Empieza a leer Todos los Saltos del Mundo (Serie París 1)

 

 

 

1

Los Leblanc no pisan el pueblo

Conduzco como en un rally, sin despegar el pie del acelerador. Estas carreteras serpenteantes que atraviesan la Vallée de Chevreuse son ideales para ello. Siento el viento azotar mi cabello y el olor a hierbas de montaña, lo cual me hace sentir bien; más que bien. En la radio suena À la campagne, de Bènabar. De pronto un sonido se eleva por encima del rugido del motor, cortando la música, y bajo ligeramente mis gafas de sol para ver quién me llama.

Florence.

¡Hola, hermanita! Me estoy mudando a un castillo ―le explico al manos libres.

¿Dónde estás? He ido a tu casa y me han dicho que ya no vives allí. Maldita Gárgola. Casi saco los colmillos y me la como, aunque luego me envenene.

La Gárgola era mi compañera de piso hasta hace exactamente doce horas.

No llames así a… a…

Diantres, ni siquiera conozco su nombre real. La llamamos así porque va encorvada, los brazos le llegan al suelo y tiene cuernos. Bueno, no tiene cuernos, pero de su boca solo salen cosas malas, como de los desagües. Además, te mira con unos ojos saltones que dan mucho miedo.

Ha dicho que eres una ladrona y que tienes el síndrome de Diógenes. La llamaré como quiera.

Alucino. ¡Si somos las mejores amigas! Más que eso, porque nos cuidamos mutuamente. Fue la primera persona a la que llamé cuando se me pinchó una rueda del coche; siempre baja a comprarme las pastillas mágicas para el dolor de regla, y no le importa compartir sus cereales conmigo. Ahora que lo pienso, tal vez la relación sí fue un poco unidireccional.

Me muerdo el labio.

¿Eso ha dicho?

Sí. Y luego, que te ha echado, aunque no me lo he creído.

Ahogo una exclamación. Como pille a… a…

De eso nada. Me he ido yo.

Eso le he contestado yo. ¿Qué ha pasado?

Porras, me he perdido. Con la llamada, se me ha desactivado el GPS y no logro recuperarlo.

No tengo tiempo para contártelo ahora, pero te resumo: ¿te acuerdas de que anoche os pregunté si creíais que la Torre Eiffel se quedaba encendida por la noche? Fue en el chat, ¿te acuerdas? Pues resulta que sí. Fui a mirar. Pero no me di cuenta de que llovía y…

No me digas que saliste de casa para comprobarlo a las doce de la noche. ¿No se te ocurrió buscar en Google?

No. Ni que San Google retransmitiera en directo. ―Qué tontería de pregunta―. Sigo. Como te decía, fui, y al volver, sonó un trueno, así que decidí acortar por el cementerio de Passy, para no dar toda la vuelta, pero como estaba cerrado tuve que saltar la verja. Total, que había un vigilante y tuve que esconderme. ¿Tú sabías que había vigilancia? Estuve ahí dos horas, Flo, hasta que el buen hombre se alejó de la zona. Y me empapé, claro. Con barro y todo. No encontré ni un solo mausoleo donde meterme. ¡Y eso que tiene ochocientos treinta y siete!

Escucho un bufido a través del aparato.

Solo a ti se te ocurre buscar un mausoleo para guarecerte en mitad de la noche. Pero ¿por eso te echó tu compañera de piso?

No. Sigo. Total, que llegué a casa a las cinco de la madrugada, empapada, embarrada, y con mucho frío. Y pensé que me vendría bien una ducha. Me metí en el baño, y me lavé la cabeza con el champú de la Gárgola

¿Se te había acabado el tuyo?

No. Pero es que el suyo me olió muy bien. Tiene una mezcla entre… Total, que me lo puse, y ya que tenía en las manos, pues me puse también en el cuerpo. Y no hubiera pasado nada si no fuera porque me he despertado rubia. Por cierto, ¿tú sabías que en la farmacia Saint Honoré elaboran fórmulas magistrales de champús? ¿Y que existen champús específicos para rubias? Y como me lo puse también en el cuerpo, pues imagínate cómo ha quedado la cosa ahí abajo.

Pero si te hiciste el láser hace años.

Ya, pero ahí me dejé un trocito; para adornar la bodega, más que nada. ¿No te lo he enseñado? ―Estoy entrando en un pueblo que no sé cómo se llama, así que reduzco la velocidad mientras me fijo en el entorno―. De todos modos, era demasiado tiquismiquis con sus cosas, Florence. Mejor así.

La verdad es que tenía muy poca paciencia contigo. Mala Gárgola.

Eso es. ―Espera, ¿lo ha dicho con retintín? ¿A qué se ha referido? Voy a preguntárselo, pero me despisto. Me hallo en un pueblo muy bonito, con sus calles empedradas y las casas pegadas unas a otras, los balcones llenos de flores. Los comercios lucen sus nombres en carteles de madera con letra de imprenta, y han sacado el género a la acera. Localizo una frutería, por lo que detengo el coche en un bordillo. Activo el cierre automático y me adentro en el establecimiento mientras reanudo la conversación con mi hermana―. Así que me mudo.

O sea, otro cambio de aires de los tuyos ―resume.

Algo así. Ah, y lo he dejado con Dan.

¿Dan? ¿No se llamaba Trent?

¿Ves como no me escuchas? Con Trent corté hace mil años. Por cierto, tengo que colgar, que estoy llegando.

Al castillo.

Al castillo. ¿Por qué estás tan a la defensiva?

Porque sé que te vas a perder por el primer pasillo que encuentres: tu orientación da pena. ―No puedo rebatir eso. Me quedo pensando en si el dueño tendrá un mapa mientras ella continúa―: Llámame en cuanto estés allí, ¿vale? ¿Llevas el móvil?

Lo tengo en la oreja.

Bien, bien. Y, por cierto, con Trent salías en noviembre, así que no hace tanto.

Colgamos. La pobre tiene sus razones para preguntar. En un año y medio, he pasado por tres pisos compartidos y cuatro novios. ¿Novios? Eso era lo que decían ellos; vamos, que a mí tampoco es que me importara la etiqueta que le pusieran.

Cuando llega mi turno, deposito una manzana en el mostrador y pregunto cómo llegar al castillo. El tendero pone mala cara.

¿Solo una?

Pues sí. Solo una. ―Me dan ganas de decirle que, si no es más amable, no me llevaré ni una. Pero tengo antojo de manzana―. ¿El castillo, por favor?

Aquí no tenemos castillo.

Estoy a punto de meterle la manzana en la boca, como a los cochinillos, pero su mujer lo salva. Sé que es su mujer porque se nota. Forman uno de esos matrimonios que, de tanto tiempo juntos, se parecen hasta en el físico. Nariz redonda, mofletes redondos, barriga redonda. Parece mentira que vendan frutas y verduras.

François, la muchacha pregunta por el antiguo castillo de Coubertin, el que linda con la granja de Alexandre Brant y la abadía de Souternes. ―Luego me explica, con una creciente acritud que me cuesta comprender―: Antes sí era un castillo. Antes todo era esplendor y cortinajes y muebles de estilo antiguo. Ahora no es más que un pantano debajo de una estructura que se cae a pedazos. Lo único que se mantiene en pie son los muros, esos sí que no los derriban, no vaya a ser que se cuelen las visitas guiadas; como si hubiera algo que mirar allí, ¿verdad, François? Pero ese desagradable de Leblanc lo ha dejado morir todo. Ahora solo sirve para que los niños del pueblo jueguen a la Casa del Terror.

De la parrafada que, con toda su buena intención, me ha lanzado la mujer, solo me quedo con una cosa. ¿Quién es Leblanc?

Me meto en el coche con la manzana y tardo un momento en arrancar. «Estructura que se cae a pedazos», «Casa del Terror». Madame Foscolo, ¿dónde me has metido?

Al final, con toda la milonga del castillo y su antiguo esplendor, se les ha olvidado explicarme cómo llegar, pero entonces, a pocos metros, veo una pastelería. Aparco justo en la puerta.

Guardo mis pertenencias en el bolso y salgo del coche. Entrar en esta pastelería es como dar un salto en el tiempo y retroceder cien años. O no; tal vez sea lo más acorde al pueblo. Quizá por eso está a rebosar. En este momento todavía no sé que es el principal punto de reunión, donde se toman las decisiones más importantes, y que el edificio del ayuntamiento solo está de adorno, pero estoy a punto de averiguarlo.

Hay una chica tras el mostrador y varias personas delante de mí, por lo que me sitúo a la cola y aguardo mi turno, sin prestar atención al debate que se desarrolla en el fondo del local, donde las mesitas de madera y sillas con cojines de colores. Disfruto del aroma a café, azúcar tostado y canela que impregna estas cuatro paredes y de su atmósfera cálida. A mí, en condiciones normales, no me cuesta mucho abstraerme, pero este lugar irradia un encanto especial.

Al cabo de un rato, la camarera prepara mi pedido.

¿Vas a vivir en el castillo? ―me pregunta una voz huraña a mi lado. Despego la vista del móvil y la clavo en una anciana con gafas que se ha apostado junto a mí, teléfono en mano. A sus pies descansa una cesta de la que sobresalen agujas que parecen espadas. ¿Cómo lo ha sabido?―. Me lo acaba de contar la cartera, a quien se lo ha contado la hija del pescadero, que estaba comprando en la frutería de François mientras hablabas con su mujer.

Guardo el móvil y sonrío, un tanto sorprendida por el despliegue de información, digno de un canal de periodismo. Sin embargo, cuando voy a hablar, se me adelanta la dependienta:

Madame Roche, sea agradable, por favor. Castillo o no, es una clienta de la pastelería.

Paparruchas. Seré agradable con quien me dé la gana, niña. ¿Entonces? ¿Es cierto? ¿Vas a vivir en el castillo?

Eso espero.

Sí, señora. Voy a vivir en el castillo. Por cierto, ¿podría indicarme cómo llegar a él?

Es la dependienta quien termina dándome las indicaciones. Entonces, apoyo un codo en el mostrador y decido seguir investigando.

A propósito, me han comentado que lo construyeron en el siglo xvii.

En el xvii o xviii ―me informa la anciana, porque, claro, qué más da siglo arriba o siglo abajo. ¡Solo se trata de cien años! Luego me mira por encima de unas gafas de cristales sucísimos. No me extraña que tenga que agachar la cabeza para ver el mundo por encima―. Por cierto, guapa, ¿qué tal te llevas con las cerillas?

Con el tema de las lentes, paso por alto la pregunta, y tiene que formularla dos veces.

Normal, supongo. ―No tenía ni idea de que te podías llevar mal con unas cerillas. Qué tela―. ¿Por?

Pues llévate muchas y prepárate para usarlas, porque tendrás que cocinar en un artilugio antiguo de esos en los que tienes que levantar el fuego para meter leña.

Oh. Sé a lo que se refiere: se llama cocina económica. Me encantan, y tengo que disimular mi entusiasmo al saber que voy a vérmelas con una de ellas. Creo que voy a disfrutarlo de lo lindo. Adoro las antigüedades.

Sí, es lo que suele pasar en los castillos ―comento con la voz tomada por la emoción. Me incorporo y me dirijo a la dependienta―: Entonces, ¿no has estado allí?

Claro que he estado. Adrien es muy amigo mío. ¿Vas a vivir con él?

Espera confirmación, pero la anciana nos interrumpe.

Los habitantes del castillo nunca pisan el pueblo.

Enarco las cejas. Solo le ha faltado escupir al suelo. La dependienta golpea el mostrador con la mano que sostenía mi bolsa de croasanes.

Claro que no quieren pisarlo, Madame Roche; suficiente tienen con su mierda para llevarse la nuestra. Mire, ya ha quedado libre su mesa de siempre. Vaya rápido, no se la vayan a quitar, que sus amigas están al caer. ―La tal Madame Roche camina a una velocidad pasmosa para su edad. Cuando está a unos pasos, la dependienta murmura―: A caerse muertas, claro; menudas reliquias.

Me hace gracia su comentario. Voy a preguntarle por esa animadversión que se palpa en el pueblo hacia los habitantes del castillo cuando deja de limpiar el mostrador y observa a lo lejos.

