca amor cortés.

―Mi Reré te dará tantos y tan seguidos que te desenroscará la cabeza del cuello. Es todo un macho, mitad brasileño, mitad francés. 

¿Reré? A ver si va a ser verdad que su sobrino es Renan Pacheco. Echo la cabeza atrás y empiezo a reír con abandono, cuando una sombra cae sobre mí. Al levantar la vista, me topo con los ojos más increíbles que he visto nunca fijos en mí. Turquesas, profundos, infinitos. Asustados ojos que se están tragando mil emociones, a pesar del rostro pétreo que los rodea.

Se trata de Daniel De Sauternes y por su expresión, entre incrédula y amenazante, me parece a mí que me ha reconocido como la loca que ha irrumpido en su baño. Aturdida por su silencio, la manera exigente en que me observa, como si le debiera algo, y por la falta de vía de escape al tener su cuerpo cerniéndose sobre mí, opto por la única solución que encuentro: confesar. El descaro me ha salvado de más de un apuro, por eso recurro a él ahora.

Acaricio la placa colgada en mi pecho.

―Buenos días, soy Angie. Angie de cafetería, que no de limpieza ―admito, con la esperanza de que el hombre saque de paseo ese humor del que ha alardeado hace una hora y no se enfade. 

Esperaba su risa antes de iniciar mi disculpa, no el tono rosado que comienza a escalar los tendones de su cuello. Parecen cuerdas a punto de partirse. Su rostro pasa de «¿me estás jodiendo?» a «¿qué está pasando?» tan repentinamente que me cuesta seguirlo. Lo peor es el silencio, que empieza a ser incómodo hasta para mí, debido a que cada persona del local nos está observando. Por eso, comienzo a ofrecerle bebidas sin ton ni son. Pero es que impone tener delante a este espécimen taladrándote como si le debieras algo. Haría balbucear al mismísimo Khal Drogo.

Yo soy de abrazar, de asegurarme, mediante el tacto de otra piel en la mía, que el ser humano que tengo delante está bien y si puedo, eliminar su incomodidad, pero nunca se me ocurriría acercarme a este hombre. Es como si un campo magnético lleno de electrones negativos le rodeara, manteniendo al resto de partículas a un metro de distancia.

Menuda valiente es Camille.

En mitad de esta guerra de miradas, la mano huesuda de madame Roche aparece, sosteniendo un vaso de agua. Lo cojo, dándole las gracias (por el vaso y por la interrupción), pero cuando me giro para ofrecerlo, el dueño ya ha desaparecido escaleras arriba.

COMIENZA A LEER TODOS LOS SALTOS DEL MUNDO (SERIE PARÍS 1)

1

Los Leblanc no pisan el pueblo

Conduzco como en un rally, sin despegar el pie del acelerador. Estas carreteras serpenteantes que atraviesan la Vallée de Chevreuse son ideales para ello. Siento el viento azotar mi cabello y el olor a hierbas de montaña, lo cual me hace sentir bien; más que bien. En la radio suena À la campagne, de Bènabar. De pronto un sonido se eleva por encima del rugido del motor, cortando la música, y bajo ligeramente mis gafas de sol para ver quién me llama.

Florence.

¡Hola, hermanita! Me estoy mudando a un castillo ―le explico al manos libres.

¿Dónde estás? He ido a tu casa y me han dicho que ya no vives allí. Maldita Gárgola. Casi saco los colmillos y me la como, aunque luego me envenene.

La Gárgola era mi compañera de piso hasta hace exactamente doce horas.

No llames así a… a…

Diantres, ni siquiera conozco su nombre real. La llamamos así porque va encorvada, los brazos le llegan al suelo y tiene cuernos. Bueno, no tiene cuernos, pero de su boca solo salen cosas malas, como de los desagües. Además, te mira con unos ojos saltones que dan mucho miedo.

Ha dicho que eres una ladrona y que tienes el síndrome de Diógenes. La llamaré como quiera.

Alucino. ¡Si somos las mejores amigas! Más que eso, porque nos cuidamos mutuamente. Fue la primera persona a la que llamé cuando se me pinchó una rueda del coche; siempre baja a comprarme las pastillas mágicas para el dolor de regla, y no le importa compartir sus cereales conmigo. Ahora que lo pienso, tal vez la relación sí fue un poco unidireccional.

Me muerdo el labio.

¿Eso ha dicho?

Sí. Y luego, que te ha echado, aunque no me lo he creído.

Ahogo una exclamación. Como pille a… a…

De eso nada. Me he ido yo.

Eso le he contestado yo. ¿Qué ha pasado?

Porras, me he perdido. Con la llamada, se me ha desactivado el GPS y no logro recuperarlo.

No tengo tiempo para contártelo ahora, pero te resumo: ¿te acuerdas de que anoche os pregunté si creíais que la Torre Eiffel se quedaba encendida por la noche? Fue en el chat, ¿te acuerdas? Pues resulta que sí. Fui a mirar. Pero no me di cuenta de que llovía y…

No me digas que saliste de casa para comprobarlo a las doce de la noche. ¿No se te ocurrió buscar en Google?

No. Ni que San Google retransmitiera en directo. ―Qué tontería de pregunta―. Sigo. Como te decía, fui, y al volver, sonó un trueno, así que decidí acortar por el cementerio de Passy, para no dar toda la vuelta, pero como estaba cerrado tuve que saltar la verja. Total, que había un vigilante y tuve que esconderme. ¿Tú sabías que había vigilancia? Estuve ahí dos horas, Flo, hasta que el buen hombre se alejó de la zona. Y me empapé, claro. Con barro y todo. No encontré ni un solo mausoleo donde meterme. ¡Y eso que tiene ochocientos treinta y siete!

Escucho un bufido a través del aparato.

Solo a ti se te ocurre buscar un mausoleo para guarecerte en mitad de la noche. Pero ¿por eso te echó tu compañera de piso?

No. Sigo. Total, que llegué a casa a las cinco de la madrugada, empapada, embarrada, y con mucho frío. Y pensé que me vendría bien una ducha. Me metí en el baño, y me lavé la cabeza con el champú de la Gárgola

¿Se te había acabado el tuyo?

No. Pero es que el suyo me olió muy bien. Tiene una mezcla entre… Total, que me lo puse, y ya que tenía en las manos, pues me puse también en el cuerpo. Y no hubiera pasado nada si no fuera porque me he despertado rubia. Por cierto, ¿tú sabías que en la farmacia Saint Honoré elaboran fórmulas magistrales de champús? ¿Y que existen champús específicos para rubias? Y como me lo puse también en el cuerpo, pues imagínate cómo ha quedado la cosa ahí abajo.

Pero si te hiciste el láser hace años.

Ya, pero ahí me dejé un trocito; para adornar la bodega, más que nada. ¿No te lo he enseñado? ―Estoy entrando en un pueblo que no sé cómo se llama, así que reduzco la velocidad mientras me fijo en el entorno―. De todos modos, era demasiado tiquismiquis con sus cosas, Florence. Mejor así.

La verdad es que tenía muy poca paciencia contigo. Mala Gárgola.

Eso es. ―Espera, ¿lo ha dicho con retintín? ¿A qué se ha referido? Voy a preguntárselo, pero me despisto. Me hallo en un pueblo muy bonito, con sus calles empedradas y las casas pegadas unas a otras, los balcones llenos de flores. Los comercios lucen sus nombres en carteles de madera con letra de imprenta, y han sacado el género a la acera. Localizo una frutería, por lo que detengo el coche en un bordillo. Activo el cierre automático y me adentro en el establecimiento mientras reanudo la conversación con mi hermana―. Así que me mudo.

O sea, otro cambio de aires de los tuyos ―resume.

Algo así. Ah, y lo he dejado con Dan.

¿Dan? ¿No se llamaba Trent?

¿Ves como no me escuchas? Con Trent corté hace mil años. Por cierto, tengo que colgar, que estoy llegando.

Al castillo.

Al castillo. ¿Por qué estás tan a la defensiva?

Porque sé que te vas a perder por el primer pasillo que encuentres: tu orientación da pena. ―No puedo rebatir eso. Me quedo pensando en si el dueño tendrá un mapa mientras ella continúa―: Llámame en cuanto estés allí, ¿vale? ¿Llevas el móvil?

Lo tengo en la oreja.

Bien, bien. Y, por cierto, con Trent salías en noviembre, así que no hace tanto.

Colgamos. La pobre tiene sus razones para preguntar. En un año y medio, he pasado por tres pisos compartidos y cuatro novios. ¿Novios? Eso era lo que decían ellos; vamos, que a mí tampoco es que me importara la etiqueta que le pusieran.

Cuando llega mi turno, deposito una manzana en el mostrador y pregunto cómo llegar al castillo. El tendero pone mala cara.

¿Solo una?

Pues sí. Solo una. ―Me dan ganas de decirle que, si no es más amable, no me llevaré ni una. Pero tengo antojo de manzana―. ¿El castillo, por favor?

Aquí no tenemos castillo.

Estoy a punto de meterle la manzana en la boca, como a los cochinillos, pero su mujer lo salva. Sé que es su mujer porque se nota. Forman uno de esos matrimonios que, de tanto tiempo juntos, se parecen hasta en el físico. Nariz redonda, mofletes redondos, barriga redonda. Parece mentira que vendan frutas y verduras.

François, la muchacha pregunta por el antiguo castillo de Coubertin, el que linda con la granja de Alexandre Brant y la abadía de Souternes. ―Luego me explica, con una creciente acritud que me cuesta comprender―: Antes sí era un castillo. Antes todo era esplendor y cortinajes y muebles de estilo antiguo. Ahora no es más que un pantano debajo de una estructura que se cae a pedazos. Lo único que se mantiene en pie son los muros, esos sí que no los derriban, no vaya a ser que se cuelen las visitas guiadas; como si hubiera algo que mirar allí, ¿verdad, François? Pero ese desagradable de Leblanc lo ha dejado morir todo. Ahora solo sirve para que los niños del pueblo jueguen a la Casa del Terror.

De la parrafada que, con toda su buena intención, me ha lanzado la mujer, solo me quedo con una cosa. ¿Quién es Leblanc?

Me meto en el coche con la manzana y tardo un momento en arrancar. «Estructura que se cae a pedazos», «Casa del Terror». Madame Foscolo, ¿dónde me has metido?

Al final, con toda la milonga del castillo y su antiguo esplendor, se les ha olvidado explicarme cómo llegar, pero entonces, a pocos metros, veo una pastelería. Aparco justo en la puerta.

Guardo mis pertenencias en el bolso y salgo del coche. Entrar en esta pastelería es como dar un salto en el tiempo y retroceder cien años. O no; tal vez sea lo más acorde al pueblo. Quizá por eso está a rebosar. En este momento todavía no sé que es el principal punto de reunión, donde se toman las decisiones más importantes, y que el edificio del ayuntamiento solo está de adorno, pero estoy a punto de averiguarlo.

Hay una chica tras el mostrador y varias personas delante de mí, por lo que me sitúo a la cola y aguardo mi turno, sin prestar atención al debate que se desarrolla en el fondo del local, donde las mesitas de madera y sillas con cojines de colores. Disfruto del aroma a café, azúcar tostado y canela que impregna estas cuatro paredes y de su atmósfera cálida. A mí, en condiciones normales, no me cuesta mucho abstraerme, pero este lugar irradia un encanto especial.

Al cabo de un rato, la camarera prepara mi pedido.

¿Vas a vivir en el castillo? ―me pregunta una voz huraña a mi lado. Despego la vista del móvil y la clavo en una anciana con gafas que se ha apostado junto a mí, teléfono en mano. A sus pies descansa una cesta de la que sobresalen agujas que parecen espadas. ¿Cómo lo ha sabido?―. Me lo acaba de contar la cartera, a quien se lo ha contado la hija del pescadero, que estaba comprando en la frutería de François mientras hablabas con su mujer.

Guardo el móvil y sonrío, un tanto sorprendida por el despliegue de información, digno de un canal de periodismo. Sin embargo, cuando voy a hablar, se me adelanta la dependienta:

Madame Roche, sea agradable, por favor. Castillo o no, es una clienta de la pastelería.

Paparruchas. Seré agradable con quien me dé la gana, niña. ¿Entonces? ¿Es cierto? ¿Vas a vivir en el castillo?

Eso espero.

Sí, señora. Voy a vivir en el castillo. Por cierto, ¿podría indicarme cómo llegar a él?

Es la dependienta quien termina dándome las indicaciones. Entonces, apoyo un codo en el mostrador y decido seguir investigando.

A propósito, me han comentado que lo construyeron en el siglo xvii.

En el xvii o xviii ―me informa la anciana, porque, claro, qué más da siglo arriba o siglo abajo. ¡Solo se trata de cien años! Luego me mira por encima de unas gafas de cristales sucísimos. No me extraña que tenga que agachar la cabeza para ver el mundo por encima―. Por cierto, guapa, ¿qué tal te llevas con las cerillas?