Oye, no tendrás por casualidad un coche rojo descapotable superbonito, ¿verdad?

A mí, más que bonito, me parece un coñazo. La policía siempre me está parando.

Sí.

¿Aparcado en una plaza para minusválidos? Porque lo está empapelando Gus, el poli.

¿Ves?

Salgo con tal derrape que creo que hago un agujero en el suelo con los tacones. Pero, a pesar de que ruego y ruego, me la quedo. Con rima y todo, para no perder el humor. Porque cuando mi madre la reciba, me va a matar. Otra más. Espero que no lleguen todas al mismo tiempo.

En ese momento, alguien me llama, y me vuelvo para ver a la dependienta salir de la pastelería con una bolsa marrón en la mano. Los croasanes. Charlamos acerca de lo duros que son estos policías de pueblo y hacemos las presentaciones. Se llama Violet. Cuando voy a meterme en el coche, me detiene.

Ya me contarás qué tal en el castillo; siento curiosidad. No sabía que Adrien buscaba compartir su casa. Y mira que es raro, porque somos amigos. Muy amigos.

Sí, sí, ya has repetido que sois amigos. Me hago la despistada. Bastante insegura me siento ya con todo esto como para confesar mis temores a una extraña; una que parece estar marcando territorio.

Para cambiar de tema, suelto la gran pregunta que se ha formado en la punta de mi lengua hace unos minutos:

¿Por qué no bajan al pueblo los habitantes del castillo?

Me estudia durante un segundo, tras el cual suelta el aire.

Te diría que le corresponde a Adrien responder, pero si le preguntas a él, seguramente te veríamos caer en esta misma acera de una patada en el trasero, así que te propongo lo siguiente: si dentro de una semana sigues aquí, baja a la pastelería. Podré hacerte un hueco.

Oh. Gracias.

Porras. A «Casa del Terror» y «estructura que se cae a pedazos» he de añadir «casero hosco con problemas personales y entrada vetada en el pueblo». Pues vamos bien. Estoy planteándome buscar alojamiento en el pueblo vecino cuando el grupo que debatía acaloradamente al fondo de la pastelería sale de ella y viene hacia nosotras. Este es el momento en que tendría que haber desaparecido en el interior de mi coche con un buen derrape que limpiara la calzada y les lanzara la gravilla sobre sus sonrientes caras, pero en lugar de eso, aquí me quedo, a pesar de que la expresión asesina de Violet cuando escucha un «yujuuu» me asusta un poco.

Será chivata, la vieja ―blasfema, mirando en la misma dirección que yo―. Ahí vienen sus majestades a presentarse; si es que no tienen remedio. Por cierto, la que se parece a Paris Hilton no es su hija, es su mujer. No cometas los mismos errores que yo.

Violet regresa a la pastelería y a mí me rodean varios desconocidos con distintas expresiones de curiosidad.

¡Esa es! ¡Esa es la chica que dice que va a vivir al castillo! ―La anciana, Madame Roche, me señala con un dedo acusador. Y pensar que más tarde nos haremos amigas… Supongo que en este momento solo ve en mí a una integrante más del otro bando y no a la persona que los terminará uniendo.

La chica rubia, peinada con ondas que caen hasta su cintura, alcanza mi mano y me da un beso en la mejilla.

¿En el castillo? ¡Qué maravillosa noticia! Ven, doudou, ven a conocer a nuestra nueva vecina.

Nunca agradeceré lo suficiente a Violet que me advirtiera con anterioridad, porque Monsieur Le Monde, quien se presenta como el alcalde, es joven para ser alcalde, no tiene más de treinta y cinco años, pero es que su mujer, Brigitte, que es quien me ha saludado, no llega a los veinte. Los demás también son autoridades del pueblo, todos igual de simpáticos. No tengo tiempo para explicarles que, en realidad, todavía no soy vecina ni nada, puesto que no tengo casa, porque me veo envuelta en sonrisas y palabras de bienvenida que, aunque algo abrumada, me hacen sentir acogida e integrada. Y, a mí, sentirme cómoda solo refuerza mi decisión de vivir en este pueblo a toda costa.

2

¿Te parece que sigo siendo cobarde?

Hay que atravesar un pantano para acceder al castillo. Voy despacio y prestando atención, por lo que puedo fijar la mirada en dos pozas que lo rodean y que están a rebosar de agua. Hay también una zona cubierta de árboles que surgen de su interior, pero lo demás es yermo, solitario, sobrevolado por aves cuyos graznidos reverberan entre las montañas. El viento sopla en ráfagas suaves, trayendo olor a tierra y plantas, logrando imponerse al del combustible de mi motor. Desde el principio de la carretera que abandona el pueblo ya se atisba un trozo de muro, pero nada comparado a la monstruosidad que te hace levantar la cabeza cuando lo tienes delante. Detengo el coche y bajo, intentando no quedarme clavada en la tierra con los tacones, en plan espantapájaros. Me noto cada vez más nerviosa.

«A ver, Julie, ni que fueras a morirte si no te dan asilo».

«No. Solo tendría que dormir en el coche, en medio del bosque».

Alcanzo la cancela, me aferro a los barrotes y me echo a temblar. Enseguida cierro los ojos, agito la cabeza y vuelvo a abrirlos para mirarlo todo con otros ojos. Así está mejor.

El castillo es tremendo. Tal vez de dimensiones pequeñas para lo que estamos acostumbrados en Francia, pero imponente. Desde mi perspectiva, un poco ladeada, veo que consta de cuatro o cinco torres de distinto tamaño, todas aglomeradas unas contra otras, y con tejados de sombrero de bruja, ventanas amplias y cuadradas en color blanco y balcones espaciosos con suelo de cerámica. Los muros son gruesos, pero no tanto como para parecer una cárcel; la fachada, de color gris, necesita una restauración urgente. Pero, oye, el castillo es tan enorme que seguro que hay una habitación para mí, aunque sea en la última ventana de la última torre y yo tenga que dejar crecer mi melena como Rapunzel, aunque con cuidado al asomar la cabeza, no se me caiga una teja y me la abra. Se me tuerce la boca. Quizá si recogieran las tejas rotas esparcidas por el suelo y las pegaran en su sitio, no parecería tan abandonado. Menos mal que se lleva lo vintage. Y no hay nada más vintage que un castillo del siglo xvii, ¿verdad? Siglo arriba, siglo abajo. Me animo de inmediato. Pensaba que Madame Foscolo se refería a una de tantas mansiones que se construyeron antes y después de la Revolución francesa y que asemejan castillos, pero no. Se trata de un castillo de verdad.

Llamo a un timbre que parece nuevo. Espero. A través de las ramas de los centenarios árboles que protegen la construcción, veo una persona en la ventana del segundo piso, iluminada por un repentino rayo de sol. Tengo que hacer una visera con la mano para poder distinguirlo, pero cuando consigo enfocar, en la ventana ya no hay nadie.

Espero durante un rato más. Y sigo esperando, taconeando sobre un pie y sobre otro penosamente, intentando refrenar mi nerviosismo. Para hacer tiempo, abro el maletero y saco mis dos maletas. Lo cierro. Y, de nuevo, espero. Justo cuando voy a llamar por segunda vez, aparece un tipo por la puerta y respiro, aliviada. Todo bien: viene hacia mí. Hasta que gira y extrae unas llaves del bolsillo.

«Se va a subir a la moto, Julie».

«¡Despierta!».

¿Hola? ¡Hola!

El tipo se quita el casco. Me he quedado tan noqueada con sus andares que le ha dado tiempo no solo a eso, sino a acomodarse en el sillín, encenderla y quitar la pata de cabra. Vamos, que un poco más y reacciono cuando está ya en Okinoshima tras dar la vuelta al mundo.

Pero ¿todavía estás aquí? ―inquiere, sorprendido.

¡Sorprendido!

Claro. He llamado. ―«Obvio, Julie. Venga, continúa, y a ser posible, con más de tres palabras, que se note que has estudiado en Harvard»―. Soy Julie. Julie Dufresne.

En fin.

Gracias por venir, pero la habitación ya está ocupada ―proclama, justo antes de volver a ponerse el casco.

Me quedo en shock durante unos segundos. Esto tiene que ser una pesadilla; mis peores temores se están haciendo realidad. Pero reacciono de inmediato, atropellándome con mi propia lengua.

¿Perdona? Vengo de parte de tu tía. Hemos hablado esta mañana. Soy Julie Dufresne…

Por mí, como si te llamas Pepito Grillo.

Lo dice sin necesidad de alzar la voz porque ya está junto a la puerta, a lomos de esa moto que parece un mastodonte. ¿En serio? Qué tío tan borde.

Pero… tú dijiste que sí esta mañana. ¿Recuerdas?

He hablado con él antes de venir. No puede haberlo olvidado, ¿no? Una conversación telefónica tiene que servir como aval de… de…

Ay, por favor, que sea un error; por favor, que sea un…

Sí. Y te repito que ya no necesitamos inquilino. Gracias.

Pero es que yo necesito una habitación. ―Me importa tres pimientos mi tono desesperado. Ni siquiera me importa delatar mi terror cuando se quita el casco (de nuevo) y su rostro muestra un atisbo de pena al verme agarrar fuerte los barrotes, como si intentara abrirlos con mis brazos enclenques―. Además, esto no se hace así. Abre la cancela y dímelo a la cara, al menos. Cualquier otra opción es de cobardes.

No sé de dónde sale ese rapto de valentía por mi parte. Al parecer, la desesperación arrambla con los principios morales más arraigados en cada uno. Mi orgullo, desde luego, está por los suelos. Pero funciona. El chico apaga la moto, se apea y se acerca a mí sin dejar de mirarme fijamente. Por último, abre la cancela con la mano.

Una vez sin barrotes entre nosotros, me quedo muda. Su belleza es atronadora. ¿No lo había dicho? Pelo rubio corto, mandíbula esculpida, ojos azules, labios que… Al revés lo describo mejor: ¡qué labios!

Aquí no hay habitaciones libres ―pronuncian estos en cuestión―. ¿Te parece que sigo siendo cobarde?

Hasta su voz es preciosa: ronca, con un matiz desgarrador, como si acabara de levantarse de la cama tras una noche de fiesta. «Julie, que esa voz te está mandando a dormir debajo del puente. Del puente sobre el pantano que hay a tu espalda, concretamente». Vale. Tengo que recomponerme, dejar de mirarle la boca y usar todas las neuronas que mi ciento cincuenta de cociente intelectual me permita.

Pero he venido hasta aquí. Ahora no me puedes mandar de vuelta. Además, es muy fácil no actuar con cobardía cuando te enfrentas a alguien de mi tamaño.

A ninguno de los dos se nos pasa por alto que él mide casi dos metros. Y yo alcanzo el uno sesenta de milagro. Es decir, que eso de «hablar cara a cara» es una expresión imposible para nosotros; frente a mis ojos lo que queda es la cremallera de su cazadora de cuero. Debemos de pensar lo mismo, porque en su boca queda un rastro de humor (¿es eso su versión de una sonrisa?) en respuesta. Luego, como si se diera cuenta de que está siendo simpático, el ceño vuelve. Ojea su reloj con nerviosismo.

Mira, no te quiero ofender, pero tengo bastante prisa.

Bien ―interrumpo, poniendo un pie en la cancela para que no pueda cerrarla―. Pues en cuanto me enseñes mi habitación, podrás irte.

Ya tengo agarradas mis maletas para mostrar mi buena disposición y ocultar los últimos aleteos de mi desesperación. Si vuelve a rechazarme, no sé qué haré: ya he agotado las opciones que preservarían mi integridad. Estoy tan nerviosa buscando alternativas que no me doy cuenta de que el amigo me examina con ojos divertidos.

Eres cabezota, ¿eh? ―Luego se yergue, como si hubiera tomado una resolución―. Es una cualidad que respeto. Yo soy igual. Sígueme. Además, tengo mucha prisa. Te la enseño y me piro.

Suspiro de alivio. De hecho, podría haberme derrumbado ahí mismo y, de paso, besarle los pies, o gritarle «gracias» eternamente, o hacerle una mamada o… ¿Qué estoy pensando? Espabilo con el sonido de sus pasos alejándose. Cargada con mi equipaje, lo sigo, luchando contra el entramado de zarzas que plaga el suelo entero. Mis medias se han ido al carajo antes de dar el quinto paso. Apunta: nada de medias en el castillo. Ahora eres como Cenicienta.

¿No hay otro camino un poco menos… accidentado? ―le grito mientras trato de recuperar mi pelo de un tallo de rosa repleto de espinas.

¿Ya empiezas a quejarte? Un poco pronto, ¿no, Minnie Mouse? ―replica sobre su hombro. Me molesta un poco su referencia a mi estatura, pero tampoco estoy en situación de protestar. Ni siquiera reduce el paso, el muy simpático. Al menos parece haber asumido que estoy aquí para quedarme.

Tras atravesar las enormes puertas de la entrada, penetramos en un vasto zaguán, iluminado por una gran lámpara de araña cubierta de polvo y telarañas. Aparte de las paredes, forradas de papel de flores parcialmente arrancado, no hay un solo mueble.

Señala las puertas a ambos lados sin llegar a detenerse.

Ahí viven Edgar y su nieta, Anne. A ella no la verás mucho, y él siempre habla a gritos porque es sordo, pero por lo demás, es inofensivo. La otra área está deshabitada.

Subimos al primer piso por una amplia escalera en curva, revestida de mármol y con barandilla negra enrejada. Me doy cuenta de que la construcción está dividida en más de una vivienda, algo lógico, por otra parte. Cuando llegamos arriba, el chico abre una puerta blanca con pomo dorado, y me quedo boquiabierta. Y aliviada. El lugar está reformado, pero se ha conservado lo esencial: las paredes llenas de molduras en tonos pasteles, el suelo de ajedrez y las lámparas que cuelgan de unos techos altísimos. Se han sustituido los pesados cortinajes por visillos ligeros de algodón y se han retirado las alfombras, los tapices y los cuadros, por lo que el espacio, dividido en dos zonas, resulta amplio y acogedor. A pesar de parecer del siglo pasado, el mobiliario está limpio y ordenado, incluso la lámpara de latón con patas de pulpo y tulipas. Hay hasta una chimenea, y un televisor de pantalla plana frente a un sofá de tres plazas con chaise longue. Todo lo demás, sin embargo, podría haberse encontrado dentro del Palacio de Versalles, tanto las sillas acolchadas como la mesa de patas barrocas. Cada habitación disfruta de una ventana alta y alargada por la que penetra la luz, y la tecnología en la cocina no la envidia ni el restaurante del Ritz.

¿Dónde está la cocina económica? ―pregunto, frotándome las manos.

¿Qué cocina económica?

Mi posible casero me mira como si le hablara en otro idioma. La de la Edad Media, quiero decir. Maldita anciana de las agujas de bordar y las gafas ahumadas. A la decepción, al comprobar que la cocina es de último modelo, sigue el alivio. «¿En qué pensabas, Julie? Tú, en una cocina económica, serías capaz de prender fuego a un castillo que ni tres siglos han conseguido derribar».

Le digo a mi futuro casero que no me haga caso y doy una vuelta por la cocina. Me gusta. ¡Me encanta! El niño bonito recorre cada estancia y yo babeo tras él, rogando que no me pida demasiado papeleo para vivir aquí.

Pues menos mal que no tenías habitaciones libres ―comento, tras dar un paseo por esta fortaleza descomunal y contar tres solo en este tramo. Y eso, porque la otra mitad está cerrada a cal y canto.

Hace caso omiso de mi comentario.

Esta será tu habitación ―me indica, abriendo una puerta―. Tendrás tu baño, que queda en el pasillo, y yo, el mío. La vivienda es grande, por lo que, con suerte, no tendremos ni que vernos las caras.

Si pensaba que en algún momento podríamos ser amigos, su último comentario lo aclara todo. Tengo ganas de decirle que no hace falta ser tan borde, pero la idea se me va de la cabeza en cuanto entro en mi cuarto.

Me puedo imaginar ahí, en ese reducto de seis metros cuadrados, asomada al balcón que da a un jardín lateral repleto de glicinas y limoneros. Aquí, como en el resto de las habitaciones, no hay molduras, sino la pared de piedra beige original y el suelo de madera. Del techo cuelga una lámpara de araña de color lila, a juego con el estampado de las cortinas. Pero lo que más me gusta es la cama con dosel y colcha abullonada, con sus cuatrocientos cojines lilas. Me apuesto la ropa interior a que este debía de ser el saloncito de verano de la reina. El cielo se ha tornado gris, pero por la ventana se filtra el trino de los pájaros que vuelan de rama en rama en el jazminero que la rodea. Imagino un sillón justo delante del balcón y una mesa portátil al lado para apoyar la taza de café por las mañanas. Es perfecta. Hasta tiene repisas para guardar mis joyas. Siento tal bienestar que tengo ganas de lanzarme sobre mi casero y abrazarlo como muestra de agradecimiento. Por suerte, no lo hago. Seguramente me hubiera lanzado por la ventana.

Cuando me doy la vuelta, lo pillo con la vista fija en un punto concreto de mi anatomía. Vamos, que me estaba mirando el trasero. Cuando se ve descubierto, se limita a preguntar con naturalidad:

¿Te gusta?

Me encojo de hombros, con ganas de devolverle: «¿Y a ti?».

Ven, por aquí está el baño. La calefacción es eléctrica, pero el termo es bastante grande y da para que nos duchemos los dos con agua caliente. O, si lo prefieres, nos duchamos juntos y así ahorramos.

Y se da la vuelta sin más. Por eso no soy consciente, hasta más tarde, de su comentario, el cual me tranquiliza. Mi posible compañero de piso posee sentido del humor.

Pasamos por el cuarto de lavado (sí, existe, con tres lavadoras) y el baño, todo de importantes dimensiones para lo que suelen ser las casas en París, y más en este pueblo alejado de todo. Un pueblo enano, apretujado entre montañas, con solo subidas y bajadas y faroles amarillos en cada esquina.

Termina el tour en el salón, junto a la puerta de entrada, donde reposan mis maletas. Lo veo coger un manojo de llaves de la mesa y enfrentarme, clavándome sus ojos claros. Me explica las condiciones y yo acepto haciéndome la indiferente. Ay, chico, si tú supieras.

No te pediré papeles. Todo aquí está a mi nombre, por si tuvieras algún problema. Los documentos están en ese cajón, ordenados por carpetas y etiquetados. Aquí está la contraseña del wifi. ―Señala una hoja y, a continuación, sin variar la expresión, pregunta―: ¿Tienes novio?

Parpadeo varias veces. Esa pregunta no me la habían hecho nunca.

Sí ―miento. Porque si él puede ser chulo, yo más. Todo muy maduro.

Puede quedarse alguna noche ―concede, al cabo de unos segundos de mirarme a los ojos, lo cual me hace sentir rara―, pero no he alquilado una habitación de matrimonio. ¿Estamos?

Creo que mi cara transita por toda la gama de rojos. Pensaba que me había pillado.

¿Y tú? ―pregunto, cruzándome de brazos. Ahora que tengo un techo sobre mi cabeza, me envalentono―. ¿Tienes novia?

No tengo tiempo para novias ―espeta con tranquilidad, pero la piel de su cuello enrojece, cosa que me alegra.

Al momento, me siento un poco estúpida. Me aparto el pelo de la cara y me humedezco los labios antes de hablar.

No era por curiosear, es solo que he tenido alguna mala experiencia y…

Para mi sorpresa, ni siquiera me escucha; simplemente se limita a mirar hacia su reloj deportivo.

Pues otro día me lo cuentas, ¿vale? De todos modos, no esperes que hagamos fiestas de pijamas con helado y esas cosas. Soy bastante independiente.

Vale, no te preocupes, ni siquiera te enterarás de que estoy aquí y…

Mi voz se va apagando porque él no me presta ninguna atención. Ha arrancado una hoja de cuaderno y se dedica a escribir de manera rápida.

Me tengo que ir. Aquí está mi número de móvil, para lo que necesites. ―Deja el papel sobre la mesa y luego me mira de nuevo―. Por cierto, dos cosas: en la parte trasera hay animales. Pocos, solo una vaca, una oveja y un cerdo, de cuando yo era crío y mi padre me consentía todos los caprichos.

¿Todos los caprichos, como un castillito de verdad?

Oh. No te preocupes, no tengo ningún problema con…

Él me interrumpe poniendo un dedo delante.

No los molestes. ―Me callo. ¡Qué agradable es mi nuevo compañero de piso, coño!―. Y dos: no entres en mi cuarto.

Lo sé ―ahora soy yo quien lo interrumpe―. No tienes tiempo de limpiarla y huele a orco muerto en batalla, de cuando la Tercera Edad de la Tierra Media. No te preocupes.

Lo miro. Y entonces sonríe de lado con una mueca, mezcla de chulería y apreciación, que me descoloca.

Bienvenida a casa, Julie. Creo que vamos a llevarnos muy bien.

Gra… gracias ―respondo a la puerta cerrada.

3

Vaca, cerdo y oveja. Eso son tres contra una. Mierda

En cuanto me quedo sola, una sensación de bienestar me invade. Hasta doy una vuelta sobre mí misma, admirando mi nuevo hogar. Y luego otra. Bailo un poco mientras tarareo Cuando llego a casa, de Fonseca.

Cuando llego a casa,
llegan los momentos,
llegan las canciones
y encuentro el más puro
sentimiento.

Dejo de bailar con un suspiro y escucho. El silencio del campo colándose por la ventana abierta; el chirrido de la cancela; el motor acelerado de una moto que se pierde en la lejanía. El alivio que me invade es tan brutal que miro al cielo y susurro un «gracias, Adrien, gracias, gracias, gracias». Todo es perfecto. Este salón limpio con olor a jazmín, la brisa fresca (helada, en realidad, pero da igual) que hace bailar las cortinas y trae consigo un mugido lejano. El cencerro en la distancia (mucha, espero). Hasta mi compañero de piso barra casero es perfecto. Sobre todo, el hecho de que no lo veré mucho.

Oye, princesita de Beverly Hills, ¿el Maserati aparcado en la puerta es tuyo?

Me giro tan rápido que casi me desnuco. ¿Cómo lo ha hecho? Me da tal susto que me pongo a la defensiva.

¿Podrías dejar de ponerme motes tontos?

¿Es tuyo? ―insiste sin hacerme caso―. Porque si te compras un Maserati, no puedes ir dejándolo por ahí en medio de la nada.

Esa sí que es buena.

¿Quién me lo va a robar?, ¿una oveja?

Pongo los brazos en jarras, y él responde con un gesto de: «¿Para qué insistir?». Me quedo pasmada. Hasta a eso sabe darle aire chulesco.

Te lo he metido dentro.

No irás a coger mi coche ―le advierto, levantando mi dedo minúsculo.

No tengo tiempo ni de indignarme antes de que Adrien alce el suyo (enorme) con mis llaves colgando de él y las deposite en la mesa.

Ya lo he hecho. He subido, he cogido las llaves y ahora te las devuelvo. No te has dado cuenta porque estabas demasiado ocupada haciendo ese movimiento a lo RoboCop.

¿RoboCop? Estaba bailando, capullo.

Se va al trote, descojonándose. ¡Y qué risa tiene, tan ronca, tan irónica, tan sobrada, tan…! Pues igual no me importaría tener más contacto con el compañero de piso barra casero, oye.

Lo primero que hago es quitarme los zapatos. Luego coloco mis cosas en la habitación mientras recuerdo la visita de Madame Foscolo a la joyería. La mujer es clienta fija. Suele situarse a mi lado y observarme trabajar mientras me cuenta su vida. Yo apenas la escucho, pero esta mañana estaba descentrada por la falta de sueño y porque me había quedado sin casa, así que presté atención cuando comentó que buscaba inquilino. Fácil, ¿no? Como caído del cielo. En un castillo. Con su sobrino. Nos fuimos a charlar a una cafetería cercana y siguió contándome, ya con todo mi interés, además de mi atención. El chico es albino. Tiene diecinueve años. Vive solo en un castillo.

Y ¿pide algún tipo de papeleo para el alquiler? ―Fui a lo importante. Porque mi sueldo no triplica el precio del alquiler de una casa y no quería tener que pedir a mi madre un aval.