Con el tema de las lentes, paso por alto la pregunta, y tiene que formularla dos veces.

Normal, supongo. ―No tenía ni idea de que te podías llevar mal con unas cerillas. Qué tela―. ¿Por?

Pues llévate muchas y prepárate para usarlas, porque tendrás que cocinar en un artilugio antiguo de esos en los que tienes que levantar el fuego para meter leña.

Oh. Sé a lo que se refiere: se llama cocina económica. Me encantan, y tengo que disimular mi entusiasmo al saber que voy a vérmelas con una de ellas. Creo que voy a disfrutarlo de lo lindo. Adoro las antigüedades.

Sí, es lo que suele pasar en los castillos ―comento con la voz tomada por la emoción. Me incorporo y me dirijo a la dependienta―: Entonces, ¿no has estado allí?

Claro que he estado. Adrien es muy amigo mío. ¿Vas a vivir con él?

Espera confirmación, pero la anciana nos interrumpe.

Los habitantes del castillo nunca pisan el pueblo.

Enarco las cejas. Solo le ha faltado escupir al suelo. La dependienta golpea el mostrador con la mano que sostenía mi bolsa de croasanes.

Claro que no quieren pisarlo, Madame Roche; suficiente tienen con su mierda para llevarse la nuestra. Mire, ya ha quedado libre su mesa de siempre. Vaya rápido, no se la vayan a quitar, que sus amigas están al caer. ―La tal Madame Roche camina a una velocidad pasmosa para su edad. Cuando está a unos pasos, la dependienta murmura―: A caerse muertas, claro; menudas reliquias.

Me hace gracia su comentario. Voy a preguntarle por esa animadversión que se palpa en el pueblo hacia los habitantes del castillo cuando deja de limpiar el mostrador y observa a lo lejos.

Oye, no tendrás por casualidad un coche rojo descapotable superbonito, ¿verdad?

A mí, más que bonito, me parece un coñazo. La policía siempre me está parando.

Sí.

¿Aparcado en una plaza para minusválidos? Porque lo está empapelando Gus, el poli.

¿Ves?

Salgo con tal derrape que creo que hago un agujero en el suelo con los tacones. Pero, a pesar de que ruego y ruego, me la quedo. Con rima y todo, para no perder el humor. Porque cuando mi madre la reciba, me va a matar. Otra más. Espero que no lleguen todas al mismo tiempo.

En ese momento, alguien me llama, y me vuelvo para ver a la dependienta salir de la pastelería con una bolsa marrón en la mano. Los croasanes. Charlamos acerca de lo duros que son estos policías de pueblo y hacemos las presentaciones. Se llama Violet. Cuando voy a meterme en el coche, me detiene.

Ya me contarás qué tal en el castillo; siento curiosidad. No sabía que Adrien buscaba compartir su casa. Y mira que es raro, porque somos amigos. Muy amigos.

Sí, sí, ya has repetido que sois amigos. Me hago la despistada. Bastante insegura me siento ya con todo esto como para confesar mis temores a una extraña; una que parece estar marcando territorio.

Para cambiar de tema, suelto la gran pregunta que se ha formado en la punta de mi lengua hace unos minutos:

¿Por qué no bajan al pueblo los habitantes del castillo?

Me estudia durante un segundo, tras el cual suelta el aire.

Te diría que le corresponde a Adrien responder, pero si le preguntas a él, seguramente te veríamos caer en esta misma acera de una patada en el trasero, así que te propongo lo siguiente: si dentro de una semana sigues aquí, baja a la pastelería. Podré hacerte un hueco.

Oh. Gracias.

Porras. A «Casa del Terror» y «estructura que se cae a pedazos» he de añadir «casero hosco con problemas personales y entrada vetada en el pueblo». Pues vamos bien. Estoy planteándome buscar alojamiento en el pueblo vecino cuando el grupo que debatía acaloradamente al fondo de la pastelería sale de ella y viene hacia nosotras. Este es el momento en que tendría que haber desaparecido en el interior de mi coche con un buen derrape que limpiara la calzada y les lanzara la gravilla sobre sus sonrientes caras, pero en lugar de eso, aquí me quedo, a pesar de que la expresión asesina de Violet cuando escucha un «yujuuu» me asusta un poco.

Será chivata, la vieja ―blasfema, mirando en la misma dirección que yo―. Ahí vienen sus majestades a presentarse; si es que no tienen remedio. Por cierto, la que se parece a Paris Hilton no es su hija, es su mujer. No cometas los mismos errores que yo.

Violet regresa a la pastelería y a mí me rodean varios desconocidos con distintas expresiones de curiosidad.

¡Esa es! ¡Esa es la chica que dice que va a vivir al castillo! ―La anciana, Madame Roche, me señala con un dedo acusador. Y pensar que más tarde nos haremos amigas… Supongo que en este momento solo ve en mí a una integrante más del otro bando y no a la persona que los terminará uniendo.

La chica rubia, peinada con ondas que caen hasta su cintura, alcanza mi mano y me da un beso en la mejilla.

¿En el castillo? ¡Qué maravillosa noticia! Ven, doudou, ven a conocer a nuestra nueva vecina.

Nunca agradeceré lo suficiente a Violet que me advirtiera con anterioridad, porque Monsieur Le Monde, quien se presenta como el alcalde, es joven para ser alcalde, no tiene más de treinta y cinco años, pero es que su mujer, Brigitte, que es quien me ha saludado, no llega a los veinte. Los demás también son autoridades del pueblo, todos igual de simpáticos. No tengo tiempo para explicarles que, en realidad, todavía no soy vecina ni nada, puesto que no tengo casa, porque me veo envuelta en sonrisas y palabras de bienvenida que, aunque algo abrumada, me hacen sentir acogida e integrada. Y, a mí, sentirme cómoda solo refuerza mi decisión de vivir en este pueblo a toda costa.

2

¿Te parece que sigo siendo cobarde?

Hay que atravesar un pantano para acceder al castillo. Voy despacio y prestando atención, por lo que puedo fijar la mirada en dos pozas que lo rodean y que están a rebosar de agua. Hay también una zona cubierta de árboles que surgen de su interior, pero lo demás es yermo, solitario, sobrevolado por aves cuyos graznidos reverberan entre las montañas. El viento sopla en ráfagas suaves, trayendo olor a tierra y plantas, logrando imponerse al del combustible de mi motor. Desde el principio de la carretera que abandona el pueblo ya se atisba un trozo de muro, pero nada comparado a la monstruosidad que te hace levantar la cabeza cuando lo tienes delante. Detengo el coche y bajo, intentando no quedarme clavada en la tierra con los tacones, en plan espantapájaros. Me noto cada vez más nerviosa.