Para nada. El castillo es suyo. Era de su padre, pero se lo cedió antes de abandonarlo. Entonces…

¿Quién había abandonado a quién? ¿Y a mí qué me importaba? Estaba claro que a la mujer había que centrarla.

¿Y no le molestará compartir espacio?

En absoluto. Si quieres, hasta te doy las llaves. ¿Cuándo quieres mudarte?

¿Hoy es demasiado pronto?

Le supliqué que lo llamara para confirmar y me hizo llamar a mí. Hablé con el chico y no hubo problemas.

Cuando termino de colocarlo todo, me asomo al balcón y respiro un aire que huele a infancia. Fuera, todavía es de día, por lo que decido bajar a investigar cómo de mal lo tengo. Vaca, cerdo y oveja. Eso son tres contra una.

Mierda.

Tienes sangre española, Julianne, tú puedes con todo. Vamos, que como se ponga farruca la vaca, la toreas y punto.

Mi conciencia es la leche. Pero es que no me entiendo con los animales. Existe una barrera comunicativa entre ellos y yo que… pues eso, que no nos entendemos. Yo digo: «No te acerques, no te acerques», y ellos se acercan. Como si lo olieran.

4

La Bella y la Bestia

Eres un embustero ―ataco a Adrien en cuanto cruza el umbral―. Edgar no es sordo.

Le apunto con una espátula sucia; llevo el pelo recién lavado, disparado en todas direcciones, y un pijama de Simba. Él me echa una ojeada que refleja sorpresa mientras posa una mochila en el suelo y se deshace de la cazadora. Luego se dirige al salón. Lo sigo sin piedad.

Mierda. Se me había olvidado que tengo a la princesita de Beverly Hills en casa. ―Se sienta en una silla para quitarse las botas―. Ya me ha dicho Edgar que has sufrido un accidente con Melinda: casi la matas del susto a la pobre. Ten cuidado la próxima vez, que es anciana.

¿Tendrá morro?

No tiene gracia. ¡Me ha corneado!

¿Te ha corneado? ―Se extraña.

Bueno, no. Pero casi; y por su culpa me he llenado de sus defecaciones hasta la cintura, al desmayarme de la impresión. ¿Cómo iba yo a saber que la vaca tiene fobia a las voces agudas? Además, si tú no me hubieras dicho esa tontería de que Edgar es sordo yo no hubiera llegado gritando a pleno pulmón. Solo quería presentarme. He tenido que tirar la ropa que llevaba y ducharme entera.

Sí, es lo que suele pasar cuando te duchas, que lo haces entero.

Parece cansado. En cuanto se descalza, se yergue en la silla con un gruñido y presiona con dos dedos el puente de la nariz. Me fijo en el tatuaje que luce en el cuello, debajo de la oreja, y en su pelo empapado.

¿Está lloviendo? ¿Por qué traes el pelo mojado?

Me mira con unos ojos tan penetrantes que estoy a punto de retirar lo dicho, aunque no sé por qué.

¿Y tú no eras rubia hace unas horas? ―contraataca, de camino a la cocina―. No me contestes, no hace falta que nos demos explicaciones.

Ah, sí, el tema de no vernos las caras. Vamos, que no tiene interés en averiguar nada de mí. Lástima que yo sí sienta curiosidad por él. Tengo que morderme el carrillo para no reír. Vaya con el compañerito. Lo que no sabe todavía es que se ha topado con la mismísima Santa Inquisición. ¡Que no pregunte, dice!

Tiempo al tiempo.

Me pongo los cascos y sigo fregando los platos que he dejado a medias al oírlo llegar. Es tardísimo, pero él comienza a prepararse la cena: un montón de verduras a la plancha con mil condimentos y algo que parece tofu. Mientras la comida se hace en la sartén, Adrien se bebe un envase entero de leche, a morro. Alma cándida. Si es que, ahí donde lo ves, el niño solo tiene diecinueve años, aunque no los aparente. Podría invitarlo a croasanes, pero mejor no. Ha dejado bien claro que solo compartimos espacio y facturas; él más que yo, espero.

Oye ―me quita el auricular de la oreja y lo miro con las cejas alzadas y las manos llenas de detergente―, puedes poner música en el altavoz del salón. Esta también es tu casa.

Una tregua, ¿eh? No soy rencorosa, así que la acepto con un encogimiento de hombros.

Vale. ¿Qué te apetece?

Lo que estuvieras escuchando tú.

Me seco las manos y selecciono una canción, de modo que la casa se llena de los primeros acordes de La Bella y la Bestia, por la cosa del castillo. Él es la bestia, por supuesto. Al volver a la cocina, me pongo a secar los platos, aunque me cuesta aguantarme la risa. Más aún cuando veo que él también la reprime (se le marcan las mejillas), pero no dice nada. Voy colocando la vajilla en su sitio tras secarla, a pesar de que hay friegaplatos. Estoy terminando cuando se me ilumina la mente: el niño bonito tiene un rollete y por eso ha llegado con el pelo así, porque se ha duchado antes de venir. ¿Violet, tal vez? Era tan evidente… Quiero darme de cabezazos. Y yo pidiéndole explicaciones.

La canción termina, y de manera automática continúa una de mis listas de reproducción favoritas.

Me voy a dormir ―murmuro.

Cojo un paquete de pipas y me derrumbo en el sofá, donde suspiro al escuchar a Doris Day cantar Qué será, será. Me encanta esta canción. Mi madre nos la ponía a mis hermanas y a mí cuando éramos pequeñas. Hablando de hermanas. Cojo el móvil y le mando un mensaje a Florence para avisar de que estoy bien. A continuación elijo una novela y comienzo a leer. La lista de reproducción termina y los ruidos en la cocina cesan. De reojo, veo que mi nuevo compañero se aleja por el pasillo, concentrado en su móvil. Una puerta se cierra. Me embebo por completo en el libro, pero no llevo ni cien páginas cuando mi mirada recae en una pequeña grieta entre dos bloques de piedra, junto a la ventana. Algo comienza a hacer runrún en mi cabeza.

Me pongo a cuatro patas en el suelo, pego la mejilla a la porcelana y bizqueo hacia el interior, pero no veo nada. Porras. Un rato después, vuelvo a hacer lo mismo, pero esta vez pertrechada de la linterna del teléfono y un cuchillo que introduzco en el agujero, el cual parece más profundo de lo que esperaba.

¿Qué haces?

Me incorporo con un grito. Mi móvil sale disparado hacia el techo y cae de lleno en mi cabeza.

¡Ouch!

Me froto el lugar del impacto. Dos accidentes el mismo día. A este paso, la próxima vez que salga del castillo lo haré en un coche fúnebre.

¿Estás bien?

La pregunta denota preocupación sincera; lo que no es sincero es el tono, un tanto guasón, acompañado de una sonrisilla contenida. Lo miro con cierto resquemor, pero este se evapora al verlo ahí, junto a la mesa, con esa pose chulesca y esa manera de ponerse la cazadora y guardarse las llaves en el bolsillo.

No es nada. Al menos ha sido con el móvil y no con el cuchillo.

¿Qué hacías? ―repite.

¿Tú qué crees que hacía? ―pregunto, con una brusquedad impropia de mí, pero es que no entiendo por qué ha irrumpido así, de la nada, dándome un susto de muerte.

Yo qué sé. Eres tan rara que igual estabas cazando ratones.

Ahora sí, su sonrisa se amplía, incapaz de contenerla.

¿Los hay? ―¡Como en Cenicienta! Mi mente es asaltada por un flash de simpáticos ratoncitos confeccionando vestidos, por eso me olvido de que me ha llamado «rara», un adjetivo que odio porque me lo han aplicado demasiadas veces, y por el que suelo estallar en llamaradas. El flash acaba y vuelvo a tropezarme con la grieta y sus tesoros―. No, estaba buscando las joyas de Diana de Poitiers. ¿Sabías que fue la amante de Enrique II? Y este le legó este castillo a su muerte. Pero su viuda, Catalina de Médici, la invitó educadamente a abandonar el castillo y devolver sus joyas, y Diana lo hizo, lo abandonó, pero dice la leyenda que antes escondió las gemas que el rey le había regalado tras una de estas piedras. ¿Conocías la historia?

La conocía, lo que me extraña es que la conozcas tú. Precisamente ese «regalo» fue lo que salvó este castillo de la destrucción durante la Revolución francesa, al no pertenecer a la Casa Real ―me cuenta mientras saca la capucha por fuera de la cazadora y se la pone por la cabeza―. Si las encuentras, me lo dices.

¿Para qué?, ¿para venderlas?

No, para esconderlas. No quiero más escándalos con el castillo: esto se llenaría de periodistas y la gente del pueblo se volvería más loca de lo que está. ―Abre la puerta de la calle y me mira, con la mano en el pomo―. ¿No te ibas a dormir?

Echo un vistazo al sofá con lástima, pero la lástima nunca me ha ayudado a conciliar el sueño, así que me la sacudo con rapidez.

Sí. Ahora. En cuanto me entre el sueño. Morfeo me odia; debo tener paciencia con él.

Genial. Pues yo me voy ya, que llego tarde.

El señor «llego tarde», voy a empezar a llamarlo. Parece el conejo blanco de Alicia, siempre con el «me voy, me voy, mevoymevoymevoy». De pronto, en mi cerebro aflora la idea principal: que se va. ¿Cómo que se va? Y ¿cómo soy tan tonta para no haberme dado cuenta de la ropa bonita que lleva, su pelo engominado y el olor a jabón que desprende? Y el aire distraído que ha mantenido durante toda la conversación. Por si la maleta que arrastra no hubiese sido suficiente pista.

¿Te vas? ―inquiero, sin poder disimular mi alarma―. ¿A estas horas?

¿A por otro polvo?

Sí. Volveré el miércoles.

Uy. Esos son muchos polvos. Me levanto de un salto. Esto es serio.

Pero ¡si ya estamos a miércoles! ¿Te marchas una semana entera?

¿Adónde?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué? Por los pelos logro refrenar el interrogatorio digno del FBI, pero el intento me deja trastornada. Es como si mi estómago hubiese expulsado una gran bola que debo contener en mi boca solo con la fuerza de mis labios. Así actúa mi curiosidad desmedida. Pero tengo veinticuatro años. Sé controlarme. ¡Tengo que controlarme!

Mi compañero de piso ya ha sacado la maleta y medio cuerpo fuera de casa.

Te las apañarás, Minnie Mouse ―vaticina, más seguro él que yo―. Solo acuérdate de cerrar bien las ventanas y la puerta; no queremos que entre un dragón y te rapte. No vaya a ser que al volver me encuentre una casa apacible y ordenada, sin princesitas en busca de ratones escondidos.

¡No buscaba ratones!

Que trate de defender mis impulsos cuando se avecina sobre mi cabeza la monstruosa realidad de que voy a dormir sola una semana entera, en un castillo aislado e inmenso, es el tipo de cosas que me ocurre a menudo y que no sé controlar. Porque, aunque yo viva aquí, mi cabeza lo hace en el Polo Norte, y traerla de vuelta es como arrastrar a mano un tren de mercancías. Cuando vuelvo a mirar, él ya no está y la puerta permanece cerrada. Aunque con retraso, me percato de que ha vuelto a hacerlo: guiñar el ojo y cerrar la puerta a cualquier réplica. Voy a tener que exigirle que deje de hacer eso.

COMIENZA A LEER TODOS LOS SALTOS DEL MUNDO (SERIE PARÍS 1)

1

Los Leblanc no pisan el pueblo

Conduzco como en un rally, sin despegar el pie del acelerador. Estas carreteras serpenteantes que atraviesan la Vallée de Chevreuse son ideales para ello. Siento el viento azotar mi cabello y el olor a hierbas de montaña, lo cual me hace sentir bien; más que bien. En la radio suena À la campagne, de Bènabar. De pronto un sonido se eleva por encima del rugido del motor, cortando la música, y bajo ligeramente mis gafas de sol para ver quién me llama.

Florence.

¡Hola, hermanita! Me estoy mudando a un castillo ―le explico al manos libres.

¿Dónde estás? He ido a tu casa y me han dicho que ya no vives allí. Maldita Gárgola. Casi saco los colmillos y me la como, aunque luego me envenene.