«A ver, Julie, ni que fueras a morirte si no te dan asilo».

«No. Solo tendría que dormir en el coche, en medio del bosque».

Alcanzo la cancela, me aferro a los barrotes y me echo a temblar. Enseguida cierro los ojos, agito la cabeza y vuelvo a abrirlos para mirarlo todo con otros ojos. Así está mejor.

El castillo es tremendo. Tal vez de dimensiones pequeñas para lo que estamos acostumbrados en Francia, pero imponente. Desde mi perspectiva, un poco ladeada, veo que consta de cuatro o cinco torres de distinto tamaño, todas aglomeradas unas contra otras, y con tejados de sombrero de bruja, ventanas amplias y cuadradas en color blanco y balcones espaciosos con suelo de cerámica. Los muros son gruesos, pero no tanto como para parecer una cárcel; la fachada, de color gris, necesita una restauración urgente. Pero, oye, el castillo es tan enorme que seguro que hay una habitación para mí, aunque sea en la última ventana de la última torre y yo tenga que dejar crecer mi melena como Rapunzel, aunque con cuidado al asomar la cabeza, no se me caiga una teja y me la abra. Se me tuerce la boca. Quizá si recogieran las tejas rotas esparcidas por el suelo y las pegaran en su sitio, no parecería tan abandonado. Menos mal que se lleva lo vintage. Y no hay nada más vintage que un castillo del siglo xvii, ¿verdad? Siglo arriba, siglo abajo. Me animo de inmediato. Pensaba que Madame Foscolo se refería a una de tantas mansiones que se construyeron antes y después de la Revolución francesa y que asemejan castillos, pero no. Se trata de un castillo de verdad.

Llamo a un timbre que parece nuevo. Espero. A través de las ramas de los centenarios árboles que protegen la construcción, veo una persona en la ventana del segundo piso, iluminada por un repentino rayo de sol. Tengo que hacer una visera con la mano para poder distinguirlo, pero cuando consigo enfocar, en la ventana ya no hay nadie.

Espero durante un rato más. Y sigo esperando, taconeando sobre un pie y sobre otro penosamente, intentando refrenar mi nerviosismo. Para hacer tiempo, abro el maletero y saco mis dos maletas. Lo cierro. Y, de nuevo, espero. Justo cuando voy a llamar por segunda vez, aparece un tipo por la puerta y respiro, aliviada. Todo bien: viene hacia mí. Hasta que gira y extrae unas llaves del bolsillo.

«Se va a subir a la moto, Julie».

«¡Despierta!».

¿Hola? ¡Hola!

El tipo se quita el casco. Me he quedado tan noqueada con sus andares que le ha dado tiempo no solo a eso, sino a acomodarse en el sillín, encenderla y quitar la pata de cabra. Vamos, que un poco más y reacciono cuando está ya en Okinoshima tras dar la vuelta al mundo.

Pero ¿todavía estás aquí? ―inquiere, sorprendido.

¡Sorprendido!

Claro. He llamado. ―«Obvio, Julie. Venga, continúa, y a ser posible, con más de tres palabras, que se note que has estudiado en Harvard»―. Soy Julie. Julie Dufresne.

En fin.

Gracias por venir, pero la habitación ya está ocupada ―proclama, justo antes de volver a ponerse el casco.

Me quedo en shock durante unos segundos. Esto tiene que ser una pesadilla; mis peores temores se están haciendo realidad. Pero reacciono de inmediato, atropellándome con mi propia lengua.

¿Perdona? Vengo de parte de tu tía. Hemos hablado esta mañana. Soy Julie Dufresne…

Por mí, como si te llamas Pepito Grillo.

Lo dice sin necesidad de alzar la voz porque ya está junto a la puerta, a lomos de esa moto que parece un mastodonte. ¿En serio? Qué tío tan borde.

Pero… tú dijiste que sí esta mañana. ¿Recuerdas?

He hablado con él antes de venir. No puede haberlo olvidado, ¿no? Una conversación telefónica tiene que servir como aval de… de…

Ay, por favor, que sea un error; por favor, que sea un…

Sí. Y te repito que ya no necesitamos inquilino. Gracias.

Pero es que yo necesito una habitación. ―Me importa tres pimientos mi tono desesperado. Ni siquiera me importa delatar mi terror cuando se quita el casco (de nuevo) y su rostro muestra un atisbo de pena al verme agarrar fuerte los barrotes, como si intentara abrirlos con mis brazos enclenques―. Además, esto no se hace así. Abre la cancela y dímelo a la cara, al menos. Cualquier otra opción es de cobardes.

No sé de dónde sale ese rapto de valentía por mi parte. Al parecer, la desesperación arrambla con los principios morales más arraigados en cada uno. Mi orgullo, desde luego, está por los suelos. Pero funciona. El chico apaga la moto, se apea y se acerca a mí sin dejar de mirarme fijamente. Por último, abre la cancela con la mano.

Una vez sin barrotes entre nosotros, me quedo muda. Su belleza es atronadora. ¿No lo había dicho? Pelo rubio corto, mandíbula esculpida, ojos azules, labios que… Al revés lo describo mejor: ¡qué labios!

Aquí no hay habitaciones libres ―pronuncian estos en cuestión―. ¿Te parece que sigo siendo cobarde?

Hasta su voz es preciosa: ronca, con un matiz desgarrador, como si acabara de levantarse de la cama tras una noche de fiesta. «Julie, que esa voz te está mandando a dormir debajo del puente. Del puente sobre el pantano que hay a tu espalda, concretamente». Vale. Tengo que recomponerme, dejar de mirarle la boca y usar todas las neuronas que mi ciento cincuenta de cociente intelectual me permita.

Pero he venido hasta aquí. Ahora no me puedes mandar de vuelta. Además, es muy fácil no actuar con cobardía cuando te enfrentas a alguien de mi tamaño.

A ninguno de los dos se nos pasa por alto que él mide casi dos metros. Y yo alcanzo el uno sesenta de milagro. Es decir, que eso de «hablar cara a cara» es una expresión imposible para nosotros; frente a mis ojos lo que queda es la cremallera de su cazadora de cuero. Debemos de pensar lo mismo, porque en su boca queda un rastro de humor (¿es eso su versión de una sonrisa?) en respuesta. Luego, como si se diera cuenta de que está siendo simpático, el ceño vuelve. Ojea su reloj con nerviosismo.

Mira, no te quiero ofender, pero tengo bastante prisa.

Bien ―interrumpo, poniendo un pie en la cancela para que no pueda cerrarla―. Pues en cuanto me enseñes mi habitación, podrás irte.

Ya tengo agarradas mis maletas para mostrar mi buena disposición y ocultar los últimos aleteos de mi desesperación. Si vuelve a rechazarme, no sé qué haré: ya he agotado las opciones que preservarían mi integridad. Estoy tan nerviosa buscando alternativas que no me doy cuenta de que el amigo me examina con ojos divertidos.

Eres cabezota, ¿eh? ―Luego se yergue, como si hubiera tomado una resolución―. Es una cualidad que respeto. Yo soy igual. Sígueme. Además, tengo mucha prisa. Te la enseño y me piro.

Suspiro de alivio. De hecho, podría haberme derrumbado ahí mismo y, de paso, besarle los pies, o gritarle «gracias» eternamente, o hacerle una mamada o… ¿Qué estoy pensando? Espabilo con el sonido de sus pasos alejándose. Cargada con mi equipaje, lo sigo, luchando contra el entramado de zarzas que plaga el suelo entero. Mis medias se han ido al carajo antes de dar el quinto paso. Apunta: nada de medias en el castillo. Ahora eres como Cenicienta.

¿No hay otro camino un poco menos… accidentado? ―le grito mientras trato de recuperar mi pelo de un tallo de rosa repleto de espinas.

¿Ya empiezas a quejarte? Un poco pronto, ¿no, Minnie Mouse? ―replica sobre su hombro. Me molesta un poco su referencia a mi estatura, pero tampoco estoy en situación de protestar. Ni siquiera reduce el paso, el muy simpático. Al menos parece haber asumido que estoy aquí para quedarme.

Tras atravesar las enormes puertas de la entrada, penetramos en un vasto zaguán, iluminado por una gran lámpara de araña cubierta de polvo y telarañas. Aparte de las paredes, forradas de papel de flores parcialmente arrancado, no hay un solo mueble.

Señala las puertas a ambos lados sin llegar a detenerse.

Ahí viven Edgar y su nieta, Anne. A ella no la verás mucho, y él siempre habla a gritos porque es sordo, pero por lo demás, es inofensivo. La otra área está deshabitada.

Subimos al primer piso por una amplia escalera en curva, revestida de mármol y con barandilla negra enrejada. Me doy cuenta de que la construcción está dividida en más de una vivienda, algo lógico, por otra parte. Cuando llegamos arriba, el chico abre una puerta blanca con pomo dorado, y me quedo boquiabierta. Y aliviada. El lugar está reformado, pero se ha conservado lo esencial: las paredes llenas de molduras en tonos pasteles, el suelo de ajedrez y las lámparas que cuelgan de unos techos altísimos. Se han sustituido los pesados cortinajes por visillos ligeros de algodón y se han retirado las alfombras, los tapices y los cuadros, por lo que el espacio, dividido en dos zonas, resulta amplio y acogedor. A pesar de parecer del siglo pasado, el mobiliario está limpio y ordenado, incluso la lámpara de latón con patas de pulpo y tulipas. Hay hasta una chimenea, y un televisor de pantalla plana frente a un sofá de tres plazas con chaise longue. Todo lo demás, sin embargo, podría haberse encontrado dentro del Palacio de Versalles, tanto las sillas acolchadas como la mesa de patas barrocas. Cada habitación disfruta de una ventana alta y alargada por la que penetra la luz, y la tecnología en la cocina no la envidia ni el restaurante del Ritz.

¿Dónde está la cocina económica? ―pregunto, frotándome las manos.

¿Qué cocina económica?

Mi posible casero me mira como si le hablara en otro idioma. La de la Edad Media, quiero decir. Maldita anciana de las agujas de bordar y las gafas ahumadas. A la decepción, al comprobar que la cocina es de último modelo, sigue el alivio. «¿En qué pensabas, Julie? Tú, en una cocina económica, serías capaz de prender fuego a un castillo que ni tres siglos han conseguido derribar».

Le digo a mi futuro casero que no me haga caso y doy una vuelta por la cocina. Me gusta. ¡Me encanta! El niño bonito recorre cada estancia y yo babeo tras él, rogando que no me pida demasiado papeleo para vivir aquí.

Pues menos mal que no tenías habitaciones libres ―comento, tras dar un paseo por esta fortaleza descomunal y contar tres solo en este tramo. Y eso, porque la otra mitad está cerrada a cal y canto.

Hace caso omiso de mi comentario.

Esta será tu habitación ―me indica, abriendo una puerta―. Tendrás tu baño, que queda en el pasillo, y yo, el mío. La vivienda es grande, por lo que, con suerte, no tendremos ni que vernos las caras.

Si pensaba que en algún momento podríamos ser amigos, su último comentario lo aclara todo. Tengo ganas de decirle que no hace falta ser tan borde, pero la idea se me va de la cabeza en cuanto entro en mi cuarto.

Me puedo imaginar ahí, en ese reducto de seis metros cuadrados, asomada al balcón que da a un jardín lateral repleto de glicinas y limoneros. Aquí, como en el resto de las habitaciones, no hay molduras, sino la pared de piedra beige original y el suelo de madera. Del techo cuelga una lámpara de araña de color lila, a juego con el estampado de las cortinas. Pero lo que más me gusta es la cama con dosel y colcha abullonada, con sus cuatrocientos cojines lilas. Me apuesto la ropa interior a que este debía de ser el saloncito de verano de la reina. El cielo se ha tornado gris, pero por la ventana se filtra el trino de los pájaros que vuelan de rama en rama en el jazminero que la rodea. Imagino un sillón justo delante del balcón y una mesa portátil al lado para apoyar la taza de café por las mañanas. Es perfecta. Hasta tiene repisas para guardar mis joyas. Siento tal bienestar que tengo ganas de lanzarme sobre mi casero y abrazarlo como muestra de agradecimiento. Por suerte, no lo hago. Seguramente me hubiera lanzado por la ventana.

Cuando me doy la vuelta, lo pillo con la vista fija en un punto concreto de mi anatomía. Vamos, que me estaba mirando el trasero. Cuando se ve descubierto, se limita a preguntar con naturalidad:

¿Te gusta?

Me encojo de hombros, con ganas de devolverle: «¿Y a ti?».