La Gárgola era mi compañera de piso hasta hace exactamente doce horas.

No llames así a… a…

Diantres, ni siquiera conozco su nombre real. La llamamos así porque va encorvada, los brazos le llegan al suelo y tiene cuernos. Bueno, no tiene cuernos, pero de su boca solo salen cosas malas, como de los desagües. Además, te mira con unos ojos saltones que dan mucho miedo.

Ha dicho que eres una ladrona y que tienes el síndrome de Diógenes. La llamaré como quiera.

Alucino. ¡Si somos las mejores amigas! Más que eso, porque nos cuidamos mutuamente. Fue la primera persona a la que llamé cuando se me pinchó una rueda del coche; siempre baja a comprarme las pastillas mágicas para el dolor de regla, y no le importa compartir sus cereales conmigo. Ahora que lo pienso, tal vez la relación sí fue un poco unidireccional.

Me muerdo el labio.

¿Eso ha dicho?

Sí. Y luego, que te ha echado, aunque no me lo he creído.

Ahogo una exclamación. Como pille a… a…

De eso nada. Me he ido yo.

Eso le he contestado yo. ¿Qué ha pasado?

Porras, me he perdido. Con la llamada, se me ha desactivado el GPS y no logro recuperarlo.

No tengo tiempo para contártelo ahora, pero te resumo: ¿te acuerdas de que anoche os pregunté si creíais que la Torre Eiffel se quedaba encendida por la noche? Fue en el chat, ¿te acuerdas? Pues resulta que sí. Fui a mirar. Pero no me di cuenta de que llovía y…

No me digas que saliste de casa para comprobarlo a las doce de la noche. ¿No se te ocurrió buscar en Google?

No. Ni que San Google retransmitiera en directo. ―Qué tontería de pregunta―. Sigo. Como te decía, fui, y al volver, sonó un trueno, así que decidí acortar por el cementerio de Passy, para no dar toda la vuelta, pero como estaba cerrado tuve que saltar la verja. Total, que había un vigilante y tuve que esconderme. ¿Tú sabías que había vigilancia? Estuve ahí dos horas, Flo, hasta que el buen hombre se alejó de la zona. Y me empapé, claro. Con barro y todo. No encontré ni un solo mausoleo donde meterme. ¡Y eso que tiene ochocientos treinta y siete!

Escucho un bufido a través del aparato.

Solo a ti se te ocurre buscar un mausoleo para guarecerte en mitad de la noche. Pero ¿por eso te echó tu compañera de piso?

No. Sigo. Total, que llegué a casa a las cinco de la madrugada, empapada, embarrada, y con mucho frío. Y pensé que me vendría bien una ducha. Me metí en el baño, y me lavé la cabeza con el champú de la Gárgola

¿Se te había acabado el tuyo?

No. Pero es que el suyo me olió muy bien. Tiene una mezcla entre… Total, que me lo puse, y ya que tenía en las manos, pues me puse también en el cuerpo. Y no hubiera pasado nada si no fuera porque me he despertado rubia. Por cierto, ¿tú sabías que en la farmacia Saint Honoré elaboran fórmulas magistrales de champús? ¿Y que existen champús específicos para rubias? Y como me lo puse también en el cuerpo, pues imagínate cómo ha quedado la cosa ahí abajo.

Pero si te hiciste el láser hace años.

Ya, pero ahí me dejé un trocito; para adornar la bodega, más que nada. ¿No te lo he enseñado? ―Estoy entrando en un pueblo que no sé cómo se llama, así que reduzco la velocidad mientras me fijo en el entorno―. De todos modos, era demasiado tiquismiquis con sus cosas, Florence. Mejor así.

La verdad es que tenía muy poca paciencia contigo. Mala Gárgola.

Eso es. ―Espera, ¿lo ha dicho con retintín? ¿A qué se ha referido? Voy a preguntárselo, pero me despisto. Me hallo en un pueblo muy bonito, con sus calles empedradas y las casas pegadas unas a otras, los balcones llenos de flores. Los comercios lucen sus nombres en carteles de madera con letra de imprenta, y han sacado el género a la acera. Localizo una frutería, por lo que detengo el coche en un bordillo. Activo el cierre automático y me adentro en el establecimiento mientras reanudo la conversación con mi hermana―. Así que me mudo.

O sea, otro cambio de aires de los tuyos ―resume.

Algo así. Ah, y lo he dejado con Dan.

¿Dan? ¿No se llamaba Trent?

¿Ves como no me escuchas? Con Trent corté hace mil años. Por cierto, tengo que colgar, que estoy llegando.

Al castillo.

Al castillo. ¿Por qué estás tan a la defensiva?

Porque sé que te vas a perder por el primer pasillo que encuentres: tu orientación da pena. ―No puedo rebatir eso. Me quedo pensando en si el dueño tendrá un mapa mientras ella continúa―: Llámame en cuanto estés allí, ¿vale? ¿Llevas el móvil?

Lo tengo en la oreja.

Bien, bien. Y, por cierto, con Trent salías en noviembre, así que no hace tanto.

Colgamos. La pobre tiene sus razones para preguntar. En un año y medio, he pasado por tres pisos compartidos y cuatro novios. ¿Novios? Eso era lo que decían ellos; vamos, que a mí tampoco es que me importara la etiqueta que le pusieran.

Cuando llega mi turno, deposito una manzana en el mostrador y pregunto cómo llegar al castillo. El tendero pone mala cara.

¿Solo una?

Pues sí. Solo una. ―Me dan ganas de decirle que, si no es más amable, no me llevaré ni una. Pero tengo antojo de manzana―. ¿El castillo, por favor?

Aquí no tenemos castillo.

Estoy a punto de meterle la manzana en la boca, como a los cochinillos, pero su mujer lo salva. Sé que es su mujer porque se nota. Forman uno de esos matrimonios que, de tanto tiempo juntos, se parecen hasta en el físico. Nariz redonda, mofletes redondos, barriga redonda. Parece mentira que vendan frutas y verduras.

François, la muchacha pregunta por el antiguo castillo de Coubertin, el que linda con la granja de Alexandre Brant y la abadía de Souternes. ―Luego me explica, con una creciente acritud que me cuesta comprender―: Antes sí era un castillo. Antes todo era esplendor y cortinajes y muebles de estilo antiguo. Ahora no es más que un pantano debajo de una estructura que se cae a pedazos. Lo único que se mantiene en pie son los muros, esos sí que no los derriban, no vaya a ser que se cuelen las visitas guiadas; como si hubiera algo que mirar allí, ¿verdad, François? Pero ese desagradable de Leblanc lo ha dejado morir todo. Ahora solo sirve para que los niños del pueblo jueguen a la Casa del Terror.

De la parrafada que, con toda su buena intención, me ha lanzado la mujer, solo me quedo con una cosa. ¿Quién es Leblanc?

Me meto en el coche con la manzana y tardo un momento en arrancar. «Estructura que se cae a pedazos», «Casa del Terror». Madame Foscolo, ¿dónde me has metido?

Al final, con toda la milonga del castillo y su antiguo esplendor, se les ha olvidado explicarme cómo llegar, pero entonces, a pocos metros, veo una pastelería. Aparco justo en la puerta.

Guardo mis pertenencias en el bolso y salgo del coche. Entrar en esta pastelería es como dar un salto en el tiempo y retroceder cien años. O no; tal vez sea lo más acorde al pueblo. Quizá por eso está a rebosar. En este momento todavía no sé que es el principal punto de reunión, donde se toman las decisiones más importantes, y que el edificio del ayuntamiento solo está de adorno, pero estoy a punto de averiguarlo.

Hay una chica tras el mostrador y varias personas delante de mí, por lo que me sitúo a la cola y aguardo mi turno, sin prestar atención al debate que se desarrolla en el fondo del local, donde las mesitas de madera y sillas con cojines de colores. Disfruto del aroma a café, azúcar tostado y canela que impregna estas cuatro paredes y de su atmósfera cálida. A mí, en condiciones normales, no me cuesta mucho abstraerme, pero este lugar irradia un encanto especial.

Al cabo de un rato, la camarera prepara mi pedido.

¿Vas a vivir en el castillo? ―me pregunta una voz huraña a mi lado. Despego la vista del móvil y la clavo en una anciana con gafas que se ha apostado junto a mí, teléfono en mano. A sus pies descansa una cesta de la que sobresalen agujas que parecen espadas. ¿Cómo lo ha sabido?―. Me lo acaba de contar la cartera, a quien se lo ha contado la hija del pescadero, que estaba comprando en la frutería de François mientras hablabas con su mujer.

Guardo el móvil y sonrío, un tanto sorprendida por el despliegue de información, digno de un canal de periodismo. Sin embargo, cuando voy a hablar, se me adelanta la dependienta:

Madame Roche, sea agradable, por favor. Castillo o no, es una clienta de la pastelería.

Paparruchas. Seré agradable con quien me dé la gana, niña. ¿Entonces? ¿Es cierto? ¿Vas a vivir en el castillo?

Eso espero.

Sí, señora. Voy a vivir en el castillo. Por cierto, ¿podría indicarme cómo llegar a él?

Es la dependienta quien termina dándome las indicaciones. Entonces, apoyo un codo en el mostrador y decido seguir investigando.

A propósito, me han comentado que lo construyeron en el siglo xvii.

En el xvii o xviii ―me informa la anciana, porque, claro, qué más da siglo arriba o siglo abajo. ¡Solo se trata de cien años! Luego me mira por encima de unas gafas de cristales sucísimos. No me extraña que tenga que agachar la cabeza para ver el mundo por encima―. Por cierto, guapa, ¿qué tal te llevas con las cerillas?

Con el tema de las lentes, paso por alto la pregunta, y tiene que formularla dos veces.

Normal, supongo. ―No tenía ni idea de que te podías llevar mal con unas cerillas. Qué tela―. ¿Por?

Pues llévate muchas y prepárate para usarlas, porque tendrás que cocinar en un artilugio antiguo de esos en los que tienes que levantar el fuego para meter leña.

Oh. Sé a lo que se refiere: se llama cocina económica. Me encantan, y tengo que disimular mi entusiasmo al saber que voy a vérmelas con una de ellas. Creo que voy a disfrutarlo de lo lindo. Adoro las antigüedades.

Sí, es lo que suele pasar en los castillos ―comento con la voz tomada por la emoción. Me incorporo y me dirijo a la dependienta―: Entonces, ¿no has estado allí?

Claro que he estado. Adrien es muy amigo mío. ¿Vas a vivir con él?

Espera confirmación, pero la anciana nos interrumpe.

Los habitantes del castillo nunca pisan el pueblo.

Enarco las cejas. Solo le ha faltado escupir al suelo. La dependienta golpea el mostrador con la mano que sostenía mi bolsa de croasanes.

Claro que no quieren pisarlo, Madame Roche; suficiente tienen con su mierda para llevarse la nuestra. Mire, ya ha quedado libre su mesa de siempre. Vaya rápido, no se la vayan a quitar, que sus amigas están al caer. ―La tal Madame Roche camina a una velocidad pasmosa para su edad. Cuando está a unos pasos, la dependienta murmura―: A caerse muertas, claro; menudas reliquias.

Me hace gracia su comentario. Voy a preguntarle por esa animadversión que se palpa en el pueblo hacia los habitantes del castillo cuando deja de limpiar el mostrador y observa a lo lejos.

Oye, no tendrás por casualidad un coche rojo descapotable superbonito, ¿verdad?

A mí, más que bonito, me parece un coñazo. La policía siempre me está parando.

Sí.

¿Aparcado en una plaza para minusválidos? Porque lo está empapelando Gus, el poli.

¿Ves?

Salgo con tal derrape que creo que hago un agujero en el suelo con los tacones. Pero, a pesar de que ruego y ruego, me la quedo. Con rima y todo, para no perder el humor. Porque cuando mi madre la reciba, me va a matar. Otra más. Espero que no lleguen todas al mismo tiempo.

En ese momento, alguien me llama, y me vuelvo para ver a la dependienta salir de la pastelería con una bolsa marrón en la mano. Los croasanes. Charlamos acerca de lo duros que son estos policías de pueblo y hacemos las presentaciones. Se llama Violet. Cuando voy a meterme en el coche, me detiene.