Ven, por aquí está el baño. La calefacción es eléctrica, pero el termo es bastante grande y da para que nos duchemos los dos con agua caliente. O, si lo prefieres, nos duchamos juntos y así ahorramos.

Y se da la vuelta sin más. Por eso no soy consciente, hasta más tarde, de su comentario, el cual me tranquiliza. Mi posible compañero de piso posee sentido del humor.

Pasamos por el cuarto de lavado (sí, existe, con tres lavadoras) y el baño, todo de importantes dimensiones para lo que suelen ser las casas en París, y más en este pueblo alejado de todo. Un pueblo enano, apretujado entre montañas, con solo subidas y bajadas y faroles amarillos en cada esquina.

Termina el tour en el salón, junto a la puerta de entrada, donde reposan mis maletas. Lo veo coger un manojo de llaves de la mesa y enfrentarme, clavándome sus ojos claros. Me explica las condiciones y yo acepto haciéndome la indiferente. Ay, chico, si tú supieras.

No te pediré papeles. Todo aquí está a mi nombre, por si tuvieras algún problema. Los documentos están en ese cajón, ordenados por carpetas y etiquetados. Aquí está la contraseña del wifi. ―Señala una hoja y, a continuación, sin variar la expresión, pregunta―: ¿Tienes novio?

Parpadeo varias veces. Esa pregunta no me la habían hecho nunca.

Sí ―miento. Porque si él puede ser chulo, yo más. Todo muy maduro.

Puede quedarse alguna noche ―concede, al cabo de unos segundos de mirarme a los ojos, lo cual me hace sentir rara―, pero no he alquilado una habitación de matrimonio. ¿Estamos?

Creo que mi cara transita por toda la gama de rojos. Pensaba que me había pillado.

¿Y tú? ―pregunto, cruzándome de brazos. Ahora que tengo un techo sobre mi cabeza, me envalentono―. ¿Tienes novia?

No tengo tiempo para novias ―espeta con tranquilidad, pero la piel de su cuello enrojece, cosa que me alegra.

Al momento, me siento un poco estúpida. Me aparto el pelo de la cara y me humedezco los labios antes de hablar.

No era por curiosear, es solo que he tenido alguna mala experiencia y…

Para mi sorpresa, ni siquiera me escucha; simplemente se limita a mirar hacia su reloj deportivo.

Pues otro día me lo cuentas, ¿vale? De todos modos, no esperes que hagamos fiestas de pijamas con helado y esas cosas. Soy bastante independiente.

Vale, no te preocupes, ni siquiera te enterarás de que estoy aquí y…

Mi voz se va apagando porque él no me presta ninguna atención. Ha arrancado una hoja de cuaderno y se dedica a escribir de manera rápida.

Me tengo que ir. Aquí está mi número de móvil, para lo que necesites. ―Deja el papel sobre la mesa y luego me mira de nuevo―. Por cierto, dos cosas: en la parte trasera hay animales. Pocos, solo una vaca, una oveja y un cerdo, de cuando yo era crío y mi padre me consentía todos los caprichos.

¿Todos los caprichos, como un castillito de verdad?

Oh. No te preocupes, no tengo ningún problema con…

Él me interrumpe poniendo un dedo delante.

No los molestes. ―Me callo. ¡Qué agradable es mi nuevo compañero de piso, coño!―. Y dos: no entres en mi cuarto.

Lo sé ―ahora soy yo quien lo interrumpe―. No tienes tiempo de limpiarla y huele a orco muerto en batalla, de cuando la Tercera Edad de la Tierra Media. No te preocupes.

Lo miro. Y entonces sonríe de lado con una mueca, mezcla de chulería y apreciación, que me descoloca.

Bienvenida a casa, Julie. Creo que vamos a llevarnos muy bien.

Gra… gracias ―respondo a la puerta cerrada.

3

Vaca, cerdo y oveja. Eso son tres contra una. Mierda

En cuanto me quedo sola, una sensación de bienestar me invade. Hasta doy una vuelta sobre mí misma, admirando mi nuevo hogar. Y luego otra. Bailo un poco mientras tarareo Cuando llego a casa, de Fonseca.

Cuando llego a casa,
llegan los momentos,
llegan las canciones
y encuentro el más puro
sentimiento.

Dejo de bailar con un suspiro y escucho. El silencio del campo colándose por la ventana abierta; el chirrido de la cancela; el motor acelerado de una moto que se pierde en la lejanía. El alivio que me invade es tan brutal que miro al cielo y susurro un «gracias, Adrien, gracias, gracias, gracias». Todo es perfecto. Este salón limpio con olor a jazmín, la brisa fresca (helada, en realidad, pero da igual) que hace bailar las cortinas y trae consigo un mugido lejano. El cencerro en la distancia (mucha, espero). Hasta mi compañero de piso barra casero es perfecto. Sobre todo, el hecho de que no lo veré mucho.

Oye, princesita de Beverly Hills, ¿el Maserati aparcado en la puerta es tuyo?

Me giro tan rápido que casi me desnuco. ¿Cómo lo ha hecho? Me da tal susto que me pongo a la defensiva.

¿Podrías dejar de ponerme motes tontos?

¿Es tuyo? ―insiste sin hacerme caso―. Porque si te compras un Maserati, no puedes ir dejándolo por ahí en medio de la nada.

Esa sí que es buena.

¿Quién me lo va a robar?, ¿una oveja?

Pongo los brazos en jarras, y él responde con un gesto de: «¿Para qué insistir?». Me quedo pasmada. Hasta a eso sabe darle aire chulesco.

Te lo he metido dentro.

No irás a coger mi coche ―le advierto, levantando mi dedo minúsculo.

No tengo tiempo ni de indignarme antes de que Adrien alce el suyo (enorme) con mis llaves colgando de él y las deposite en la mesa.

Ya lo he hecho. He subido, he cogido las llaves y ahora te las devuelvo. No te has dado cuenta porque estabas demasiado ocupada haciendo ese movimiento a lo RoboCop.

¿RoboCop? Estaba bailando, capullo.

Se va al trote, descojonándose. ¡Y qué risa tiene, tan ronca, tan irónica, tan sobrada, tan…! Pues igual no me importaría tener más contacto con el compañero de piso barra casero, oye.

Lo primero que hago es quitarme los zapatos. Luego coloco mis cosas en la habitación mientras recuerdo la visita de Madame Foscolo a la joyería. La mujer es clienta fija. Suele situarse a mi lado y observarme trabajar mientras me cuenta su vida. Yo apenas la escucho, pero esta mañana estaba descentrada por la falta de sueño y porque me había quedado sin casa, así que presté atención cuando comentó que buscaba inquilino. Fácil, ¿no? Como caído del cielo. En un castillo. Con su sobrino. Nos fuimos a charlar a una cafetería cercana y siguió contándome, ya con todo mi interés, además de mi atención. El chico es albino. Tiene diecinueve años. Vive solo en un castillo.

Y ¿pide algún tipo de papeleo para el alquiler? ―Fui a lo importante. Porque mi sueldo no triplica el precio del alquiler de una casa y no quería tener que pedir a mi madre un aval.

Para nada. El castillo es suyo. Era de su padre, pero se lo cedió antes de abandonarlo. Entonces…

¿Quién había abandonado a quién? ¿Y a mí qué me importaba? Estaba claro que a la mujer había que centrarla.

¿Y no le molestará compartir espacio?

En absoluto. Si quieres, hasta te doy las llaves. ¿Cuándo quieres mudarte?

¿Hoy es demasiado pronto?

Le supliqué que lo llamara para confirmar y me hizo llamar a mí. Hablé con el chico y no hubo problemas.

Cuando termino de colocarlo todo, me asomo al balcón y respiro un aire que huele a infancia. Fuera, todavía es de día, por lo que decido bajar a investigar cómo de mal lo tengo. Vaca, cerdo y oveja. Eso son tres contra una.

Mierda.

Tienes sangre española, Julianne, tú puedes con todo. Vamos, que como se ponga farruca la vaca, la toreas y punto.

Mi conciencia es la leche. Pero es que no me entiendo con los animales. Existe una barrera comunicativa entre ellos y yo que… pues eso, que no nos entendemos. Yo digo: «No te acerques, no te acerques», y ellos se acercan. Como si lo olieran.

4

La Bella y la Bestia

Eres un embustero ―ataco a Adrien en cuanto cruza el umbral―. Edgar no es sordo.

Le apunto con una espátula sucia; llevo el pelo recién lavado, disparado en todas direcciones, y un pijama de Simba. Él me echa una ojeada que refleja sorpresa mientras posa una mochila en el suelo y se deshace de la cazadora. Luego se dirige al salón. Lo sigo sin piedad.

Mierda. Se me había olvidado que tengo a la princesita de Beverly Hills en casa. ―Se sienta en una silla para quitarse las botas―. Ya me ha dicho Edgar que has sufrido un accidente con Melinda: casi la matas del susto a la pobre. Ten cuidado la próxima vez, que es anciana.

¿Tendrá morro?

No tiene gracia. ¡Me ha corneado!

¿Te ha corneado? ―Se extraña.

Bueno, no. Pero casi; y por su culpa me he llenado de sus defecaciones hasta la cintura, al desmayarme de la impresión. ¿Cómo iba yo a saber que la vaca tiene fobia a las voces agudas? Además, si tú no me hubieras dicho esa tontería de que Edgar es sordo yo no hubiera llegado gritando a pleno pulmón. Solo quería presentarme. He tenido que tirar la ropa que llevaba y ducharme entera.

Sí, es lo que suele pasar cuando te duchas, que lo haces entero.

Parece cansado. En cuanto se descalza, se yergue en la silla con un gruñido y presiona con dos dedos el puente de la nariz. Me fijo en el tatuaje que luce en el cuello, debajo de la oreja, y en su pelo empapado.

¿Está lloviendo? ¿Por qué traes el pelo mojado?

Me mira con unos ojos tan penetrantes que estoy a punto de retirar lo dicho, aunque no sé por qué.

¿Y tú no eras rubia hace unas horas? ―contraataca, de camino a la cocina―. No me contestes, no hace falta que nos demos explicaciones.

Ah, sí, el tema de no vernos las caras. Vamos, que no tiene interés en averiguar nada de mí. Lástima que yo sí sienta curiosidad por él. Tengo que morderme el carrillo para no reír. Vaya con el compañerito. Lo que no sabe todavía es que se ha topado con la mismísima Santa Inquisición. ¡Que no pregunte, dice!

Tiempo al tiempo.

Me pongo los cascos y sigo fregando los platos que he dejado a medias al oírlo llegar. Es tardísimo, pero él comienza a prepararse la cena: un montón de verduras a la plancha con mil condimentos y algo que parece tofu. Mientras la comida se hace en la sartén, Adrien se bebe un envase entero de leche, a morro. Alma cándida. Si es que, ahí donde lo ves, el niño solo tiene diecinueve años, aunque no los aparente. Podría invitarlo a croasanes, pero mejor no. Ha dejado bien claro que solo compartimos espacio y facturas; él más que yo, espero.

Oye ―me quita el auricular de la oreja y lo miro con las cejas alzadas y las manos llenas de detergente―, puedes poner música en el altavoz del salón. Esta también es tu casa.

Una tregua, ¿eh? No soy rencorosa, así que la acepto con un encogimiento de hombros.

Vale. ¿Qué te apetece?

Lo que estuvieras escuchando tú.

Me seco las manos y selecciono una canción, de modo que la casa se llena de los primeros acordes de La Bella y la Bestia, por la cosa del castillo. Él es la bestia, por supuesto. Al volver a la cocina, me pongo a secar los platos, aunque me cuesta aguantarme la risa. Más aún cuando veo que él también la reprime (se le marcan las mejillas), pero no dice nada. Voy colocando la vajilla en su sitio tras secarla, a pesar de que hay friegaplatos. Estoy terminando cuando se me ilumina la mente: el niño bonito tiene un rollete y por eso ha llegado con el pelo así, porque se ha duchado antes de venir. ¿Violet, tal vez? Era tan evidente… Quiero darme de cabezazos. Y yo pidiéndole explicaciones.

La canción termina, y de manera automática continúa una de mis listas de reproducción favoritas.

Me voy a dormir ―murmuro.

Cojo un paquete de pipas y me derrumbo en el sofá, donde suspiro al escuchar a Doris Day cantar Qué será, será. Me encanta esta canción. Mi madre nos la ponía a mis hermanas y a mí cuando éramos pequeñas. Hablando de hermanas. Cojo el móvil y le mando un mensaje a Florence para avisar de que estoy bien. A continuación elijo una novela y comienzo a leer. La lista de reproducción termina y los ruidos en la cocina cesan. De reojo, veo que mi nuevo compañero se aleja por el pasillo, concentrado en su móvil. Una puerta se cierra. Me embebo por completo en el libro, pero no llevo ni cien páginas cuando mi mirada recae en una pequeña grieta entre dos bloques de piedra, junto a la ventana. Algo comienza a hacer runrún en mi cabeza.