Ya me contarás qué tal en el castillo; siento curiosidad. No sabía que Adrien buscaba compartir su casa. Y mira que es raro, porque somos amigos. Muy amigos.

Sí, sí, ya has repetido que sois amigos. Me hago la despistada. Bastante insegura me siento ya con todo esto como para confesar mis temores a una extraña; una que parece estar marcando territorio.

Para cambiar de tema, suelto la gran pregunta que se ha formado en la punta de mi lengua hace unos minutos:

¿Por qué no bajan al pueblo los habitantes del castillo?

Me estudia durante un segundo, tras el cual suelta el aire.

Te diría que le corresponde a Adrien responder, pero si le preguntas a él, seguramente te veríamos caer en esta misma acera de una patada en el trasero, así que te propongo lo siguiente: si dentro de una semana sigues aquí, baja a la pastelería. Podré hacerte un hueco.

Oh. Gracias.

Porras. A «Casa del Terror» y «estructura que se cae a pedazos» he de añadir «casero hosco con problemas personales y entrada vetada en el pueblo». Pues vamos bien. Estoy planteándome buscar alojamiento en el pueblo vecino cuando el grupo que debatía acaloradamente al fondo de la pastelería sale de ella y viene hacia nosotras. Este es el momento en que tendría que haber desaparecido en el interior de mi coche con un buen derrape que limpiara la calzada y les lanzara la gravilla sobre sus sonrientes caras, pero en lugar de eso, aquí me quedo, a pesar de que la expresión asesina de Violet cuando escucha un «yujuuu» me asusta un poco.

Será chivata, la vieja ―blasfema, mirando en la misma dirección que yo―. Ahí vienen sus majestades a presentarse; si es que no tienen remedio. Por cierto, la que se parece a Paris Hilton no es su hija, es su mujer. No cometas los mismos errores que yo.

Violet regresa a la pastelería y a mí me rodean varios desconocidos con distintas expresiones de curiosidad.

¡Esa es! ¡Esa es la chica que dice que va a vivir al castillo! ―La anciana, Madame Roche, me señala con un dedo acusador. Y pensar que más tarde nos haremos amigas… Supongo que en este momento solo ve en mí a una integrante más del otro bando y no a la persona que los terminará uniendo.

La chica rubia, peinada con ondas que caen hasta su cintura, alcanza mi mano y me da un beso en la mejilla.

¿En el castillo? ¡Qué maravillosa noticia! Ven, doudou, ven a conocer a nuestra nueva vecina.

Nunca agradeceré lo suficiente a Violet que me advirtiera con anterioridad, porque Monsieur Le Monde, quien se presenta como el alcalde, es joven para ser alcalde, no tiene más de treinta y cinco años, pero es que su mujer, Brigitte, que es quien me ha saludado, no llega a los veinte. Los demás también son autoridades del pueblo, todos igual de simpáticos. No tengo tiempo para explicarles que, en realidad, todavía no soy vecina ni nada, puesto que no tengo casa, porque me veo envuelta en sonrisas y palabras de bienvenida que, aunque algo abrumada, me hacen sentir acogida e integrada. Y, a mí, sentirme cómoda solo refuerza mi decisión de vivir en este pueblo a toda costa.

2

¿Te parece que sigo siendo cobarde?

Hay que atravesar un pantano para acceder al castillo. Voy despacio y prestando atención, por lo que puedo fijar la mirada en dos pozas que lo rodean y que están a rebosar de agua. Hay también una zona cubierta de árboles que surgen de su interior, pero lo demás es yermo, solitario, sobrevolado por aves cuyos graznidos reverberan entre las montañas. El viento sopla en ráfagas suaves, trayendo olor a tierra y plantas, logrando imponerse al del combustible de mi motor. Desde el principio de la carretera que abandona el pueblo ya se atisba un trozo de muro, pero nada comparado a la monstruosidad que te hace levantar la cabeza cuando lo tienes delante. Detengo el coche y bajo, intentando no quedarme clavada en la tierra con los tacones, en plan espantapájaros. Me noto cada vez más nerviosa.

«A ver, Julie, ni que fueras a morirte si no te dan asilo».

«No. Solo tendría que dormir en el coche, en medio del bosque».

Alcanzo la cancela, me aferro a los barrotes y me echo a temblar. Enseguida cierro los ojos, agito la cabeza y vuelvo a abrirlos para mirarlo todo con otros ojos. Así está mejor.

El castillo es tremendo. Tal vez de dimensiones pequeñas para lo que estamos acostumbrados en Francia, pero imponente. Desde mi perspectiva, un poco ladeada, veo que consta de cuatro o cinco torres de distinto tamaño, todas aglomeradas unas contra otras, y con tejados de sombrero de bruja, ventanas amplias y cuadradas en color blanco y balcones espaciosos con suelo de cerámica. Los muros son gruesos, pero no tanto como para parecer una cárcel; la fachada, de color gris, necesita una restauración urgente. Pero, oye, el castillo es tan enorme que seguro que hay una habitación para mí, aunque sea en la última ventana de la última torre y yo tenga que dejar crecer mi melena como Rapunzel, aunque con cuidado al asomar la cabeza, no se me caiga una teja y me la abra. Se me tuerce la boca. Quizá si recogieran las tejas rotas esparcidas por el suelo y las pegaran en su sitio, no parecería tan abandonado. Menos mal que se lleva lo vintage. Y no hay nada más vintage que un castillo del siglo xvii, ¿verdad? Siglo arriba, siglo abajo. Me animo de inmediato. Pensaba que Madame Foscolo se refería a una de tantas mansiones que se construyeron antes y después de la Revolución francesa y que asemejan castillos, pero no. Se trata de un castillo de verdad.

Llamo a un timbre que parece nuevo. Espero. A través de las ramas de los centenarios árboles que protegen la construcción, veo una persona en la ventana del segundo piso, iluminada por un repentino rayo de sol. Tengo que hacer una visera con la mano para poder distinguirlo, pero cuando consigo enfocar, en la ventana ya no hay nadie.

Espero durante un rato más. Y sigo esperando, taconeando sobre un pie y sobre otro penosamente, intentando refrenar mi nerviosismo. Para hacer tiempo, abro el maletero y saco mis dos maletas. Lo cierro. Y, de nuevo, espero. Justo cuando voy a llamar por segunda vez, aparece un tipo por la puerta y respiro, aliviada. Todo bien: viene hacia mí. Hasta que gira y extrae unas llaves del bolsillo.

«Se va a subir a la moto, Julie».

«¡Despierta!».

¿Hola? ¡Hola!

El tipo se quita el casco. Me he quedado tan noqueada con sus andares que le ha dado tiempo no solo a eso, sino a acomodarse en el sillín, encenderla y quitar la pata de cabra. Vamos, que un poco más y reacciono cuando está ya en Okinoshima tras dar la vuelta al mundo.

Pero ¿todavía estás aquí? ―inquiere, sorprendido.

¡Sorprendido!

Claro. He llamado. ―«Obvio, Julie. Venga, continúa, y a ser posible, con más de tres palabras, que se note que has estudiado en Harvard»―. Soy Julie. Julie Dufresne.

En fin.

Gracias por venir, pero la habitación ya está ocupada ―proclama, justo antes de volver a ponerse el casco.

Me quedo en shock durante unos segundos. Esto tiene que ser una pesadilla; mis peores temores se están haciendo realidad. Pero reacciono de inmediato, atropellándome con mi propia lengua.

¿Perdona? Vengo de parte de tu tía. Hemos hablado esta mañana. Soy Julie Dufresne…

Por mí, como si te llamas Pepito Grillo.

Lo dice sin necesidad de alzar la voz porque ya está junto a la puerta, a lomos de esa moto que parece un mastodonte. ¿En serio? Qué tío tan borde.

Pero… tú dijiste que sí esta mañana. ¿Recuerdas?

He hablado con él antes de venir. No puede haberlo olvidado, ¿no? Una conversación telefónica tiene que servir como aval de… de…

Ay, por favor, que sea un error; por favor, que sea un…

Sí. Y te repito que ya no necesitamos inquilino. Gracias.

Pero es que yo necesito una habitación. ―Me importa tres pimientos mi tono desesperado. Ni siquiera me importa delatar mi terror cuando se quita el casco (de nuevo) y su rostro muestra un atisbo de pena al verme agarrar fuerte los barrotes, como si intentara abrirlos con mis brazos enclenques―. Además, esto no se hace así. Abre la cancela y dímelo a la cara, al menos. Cualquier otra opción es de cobardes.

No sé de dónde sale ese rapto de valentía por mi parte. Al parecer, la desesperación arrambla con los principios morales más arraigados en cada uno. Mi orgullo, desde luego, está por los suelos. Pero funciona. El chico apaga la moto, se apea y se acerca a mí sin dejar de mirarme fijamente. Por último, abre la cancela con la mano.

Una vez sin barrotes entre nosotros, me quedo muda. Su belleza es atronadora. ¿No lo había dicho? Pelo rubio corto, mandíbula esculpida, ojos azules, labios que… Al revés lo describo mejor: ¡qué labios!

Aquí no hay habitaciones libres ―pronuncian estos en cuestión―. ¿Te parece que sigo siendo cobarde?

Hasta su voz es preciosa: ronca, con un matiz desgarrador, como si acabara de levantarse de la cama tras una noche de fiesta. «Julie, que esa voz te está mandando a dormir debajo del puente. Del puente sobre el pantano que hay a tu espalda, concretamente». Vale. Tengo que recomponerme, dejar de mirarle la boca y usar todas las neuronas que mi ciento cincuenta de cociente intelectual me permita.

Pero he venido hasta aquí. Ahora no me puedes mandar de vuelta. Además, es muy fácil no actuar con cobardía cuando te enfrentas a alguien de mi tamaño.

A ninguno de los dos se nos pasa por alto que él mide casi dos metros. Y yo alcanzo el uno sesenta de milagro. Es decir, que eso de «hablar cara a cara» es una expresión imposible para nosotros; frente a mis ojos lo que queda es la cremallera de su cazadora de cuero. Debemos de pensar lo mismo, porque en su boca queda un rastro de humor (¿es eso su versión de una sonrisa?) en respuesta. Luego, como si se diera cuenta de que está siendo simpático, el ceño vuelve. Ojea su reloj con nerviosismo.

Mira, no te quiero ofender, pero tengo bastante prisa.

Bien ―interrumpo, poniendo un pie en la cancela para que no pueda cerrarla―. Pues en cuanto me enseñes mi habitación, podrás irte.

Ya tengo agarradas mis maletas para mostrar mi buena disposición y ocultar los últimos aleteos de mi desesperación. Si vuelve a rechazarme, no sé qué haré: ya he agotado las opciones que preservarían mi integridad. Estoy tan nerviosa buscando alternativas que no me doy cuenta de que el amigo me examina con ojos divertidos.

Eres cabezota, ¿eh? ―Luego se yergue, como si hubiera tomado una resolución―. Es una cualidad que respeto. Yo soy igual. Sígueme. Además, tengo mucha prisa. Te la enseño y me piro.

Suspiro de alivio. De hecho, podría haberme derrumbado ahí mismo y, de paso, besarle los pies, o gritarle «gracias» eternamente, o hacerle una mamada o… ¿Qué estoy pensando? Espabilo con el sonido de sus pasos alejándose. Cargada con mi equipaje, lo sigo, luchando contra el entramado de zarzas que plaga el suelo entero. Mis medias se han ido al carajo antes de dar el quinto paso. Apunta: nada de medias en el castillo. Ahora eres como Cenicienta.

¿No hay otro camino un poco menos… accidentado? ―le grito mientras trato de recuperar mi pelo de un tallo de rosa repleto de espinas.

¿Ya empiezas a quejarte? Un poco pronto, ¿no, Minnie Mouse? ―replica sobre su hombro. Me molesta un poco su referencia a mi estatura, pero tampoco estoy en situación de protestar. Ni siquiera reduce el paso, el muy simpático. Al menos parece haber asumido que estoy aquí para quedarme.

Tras atravesar las enormes puertas de la entrada, penetramos en un vasto zaguán, iluminado por una gran lámpara de araña cubierta de polvo y telarañas. Aparte de las paredes, forradas de papel de flores parcialmente arrancado, no hay un solo mueble.