Me pongo a cuatro patas en el suelo, pego la mejilla a la porcelana y bizqueo hacia el interior, pero no veo nada. Porras. Un rato después, vuelvo a hacer lo mismo, pero esta vez pertrechada de la linterna del teléfono y un cuchillo que introduzco en el agujero, el cual parece más profundo de lo que esperaba.

¿Qué haces?

Me incorporo con un grito. Mi móvil sale disparado hacia el techo y cae de lleno en mi cabeza.

¡Ouch!

Me froto el lugar del impacto. Dos accidentes el mismo día. A este paso, la próxima vez que salga del castillo lo haré en un coche fúnebre.

¿Estás bien?

La pregunta denota preocupación sincera; lo que no es sincero es el tono, un tanto guasón, acompañado de una sonrisilla contenida. Lo miro con cierto resquemor, pero este se evapora al verlo ahí, junto a la mesa, con esa pose chulesca y esa manera de ponerse la cazadora y guardarse las llaves en el bolsillo.

No es nada. Al menos ha sido con el móvil y no con el cuchillo.

¿Qué hacías? ―repite.

¿Tú qué crees que hacía? ―pregunto, con una brusquedad impropia de mí, pero es que no entiendo por qué ha irrumpido así, de la nada, dándome un susto de muerte.

Yo qué sé. Eres tan rara que igual estabas cazando ratones.

Ahora sí, su sonrisa se amplía, incapaz de contenerla.

¿Los hay? ―¡Como en Cenicienta! Mi mente es asaltada por un flash de simpáticos ratoncitos confeccionando vestidos, por eso me olvido de que me ha llamado «rara», un adjetivo que odio porque me lo han aplicado demasiadas veces, y por el que suelo estallar en llamaradas. El flash acaba y vuelvo a tropezarme con la grieta y sus tesoros―. No, estaba buscando las joyas de Diana de Poitiers. ¿Sabías que fue la amante de Enrique II? Y este le legó este castillo a su muerte. Pero su viuda, Catalina de Médici, la invitó educadamente a abandonar el castillo y devolver sus joyas, y Diana lo hizo, lo abandonó, pero dice la leyenda que antes escondió las gemas que el rey le había regalado tras una de estas piedras. ¿Conocías la historia?

La conocía, lo que me extraña es que la conozcas tú. Precisamente ese «regalo» fue lo que salvó este castillo de la destrucción durante la Revolución francesa, al no pertenecer a la Casa Real ―me cuenta mientras saca la capucha por fuera de la cazadora y se la pone por la cabeza―. Si las encuentras, me lo dices.

¿Para qué?, ¿para venderlas?

No, para esconderlas. No quiero más escándalos con el castillo: esto se llenaría de periodistas y la gente del pueblo se volvería más loca de lo que está. ―Abre la puerta de la calle y me mira, con la mano en el pomo―. ¿No te ibas a dormir?

Echo un vistazo al sofá con lástima, pero la lástima nunca me ha ayudado a conciliar el sueño, así que me la sacudo con rapidez.

Sí. Ahora. En cuanto me entre el sueño. Morfeo me odia; debo tener paciencia con él.

Genial. Pues yo me voy ya, que llego tarde.

El señor «llego tarde», voy a empezar a llamarlo. Parece el conejo blanco de Alicia, siempre con el «me voy, me voy, mevoymevoymevoy». De pronto, en mi cerebro aflora la idea principal: que se va. ¿Cómo que se va? Y ¿cómo soy tan tonta para no haberme dado cuenta de la ropa bonita que lleva, su pelo engominado y el olor a jabón que desprende? Y el aire distraído que ha mantenido durante toda la conversación. Por si la maleta que arrastra no hubiese sido suficiente pista.

¿Te vas? ―inquiero, sin poder disimular mi alarma―. ¿A estas horas?

¿A por otro polvo?

Sí. Volveré el miércoles.

Uy. Esos son muchos polvos. Me levanto de un salto. Esto es serio.

Pero ¡si ya estamos a miércoles! ¿Te marchas una semana entera?

¿Adónde?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué? Por los pelos logro refrenar el interrogatorio digno del FBI, pero el intento me deja trastornada. Es como si mi estómago hubiese expulsado una gran bola que debo contener en mi boca solo con la fuerza de mis labios. Así actúa mi curiosidad desmedida. Pero tengo veinticuatro años. Sé controlarme. ¡Tengo que controlarme!

Mi compañero de piso ya ha sacado la maleta y medio cuerpo fuera de casa.

Te las apañarás, Minnie Mouse ―vaticina, más seguro él que yo―. Solo acuérdate de cerrar bien las ventanas y la puerta; no queremos que entre un dragón y te rapte. No vaya a ser que al volver me encuentre una casa apacible y ordenada, sin princesitas en busca de ratones escondidos.

¡No buscaba ratones!

Que trate de defender mis impulsos cuando se avecina sobre mi cabeza la monstruosa realidad de que voy a dormir sola una semana entera, en un castillo aislado e inmenso, es el tipo de cosas que me ocurre a menudo y que no sé controlar. Porque, aunque yo viva aquí, mi cabeza lo hace en el Polo Norte, y traerla de vuelta es como arrastrar a mano un tren de mercancías. Cuando vuelvo a mirar, él ya no está y la puerta permanece cerrada. Aunque con retraso, me percato de que ha vuelto a hacerlo: guiñar el ojo y cerrar la puerta a cualquier réplica. Voy a tener que exigirle que deje de hacer eso.

Todos los Secretos del Mundo.

 

«Sufrí un accidente de tráfico y permanecí en coma durante cuatro meses. Cuando desperté, todo el mundo dijo que era un milagro. El problema es que lo hice sin recuerdos».

Tras cuatro años de recuperación, Angie por fin puede decir que se ha forjado una nueva vida. Atrás quedó el vacío, la soledad y, sobre todo, la persona que fue.

Su deseo es no recuperar jamás a esa mujer.

Lo que nunca imaginó es que la aparición del hijo menor de sus jefes fuera a revolucionar su apacible nueva vida.

Daniel regresa a su hogar, tras siete años de ausencia y con la firme intención de dejar las cosas claras a su familia: no va a quedarse, por mucho que insistan.

«No existe absolutamente nada que me haga regresar».

Lo que nunca imaginó es que, una vez allí, se daría de bruces con su pasado.

Una novela que aúna amor, traición y todos los secretos del mundo.

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