Señala las puertas a ambos lados sin llegar a detenerse.

Ahí viven Edgar y su nieta, Anne. A ella no la verás mucho, y él siempre habla a gritos porque es sordo, pero por lo demás, es inofensivo. La otra área está deshabitada.

Subimos al primer piso por una amplia escalera en curva, revestida de mármol y con barandilla negra enrejada. Me doy cuenta de que la construcción está dividida en más de una vivienda, algo lógico, por otra parte. Cuando llegamos arriba, el chico abre una puerta blanca con pomo dorado, y me quedo boquiabierta. Y aliviada. El lugar está reformado, pero se ha conservado lo esencial: las paredes llenas de molduras en tonos pasteles, el suelo de ajedrez y las lámparas que cuelgan de unos techos altísimos. Se han sustituido los pesados cortinajes por visillos ligeros de algodón y se han retirado las alfombras, los tapices y los cuadros, por lo que el espacio, dividido en dos zonas, resulta amplio y acogedor. A pesar de parecer del siglo pasado, el mobiliario está limpio y ordenado, incluso la lámpara de latón con patas de pulpo y tulipas. Hay hasta una chimenea, y un televisor de pantalla plana frente a un sofá de tres plazas con chaise longue. Todo lo demás, sin embargo, podría haberse encontrado dentro del Palacio de Versalles, tanto las sillas acolchadas como la mesa de patas barrocas. Cada habitación disfruta de una ventana alta y alargada por la que penetra la luz, y la tecnología en la cocina no la envidia ni el restaurante del Ritz.

¿Dónde está la cocina económica? ―pregunto, frotándome las manos.

¿Qué cocina económica?

Mi posible casero me mira como si le hablara en otro idioma. La de la Edad Media, quiero decir. Maldita anciana de las agujas de bordar y las gafas ahumadas. A la decepción, al comprobar que la cocina es de último modelo, sigue el alivio. «¿En qué pensabas, Julie? Tú, en una cocina económica, serías capaz de prender fuego a un castillo que ni tres siglos han conseguido derribar».

Le digo a mi futuro casero que no me haga caso y doy una vuelta por la cocina. Me gusta. ¡Me encanta! El niño bonito recorre cada estancia y yo babeo tras él, rogando que no me pida demasiado papeleo para vivir aquí.

Pues menos mal que no tenías habitaciones libres ―comento, tras dar un paseo por esta fortaleza descomunal y contar tres solo en este tramo. Y eso, porque la otra mitad está cerrada a cal y canto.

Hace caso omiso de mi comentario.

Esta será tu habitación ―me indica, abriendo una puerta―. Tendrás tu baño, que queda en el pasillo, y yo, el mío. La vivienda es grande, por lo que, con suerte, no tendremos ni que vernos las caras.

Si pensaba que en algún momento podríamos ser amigos, su último comentario lo aclara todo. Tengo ganas de decirle que no hace falta ser tan borde, pero la idea se me va de la cabeza en cuanto entro en mi cuarto.

Me puedo imaginar ahí, en ese reducto de seis metros cuadrados, asomada al balcón que da a un jardín lateral repleto de glicinas y limoneros. Aquí, como en el resto de las habitaciones, no hay molduras, sino la pared de piedra beige original y el suelo de madera. Del techo cuelga una lámpara de araña de color lila, a juego con el estampado de las cortinas. Pero lo que más me gusta es la cama con dosel y colcha abullonada, con sus cuatrocientos cojines lilas. Me apuesto la ropa interior a que este debía de ser el saloncito de verano de la reina. El cielo se ha tornado gris, pero por la ventana se filtra el trino de los pájaros que vuelan de rama en rama en el jazminero que la rodea. Imagino un sillón justo delante del balcón y una mesa portátil al lado para apoyar la taza de café por las mañanas. Es perfecta. Hasta tiene repisas para guardar mis joyas. Siento tal bienestar que tengo ganas de lanzarme sobre mi casero y abrazarlo como muestra de agradecimiento. Por suerte, no lo hago. Seguramente me hubiera lanzado por la ventana.

Cuando me doy la vuelta, lo pillo con la vista fija en un punto concreto de mi anatomía. Vamos, que me estaba mirando el trasero. Cuando se ve descubierto, se limita a preguntar con naturalidad:

¿Te gusta?

Me encojo de hombros, con ganas de devolverle: «¿Y a ti?».

Ven, por aquí está el baño. La calefacción es eléctrica, pero el termo es bastante grande y da para que nos duchemos los dos con agua caliente. O, si lo prefieres, nos duchamos juntos y así ahorramos.

Y se da la vuelta sin más. Por eso no soy consciente, hasta más tarde, de su comentario, el cual me tranquiliza. Mi posible compañero de piso posee sentido del humor.

Pasamos por el cuarto de lavado (sí, existe, con tres lavadoras) y el baño, todo de importantes dimensiones para lo que suelen ser las casas en París, y más en este pueblo alejado de todo. Un pueblo enano, apretujado entre montañas, con solo subidas y bajadas y faroles amarillos en cada esquina.

Termina el tour en el salón, junto a la puerta de entrada, donde reposan mis maletas. Lo veo coger un manojo de llaves de la mesa y enfrentarme, clavándome sus ojos claros. Me explica las condiciones y yo acepto haciéndome la indiferente. Ay, chico, si tú supieras.

No te pediré papeles. Todo aquí está a mi nombre, por si tuvieras algún problema. Los documentos están en ese cajón, ordenados por carpetas y etiquetados. Aquí está la contraseña del wifi. ―Señala una hoja y, a continuación, sin variar la expresión, pregunta―: ¿Tienes novio?

Parpadeo varias veces. Esa pregunta no me la habían hecho nunca.

Sí ―miento. Porque si él puede ser chulo, yo más. Todo muy maduro.

Puede quedarse alguna noche ―concede, al cabo de unos segundos de mirarme a los ojos, lo cual me hace sentir rara―, pero no he alquilado una habitación de matrimonio. ¿Estamos?

Creo que mi cara transita por toda la gama de rojos. Pensaba que me había pillado.

¿Y tú? ―pregunto, cruzándome de brazos. Ahora que tengo un techo sobre mi cabeza, me envalentono―. ¿Tienes novia?

No tengo tiempo para novias ―espeta con tranquilidad, pero la piel de su cuello enrojece, cosa que me alegra.

Al momento, me siento un poco estúpida. Me aparto el pelo de la cara y me humedezco los labios antes de hablar.

No era por curiosear, es solo que he tenido alguna mala experiencia y…

Para mi sorpresa, ni siquiera me escucha; simplemente se limita a mirar hacia su reloj deportivo.

Pues otro día me lo cuentas, ¿vale? De todos modos, no esperes que hagamos fiestas de pijamas con helado y esas cosas. Soy bastante independiente.

Vale, no te preocupes, ni siquiera te enterarás de que estoy aquí y…

Mi voz se va apagando porque él no me presta ninguna atención. Ha arrancado una hoja de cuaderno y se dedica a escribir de manera rápida.

Me tengo que ir. Aquí está mi número de móvil, para lo que necesites. ―Deja el papel sobre la mesa y luego me mira de nuevo―. Por cierto, dos cosas: en la parte trasera hay animales. Pocos, solo una vaca, una oveja y un cerdo, de cuando yo era crío y mi padre me consentía todos los caprichos.

¿Todos los caprichos, como un castillito de verdad?

Oh. No te preocupes, no tengo ningún problema con…

Él me interrumpe poniendo un dedo delante.

No los molestes. ―Me callo. ¡Qué agradable es mi nuevo compañero de piso, coño!―. Y dos: no entres en mi cuarto.

Lo sé ―ahora soy yo quien lo interrumpe―. No tienes tiempo de limpiarla y huele a orco muerto en batalla, de cuando la Tercera Edad de la Tierra Media. No te preocupes.

Lo miro. Y entonces sonríe de lado con una mueca, mezcla de chulería y apreciación, que me descoloca.

Bienvenida a casa, Julie. Creo que vamos a llevarnos muy bien.

Gra… gracias ―respondo a la puerta cerrada.

3

Vaca, cerdo y oveja. Eso son tres contra una. Mierda

En cuanto me quedo sola, una sensación de bienestar me invade. Hasta doy una vuelta sobre mí misma, admirando mi nuevo hogar. Y luego otra. Bailo un poco mientras tarareo Cuando llego a casa, de Fonseca.

Cuando llego a casa,
llegan los momentos,
llegan las canciones
y encuentro el más puro
sentimiento.

Dejo de bailar con un suspiro y escucho. El silencio del campo colándose por la ventana abierta; el chirrido de la cancela; el motor acelerado de una moto que se pierde en la lejanía. El alivio que me invade es tan brutal que miro al cielo y susurro un «gracias, Adrien, gracias, gracias, gracias». Todo es perfecto. Este salón limpio con olor a jazmín, la brisa fresca (helada, en realidad, pero da igual) que hace bailar las cortinas y trae consigo un mugido lejano. El cencerro en la distancia (mucha, espero). Hasta mi compañero de piso barra casero es perfecto. Sobre todo, el hecho de que no lo veré mucho.

Oye, princesita de Beverly Hills, ¿el Maserati aparcado en la puerta es tuyo?

Me giro tan rápido que casi me desnuco. ¿Cómo lo ha hecho? Me da tal susto que me pongo a la defensiva.

¿Podrías dejar de ponerme motes tontos?

¿Es tuyo? ―insiste sin hacerme caso―. Porque si te compras un Maserati, no puedes ir dejándolo por ahí en medio de la nada.

Esa sí que es buena.

¿Quién me lo va a robar?, ¿una oveja?

Pongo los brazos en jarras, y él responde con un gesto de: «¿Para qué insistir?». Me quedo pasmada. Hasta a eso sabe darle aire chulesco.

Te lo he metido dentro.

No irás a coger mi coche ―le advierto, levantando mi dedo minúsculo.

No tengo tiempo ni de indignarme antes de que Adrien alce el suyo (enorme) con mis llaves colgando de él y las deposite en la mesa.

Ya lo he hecho. He subido, he cogido las llaves y ahora te las devuelvo. No te has dado cuenta porque estabas demasiado ocupada haciendo ese movimiento a lo RoboCop.

¿RoboCop? Estaba bailando, capullo.

Se va al trote, descojonándose. ¡Y qué risa tiene, tan ronca, tan irónica, tan sobrada, tan…! Pues igual no me importaría tener más contacto con el compañero de piso barra casero, oye.

Lo primero que hago es quitarme los zapatos. Luego coloco mis cosas en la habitación mientras recuerdo la visita de Madame Foscolo a la joyería. La mujer es clienta fija. Suele situarse a mi lado y observarme trabajar mientras me cuenta su vida. Yo apenas la escucho, pero esta mañana estaba descentrada por la falta de sueño y porque me había quedado sin casa, así que presté atención cuando comentó que buscaba inquilino. Fácil, ¿no? Como caído del cielo. En un castillo. Con su sobrino. Nos fuimos a charlar a una cafetería cercana y siguió contándome, ya con todo mi interés, además de mi atención. El chico es albino. Tiene diecinueve años. Vive solo en un castillo.

Y ¿pide algún tipo de papeleo para el alquiler? ―Fui a lo importante. Porque mi sueldo no triplica el precio del alquiler de una casa y no quería tener que pedir a mi madre un aval.

Para nada. El castillo es suyo. Era de su padre, pero se lo cedió antes de abandonarlo. Entonces…

¿Quién había abandonado a quién? ¿Y a mí qué me importaba? Estaba claro que a la mujer había que centrarla.

¿Y no le molestará compartir espacio?

En absoluto. Si quieres, hasta te doy las llaves. ¿Cuándo quieres mudarte?

¿Hoy es demasiado pronto?

Le supliqué que lo llamara para confirmar y me hizo llamar a mí. Hablé con el chico y no hubo problemas.

Cuando termino de colocarlo todo, me asomo al balcón y respiro un aire que huele a infancia. Fuera, todavía es de día, por lo que decido bajar a investigar cómo de mal lo tengo. Vaca, cerdo y oveja. Eso son tres contra una.

Mierda.

Tienes sangre española, Julianne, tú puedes con todo. Vamos, que como se ponga farruca la vaca, la toreas y punto.

Mi conciencia es la leche. Pero es que no me entiendo con los animales. Existe una barrera comunicativa entre ellos y yo que… pues eso, que no nos entendemos. Yo digo: «No te acerques, no te acerques», y ellos se acercan. Como si lo olieran.

4

La Bella y la Bestia

Eres un embustero ―ataco a Adrien en cuanto cruza el umbral―. Edgar no es sordo.

Le apunto con una espátula sucia; llevo el pelo recién lavado, disparado en todas direcciones, y un pijama de Simba. Él me echa una ojeada que refleja sorpresa mientras posa una mochila en el suelo y se deshace de la cazadora. Luego se dirige al salón. Lo sigo sin piedad.

Mierda. Se me había olvidado que tengo a la princesita de Beverly Hills en casa. ―Se sienta en una silla para quitarse las botas―. Ya me ha dicho Edgar que has sufrido un accidente con Melinda: casi la matas del susto a la pobre. Ten cuidado la próxima vez, que es anciana.

¿Tendrá morro?

No tiene gracia. ¡Me ha corneado!

¿Te ha corneado? ―Se extraña.

Bueno, no. Pero casi; y por su culpa me he llenado de sus defecaciones hasta la cintura, al desmayarme de la impresión. ¿Cómo iba yo a saber que la vaca tiene fobia a las voces agudas? Además, si tú no me hubieras dicho esa tontería de que Edgar es sordo yo no hubiera llegado gritando a pleno pulmón. Solo quería presentarme. He tenido que tirar la ropa que llevaba y ducharme entera.

Sí, es lo que suele pasar cuando te duchas, que lo haces entero.

Parece cansado. En cuanto se descalza, se yergue en la silla con un gruñido y presiona con dos dedos el puente de la nariz. Me fijo en el tatuaje que luce en el cuello, debajo de la oreja, y en su pelo empapado.

¿Está lloviendo? ¿Por qué traes el pelo mojado?

Me mira con unos ojos tan penetrantes que estoy a punto de retirar lo dicho, aunque no sé por qué.

¿Y tú no eras rubia hace unas horas? ―contraataca, de camino a la cocina―. No me contestes, no hace falta que nos demos explicaciones.

Ah, sí, el tema de no vernos las caras. Vamos, que no tiene interés en averiguar nada de mí. Lástima que yo sí sienta curiosidad por él. Tengo que morderme el carrillo para no reír. Vaya con el compañerito. Lo que no sabe todavía es que se ha topado con la mismísima Santa Inquisición. ¡Que no pregunte, dice!

Tiempo al tiempo.

Me pongo los cascos y sigo fregando los platos que he dejado a medias al oírlo llegar. Es tardísimo, pero él comienza a prepararse la cena: un montón de verduras a la plancha con mil condimentos y algo que parece tofu. Mientras la comida se hace en la sartén, Adrien se bebe un envase entero de leche, a morro. Alma cándida. Si es que, ahí donde lo ves, el niño solo tiene diecinueve años, aunque no los aparente. Podría invitarlo a croasanes, pero mejor no. Ha dejado bien claro que solo compartimos espacio y facturas; él más que yo, espero.

Oye ―me quita el auricular de la oreja y lo miro con las cejas alzadas y las manos llenas de detergente―, puedes poner música en el altavoz del salón. Esta también es tu casa.

Una tregua, ¿eh? No soy rencorosa, así que la acepto con un encogimiento de hombros.

Vale. ¿Qué te apetece?

Lo que estuvieras escuchando tú.

Me seco las manos y selecciono una canción, de modo que la casa se llena de los primeros acordes de La Bella y la Bestia, por la cosa del castillo. Él es la bestia, por supuesto. Al volver a la cocina, me pongo a secar los platos, aunque me cuesta aguantarme la risa. Más aún cuando veo que él también la reprime (se le marcan las mejillas), pero no dice nada. Voy colocando la vajilla en su sitio tras secarla, a pesar de que hay friegaplatos. Estoy terminando cuando se me ilumina la mente: el niño bonito tiene un rollete y por eso ha llegado con el pelo así, porque se ha duchado antes de venir. ¿Violet, tal vez? Era tan evidente… Quiero darme de cabezazos. Y yo pidiéndole explicaciones.

La canción termina, y de manera automática continúa una de mis listas de reproducción favoritas.

Me voy a dormir ―murmuro.

Cojo un paquete de pipas y me derrumbo en el sofá, donde suspiro al escuchar a Doris Day cantar Qué será, será. Me encanta esta canción. Mi madre nos la ponía a mis hermanas y a mí cuando éramos pequeñas. Hablando de hermanas. Cojo el móvil y le mando un mensaje a Florence para avisar de que estoy bien. A continuación elijo una novela y comienzo a leer. La lista de reproducción termina y los ruidos en la cocina cesan. De reojo, veo que mi nuevo compañero se aleja por el pasillo, concentrado en su móvil. Una puerta se cierra. Me embebo por completo en el libro, pero no llevo ni cien páginas cuando mi mirada recae en una pequeña grieta entre dos bloques de piedra, junto a la ventana. Algo comienza a hacer runrún en mi cabeza.

Me pongo a cuatro patas en el suelo, pego la mejilla a la porcelana y bizqueo hacia el interior, pero no veo nada. Porras. Un rato después, vuelvo a hacer lo mismo, pero esta vez pertrechada de la linterna del teléfono y un cuchillo que introduzco en el agujero, el cual parece más profundo de lo que esperaba.

¿Qué haces?

Me incorporo con un grito. Mi móvil sale disparado hacia el techo y cae de lleno en mi cabeza.

¡Ouch!

Me froto el lugar del impacto. Dos accidentes el mismo día. A este paso, la próxima vez que salga del castillo lo haré en un coche fúnebre.

¿Estás bien?

La pregunta denota preocupación sincera; lo que no es sincero es el tono, un tanto guasón, acompañado de una sonrisilla contenida. Lo miro con cierto resquemor, pero este se evapora al verlo ahí, junto a la mesa, con esa pose chulesca y esa manera de ponerse la cazadora y guardarse las llaves en el bolsillo.

No es nada. Al menos ha sido con el móvil y no con el cuchillo.

¿Qué hacías? ―repite.

¿Tú qué crees que hacía? ―pregunto, con una brusquedad impropia de mí, pero es que no entiendo por qué ha irrumpido así, de la nada, dándome un susto de muerte.

Yo qué sé. Eres tan rara que igual estabas cazando ratones.

Ahora sí, su sonrisa se amplía, incapaz de contenerla.

¿Los hay? ―¡Como en Cenicienta! Mi mente es asaltada por un flash de simpáticos ratoncitos confeccionando vestidos, por eso me olvido de que me ha llamado «rara», un adjetivo que odio porque me lo han aplicado demasiadas veces, y por el que suelo estallar en llamaradas. El flash acaba y vuelvo a tropezarme con la grieta y sus tesoros―. No, estaba buscando las joyas de Diana de Poitiers. ¿Sabías que fue la amante de Enrique II? Y este le legó este castillo a su muerte. Pero su viuda, Catalina de Médici, la invitó educadamente a abandonar el castillo y devolver sus joyas, y Diana lo hizo, lo abandonó, pero dice la leyenda que antes escondió las gemas que el rey le había regalado tras una de estas piedras. ¿Conocías la historia?

La conocía, lo que me extraña es que la conozcas tú. Precisamente ese «regalo» fue lo que salvó este castillo de la destrucción durante la Revolución francesa, al no pertenecer a la Casa Real ―me cuenta mientras saca la capucha por fuera de la cazadora y se la pone por la cabeza―. Si las encuentras, me lo dices.

¿Para qué?, ¿para venderlas?

No, para esconderlas. No quiero más escándalos con el castillo: esto se llenaría de periodistas y la gente del pueblo se volvería más loca de lo que está. ―Abre la puerta de la calle y me mira, con la mano en el pomo―. ¿No te ibas a dormir?

Echo un vistazo al sofá con lástima, pero la lástima nunca me ha ayudado a conciliar el sueño, así que me la sacudo con rapidez.

Sí. Ahora. En cuanto me entre el sueño. Morfeo me odia; debo tener paciencia con él.

Genial. Pues yo me voy ya, que llego tarde.

El señor «llego tarde», voy a empezar a llamarlo. Parece el conejo blanco de Alicia, siempre con el «me voy, me voy, mevoymevoymevoy». De pronto, en mi cerebro aflora la idea principal: que se va. ¿Cómo que se va? Y ¿cómo soy tan tonta para no haberme dado cuenta de la ropa bonita que lleva, su pelo engominado y el olor a jabón que desprende? Y el aire distraído que ha mantenido durante toda la conversación. Por si la maleta que arrastra no hubiese sido suficiente pista.

¿Te vas? ―inquiero, sin poder disimular mi alarma―. ¿A estas horas?

¿A por otro polvo?

Sí. Volveré el miércoles.

Uy. Esos son muchos polvos. Me levanto de un salto. Esto es serio.

Pero ¡si ya estamos a miércoles! ¿Te marchas una semana entera?

¿Adónde?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué? Por los pelos logro refrenar el interrogatorio digno del FBI, pero el intento me deja trastornada. Es como si mi estómago hubiese expulsado una gran bola que debo contener en mi boca solo con la fuerza de mis labios. Así actúa mi curiosidad desmedida. Pero tengo veinticuatro años. Sé controlarme. ¡Tengo que controlarme!

Mi compañero de piso ya ha sacado la maleta y medio cuerpo fuera de casa.

Te las apañarás, Minnie Mouse ―vaticina, más seguro él que yo―. Solo acuérdate de cerrar bien las ventanas y la puerta; no queremos que entre un dragón y te rapte. No vaya a ser que al volver me encuentre una casa apacible y ordenada, sin princesitas en busca de ratones escondidos.

¡No buscaba ratones!

Que trate de defender mis impulsos cuando se avecina sobre mi cabeza la monstruosa realidad de que voy a dormir sola una semana entera, en un castillo aislado e inmenso, es el tipo de cosas que me ocurre a menudo y que no sé controlar. Porque, aunque yo viva aquí, mi cabeza lo hace en el Polo Norte, y traerla de vuelta es como arrastrar a mano un tren de mercancías. Cuando vuelvo a mirar, él ya no está y la puerta permanece cerrada. Aunque con retraso, me percato de que ha vuelto a hacerlo: guiñar el ojo y cerrar la puerta a cualquier réplica. Voy a tener que exigirle que deje de hacer eso.

TODOS LOS SALTOS DEL MUNDO

Julie ha estudiado en Harvard, es joyera, y cambia de piso cada tres meses, igual que de novio.
Julie también es espontánea, caótica y soñadora, por lo que nadie se sorprende cuando anuncia que se va a vivir a un castillo perdido entre montañas al sur de París.

Adrien es joven e independiente, por eso no quiere saber nada de la loca que acecha tras su verja exigiendo una habitación.

Adrien también es maduro, tenaz y competitivo, y tiene un objetivo muy claro que nadie va a impedir que consiga: el oro olímpico. Ni siquiera una princesita de Beverlly Hills subida a un Maserati.

A Julie le cuesta comprender qué hace un chico joven viviendo solo en ese castillo antiguo, y Julie odia no comprender las cosas.

Adrien sabe lo que es tener una pasión, pero nunca imaginó que las pasiones de uno mutaran de la noche a la mañana.

La atracción está ahí, servida en bandeja, junto con varios ingredientes más: una grulla, un sofá, y una vaca con muy mala leche.

Objetivos que pierden fuerza.
Un pueblo francés sumido en antiguos rencores.
Secretos que salen a la luz
¿Será Julie capaz de apartarse en pro de sus objetivos?
¿Será Adrien capaz de superar un sueño no cumplido?

Unos vecinos estrambóticos, un alijo de joyas escondido y un grupo de amigos que se convierte en familia se confabulan para unir a un tío hermético y una sabionda de diccionario con París como telón de fondo.

‹‹Porque no es fácil llegar por primera vez y llevarte un premio por el que otros han luchado antes, pero yo voy a hacerlo. Julie es el premio››.

Porque no existe nada más allá del siguiente salto.

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